Autor: Nicolás Llantén[1]
Uno de los anhelos más comunes en los seres humanos, corresponde al hecho de, en algún momento, sopesar el hecho de lo que sea realizado en la vida y apreciar, de ser posible si ello ha sido conveniente o no para uno mismo y los cercanos. Dentro de ese mismo aspecto, para el cristianismo, ese objetivo de evaluación final corresponde a Dios, en donde sería estipulado dicho juicio dependiendo de las acciones y momentos desarrollados por aquél al que se le juzga.
En el caso de nuestro querido presidente, la situación era bastante compleja. Como ya vimos, la misma situación problemática que lo había llevado a la presidencia en 1886, fue lo que poco a poco sentó las bases de una inestabilidad constante dentro de los partidos de gobierno. La fuerza y el aplomo con que contaba el presidente para llevar a cabo sus planes de reforma, constantemente tenía aspectos que eran rechazados o frenados lo más posible por los rivales políticos. Primero se intentó calmar los ánimos mediante la búsqueda de acuerdos, incorporaciones en cargos de gobierno, o bien incluso concesiones dentro del propio programa. Pero ya cuando en 1890 la oposición en el Congreso y las demandas al gobierno fueron haciéndose cada vez más constantes, estaba claro que la intencionalidad de los enemigos era desestabilizar el gobierno o bien, incluso, derrocarlo si era necesario.
El punto de no retorno estaba claro. Y al discutirse la ley de presupuestos de 1891, fundamental para mantener el ritmo de crecimiento, avance y reformas llevadas a cabo por el Ejecutivo, los rivales en el Congreso simplemente la rechazaron. Fue la última jugada, el presidente ya no aceptaría más desencuentros. Fue la excusa y la chispa que encendió el funesto alzamiento contra el presidente Balmaceda, el cual concluyó con la gran masacre que todos sabemos.
Con la guerra concluida y los alzados avanzando firmemente hacia la capital, el presidente Balmaceda intuía que los vencedores buscarían por todos los medios hacer el mayor escarnio posible de su figura pública. Si bien desde los inicios del conflicto, las medidas tomadas por la presidencia buscaban frenar la difamación y el odio hacia la persona del presidente, los ataques no cejaron. Se buscaba azuzar a las turbas en contra de La Moneda, haciendo ver a la administración Balmaceda como la causante de todos los males. Epítetos como el de “dictador” Balmaceda se oían a vivas voces por Santiago y entre las turbas saqueadoras se repetían también graves ataques contra aquellos que habían apoyado al gobierno. Sabiendo estas intenciones, el presidente no les daría en el gusto, y buscando refugio entre los amigos, preparaba su defensa en cuanto fuera necesario poder salir a la luz pública.
Y fue en esos días, cuando notó que, a pesar de entregarse como la principal figura de los vencidos, su persona y la de su familia no serían si quiera respetadas para un juicio justo. Debía, entonces, quitarles la posibilidad de legitimarse a costa suya. Su vida aún le pertenecía, y no se las entregaría. Pero, antes de aquella trascendental decisión, Balmaceda remite su justificación, la legitimidad de sus acciones y, por sobre todo, apunta a que sus intenciones fueron beneficiosas para el pueblo de Chile, a pesar de los arranques de odio propiciados por los congresistas. Así se lo exponía a uno de sus más cercanos, su ministro y amigo, Julio Bañados:
Estoy convencido que la persecución universal es en odio o en temor a mí. Producido el desquiciamiento general, y sin poder servir a mis amigos y correligionarios, juzgo que mi sacrificio es el único que atenuará la persecución y los males, y lo único que dejará también aptos a los amigos para volver en época próxima a la vida del trabajo y de la actividad política.
Escriba, de la administración que juntos hemos hecho, la historia verdadera. Dejo dicho a Emilia que le suministre todos los recursos necesarios para una publicación abundante y completa. Le he encargado también que usted escoja 2.000 volúmenes para sí, de mi Biblioteca.
Con los Mensajes, las Memorias Ministeriales, el Diario Oficial y El Ferrocarril, puede hacer la obra.
No la demore ni la precipite. Hágala bien.
Con mi sacrificio, los amigos encontrarán en poco tiempo el camino de reparar los quebrantos sufridos. Siempre se necesita en las grandes crisis o dramas un protagonista o una gran víctima. Esta es la ley de las horas de borrasca.
Está muy claro que su objetivo lo consiguió. Sabemos ahora, muchos años después de aquellos tortuosos momentos, como el dinero de los magnates y de los poderosos que no querían perder sus intereses corporativos, buscaron por todos los medios frenar el proceso de cambios y por sobre todo, achacar que cada uno de los malos tratos y problemas que había en el país, eran culpa del presidente Balmaceda. La labor de don Julio Bañados, pero de otros también, como los propios hijos del presidente, además de sus acciones que fueron finalmente conocidas por la población, tornó en unos años desde la odiosidad más absurda, hacia el lamento y el recogimiento más profundo. Pocos años después el pueblo chileno entendió al presidente que había perdido, sobre todo cuando la lucidez de su testamento político salió a la luz. Cada una de esas palabras fue profética y marcó la vida política del país hasta 1925.
Había que dejar testimonio, si, para que se supiera el gran hombre que había sido el presidente Balmaceda, y para entender también porque su suicidio lo convirtió, finalmente, en un mártir.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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