Autor: Nicolás Llantén[1]

Cuando pensamos en el sentido y la interpretación de lo que nos expresan términos como el autoritarismo, o la autoridad, pensamos rápidamente en algo nefasto. A nuestra memoria se nos presentan las imágenes más horribles, tanto del fascismo y sus crímenes, como también las violentas acciones de militares tomándose el poder. Con mucha tristeza, Chile no ha sido ajeno a imposiciones de este tipo, en diferentes períodos de nuestra historia se han suscitado eventos muy violentos, algunos de tal magnitud que aún hacen mella en la actualidad.

Como bien sabemos, acusaciones de este tipo en contra del presidente Balmaceda, abundan. Desde el momento que comenzó a destacar en la vida pública, prácticamente las críticas comenzaron. Ahora bien, al momento de ejercer las principales carteras en los gobiernos de Pinto y, sobre todo, de Santa María estas se hicieron cada vez más constantes. Lo que sí, reflejaban siempre lo mismo: el inusual carácter fuerte de Balmaceda.

Don José Manuel no era un hombre de hablar fuerte, o de ademanes grandilocuentes. Más bien aparentaba siempre estar a la expectativa, al rezago. Solo cuando era despertada su molestia por algo en particular, o bien no se le respondía de la manera que esperaba, su furia era muy visible, así como también la pasión con la cual se desbordaba. Este carácter tan voluble e impredecible, muchas veces le llevó malas experiencias, sobre todo cuando, ya siendo presidente, hubo de enfrentarse a la oposición de sus propios partidarios en muchos de los cambios y proyectos que tenía en su plan de gobierno. Rubén Darío, en una de sus cartas al hijo del presidente, el querido Pedro, expone lo siguiente:

Cuando se acerca tu padre, experimento algo así como un misterio de la naturaleza. Tiene un aspecto imponente y trágico. Pocos hombres me producen esa impresión.

Se aprecia claramente, que la prestancia y respeto que generaba la figura del presidente, no solo era experimentada por la solemnidad del propio cargo, sino también por su humanidad misma. Mostraba a sus semejantes, o a quién requiriese de él, siempre una voluntad de cercanía, pero también un halo de mucha fortaleza y carácter. Quizás es por eso, sobre todo por el apasionamiento y la fuerte convicción con la que contaba en todos sus proyectos y labores, que su impronta y porte era vista siempre con algo de temor por quiénes lo rodeaban, tal como nos lo exponía Darío.

Por lo mismo, ante una oposición constante de sus proyectos e ideas reformistas, Balmaceda poco a poco fue endureciendo su actuar, con el objeto de no solo mantener el orden institucional, sino también con el aspecto primordial que pesaba sobre sus hombros, esto es, la voluntad soberana de una sociedad civil que lo había elegido para dicho cargo. Por lo cual, si bien no lo podemos justificar, si podemos comprender su accionar, sobre todo cuando en enero de 1891, sus enemigos lisa y llanamente llamaron a la insurrección total. Dicha acción, por supuesto no se podía tolerar.

En una de sus últimas alocuciones al país, en su mensaje al Congreso de ese mismo año, se puede leer lo siguiente:

Próximo a dejar el Poder, volveré a la vida privada como llegué al Gobierno, sin odios y sin prevenciones, extrañas a la rectitud de mi espíritu e indignas de un Jefe de Estado.

Es cierto que pocos gobernantes han tenido que sufrir como yo agravios más inmerecidos y más gratuitas inculpaciones. Nunca he perdido por esto la serenidad de mi espíritu y la perfecta tranquilidad de mi conciencia. Estoy acostumbrado a afrontar las injusticias de los hombres.

Al parecer, esta era la real intención de un hombre que luchó constantemente por reformar y transformar nuestro querido Chile. Su carácter y sus ideales fueron los reales móviles del ataque hacia su persona. No era más autoritario que cualquiera de sus rivales administrando sus haciendas. Balmaceda hubo de cargar con los pesares de quiénes nunca entendieron lo que Chile necesitaba. Y, al parecer, a casi 130 años de estos hechos, los mismos fantasmas en contra del desarrollo y el progreso, vuelven a frenar el avance de Chile. Es tiempo ya, de empezar a alejar aquellos mezquinos intereses, tal como nos lo enseñara el presidente mártir en sus actos de gobierno.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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