Las ideas liberales habían cristalizado en Francia, fruto de los estudios de los Enciclopedistas y tuvieron su explosión genial en la Revolución Francesa. Fue ésta una crisis que se venía preparando desde largo tiempo, consecuencia del choque del pensamiento de los ciudadanos ilustrados, que deseaban la generación democrática de los Poderes Públicos y la libertad de conciencia, con el absolutismo de los reyes, de pretendido origen divino, y la intolerancia religiosa, que impedía, en forma absoluta, la más pequeña desviación de conciencia.
Las colonias españolas permanecían ajenas al movimiento ideológico del siglo dieciocho. Salvo para un número escaso de eruditos, las nuevas ideas sobre la generación de los Poderes del Estado y los derechos de los individuos eran absolutamente desconocidas.
La gran masa española tampoco participaba de estas Inquietudes, pues la rama de los Borbones que regía la Madre Patria había establecido Gobiernos ilustrados y progresistas. Felipe V, Fernando VI y Carlos III fueron reyes magnánimos, que habían erradicado, al parecer para siempre, los actos arbitrarios de absolutismo intransigente y cruel intolerancia de los últimos soberanos de la Casa de Austria. Todo hacía esperar que no se repetirían más hechos como aquel acto de fe, presidido por el decadente Carlos II, en que se quemó en la hoguera a tres ilustrados hermanos, por haber cometido la herejía de leer la obra de un filósofo francés.