Balmaceda dijo un día en la tumba de don Antonio Varas:

“La muerte de los grandes hombres es la transfiguración de esta vida de emulaciones, de conceptos apasionados y de involuntarios errores, en la vida serena de la historia y en la pura visión de la verdad. Ella es el principio de la verdadera justicia humana”.

Más que sobre el gran estadista en cuyo homenaje fueron pronunciadas estas palabras –porque Varas, si renunció, en aras de la tranquilidad del país, a la presidencia de Chile que le correspondía, lo rodeó mayor prestigio y respeto que el que tuvieron los Presidentes de la República que fueron sus contemporáneos– caen ellas sobre la figura romántica y llena de grandeza, del gobernante que las pronunciara, no muchos años ante de ser víctima él de las emulaciones, de los conceptos más apasionados y de los errores involuntarios de sus contemporáneos.

Y esa oración en la tumba del grande hombre que tanto admiró, fue la consigna que él tuvo hasta el fin de su vida: la fe en la justicia y en la historia.

Esta fe le hizo insensible “al ataque, a la decepción y a la amargura”; le hizo irreductible en defensa de los principios que él creía vinculados a la felicidad de Chile; y le llevó a sacrificar serenamente la vida antes de pedir “amparo a tierra extranjera”, a ser juzgado por sus enemigos, a quienes consideraba, en esos momentos, exacerbados de pasión; y en homenaje a los amigos, sacrificados por su lealtad hacia él.

La fisonomía física y moral de Balmaceda; su adolescencia mística; su vida de trabajo y de ímprobos esfuerzos, en medio de la fortuna que heredó de su padre; la adoración a su madre; su ternura para los suyos; su palabra y su estilo cálido, sobrio, elegante; su afabilidad para todos, en especial para los humildes; su actuación en el Club de la Reforma y en la Cámara de Diputados, inspirada en nobles ideales, basados en una sólida cultura del siglo XIX; su actuación en Buenos Aíres, para evitar que la nación hermana hiciera causa común contra Chile en 1879; su altiva y brillante defensa de los derechos del país en la liquidación de la Guerra del Pacífico, como Ministro de Relaciones Exteriores; sus esfuerzos por establecer igualdad ante nuestra legislación política y civil, como Ministro del Interior; su Presidencia, progresista cual ninguna, que marcó el apogeo de Chile como potencia Americana y que llenó el país de escuelas, de liceos, de ferrocarriles, de puentes, viaductos, barcos, diques y caminos; su clarividencia de estadista frente a los grandes problemas de Chile; su deseo sincero -probado en la renovación de once gabinetes y en la renuncia que exigió a don Enrique Salvador Sanfuentes de su llamada candidatura oficial- de tranquilizar a los partidos y hacer un Gobierno de armonía nacional; la firmeza irreductible por defender sus principios de Gobierno, “la obra de Portales, base angular del progreso de su patria”; su muerte espartana, para sellar con ella la fe en sus principios, para mantener incólume la dignidad de los mandatarios de Chile y poner fin a la tragedia que vivían, por defenderle a él, sus amigos y partidarios, hacen de Balmaceda una figura que cuesta imaginar cómo personalidad humana y que más parece la de un personaje nacido de la imaginación de un Shakespeare, para simbolizar en él la culminación del civismo, de la majestad humana, de la abnegación sin límites en aras de la patria.

Al inaugurarse el monumento que le ofrenda el país, recordaremos algunas de sus palabras, llenas de elevación, de civismo, como de belleza literaria, que encuentran hoy una definitiva ratificación histórica.

En 1888 dijo en La Serena:

“Vivo consagrado al servicio de mis conciudadanos, y a medida que me veo honrado con singulares testimonios de adhesión pública, me siento más alejado del campo en que fructifican los recelos políticos, en que se encienden las pasiones personales o en que suelen exacerbarse las almas bien templadas. Desde este alto puesto de honor y de confianza nacional, puedo decir a mis amigos de Coquimbo y por medio de ellos a todos los chilenos, que no tengo más interés que por lo justo, ni más amor que por lo bueno, ni más pasión que por la patria”.

En su viaje al sur en diciembre de 1890, a inaugurar algunas de las obras monumentales de su administración, dijo en Talcahuano:

“Por grandes que hayan sido o pudieran ser en el futuro las pruebas a que nos vemos sometidos por el destino o por los acontecimientos, no he vacilado ni vacilaré un solo instante en el cumplimiento de mis deberes como primer servidor del Estado.

“Tengo fe en Dios, que ve hasta el fondo de las consciencias.

“Tengo fe profunda en mis conciudadanos, a los cuales he consagrado todos mis esfuerzos para engrandecerlos, engrandeciendo a la República.

“El pabellón chileno es sagrado, y a su sombra podemos todos, gobernantes y gobernados, unirnos en íntimo efusión, para bendecir a la Providencia que nos bendice, y para congratularnos por las conquistas del progreso y del ingenio humano.

“Quiero en esta hora feliz elevar mis votos a la altura, porque los que vengan en pos de nosotros nos excedan en inteligencia, en actividad y en acierto y, sobre todo, en energía para hacer el bien y levantar más aún esta patria de nuestro corazón y de nuestros hijos”

Agregó después, en Malleco:

“Los héroes de otra edad decían que era dulce morir por la patria. Yo agregaré que es dulce servirla, porque en medio de las asperezas y quebrantos que producen las injusticias políticas de los hombres, hay un buen sentido público que estimula el cumplimiento del deber, y nunca faltan corazones rectos en los cuales se descansa de las fatigas que producen la dirección y el gobierno del Estado.

“Descanso tranquilo en el testimonio de los hechos.

“He querido el bien y gobernado sin odios ni pasiones.

“Es cierto que el vendaval ha levantado las olas del océano político y arrojado hasta mi frente la espuma forjada por los choques de la tempestad, pero he mantenido el puesto del deber, y he visto pasar la borrasca sin que conmueva los cimientos sobre los cuales descansan la honra y la energía de los mandatarios de Chile.

“Las pasiones políticas engendran sentimientos que devoran y los partidos personales no permanecen: se destrozan y pasan.

“Los gobiernos que hacen el bien son superiores a las vicisitudes humanas.

“Las obras buenas, son eternas.

“Sólo la virtud y el trabajo levantan los caracteres y engrandecen los pueblos”

El 11 de enero, ya habiendo estallado la revolución, le dice a don Evaristo Sánchez Fontecilla:

“Ayer por la armonía cambié 11 gabinetes, lo que no tiene precedentes en la historia política de Chile ni de ninguna nación que quiera ser bien regida.

“Ya sólo se trata del principio de autoridad.

“En pocos meses más dejaré el mando. Nada puedo esperar para mí, pero entregaré mil veces la vida antes que permitir que se destruya la obra de Portales, base angular del progreso incesante de mi patria”.

Tres días antes le había escrito a Don Aníbal Zañartu:

“Los sucesos, provocados por los que no quisieron oír a Ud. Y a mí en octubre último, tuvieron toda la proporción de un grave acontecimiento.

“Debí reflexionar mucho en octubre por que no podía ocultárseme el plano inclinado al que me lanzaron mis adversarios.

“Mi partido quedó tomado entonces, pero dispuesto a oír acuerdos razonables. Usted fue testigo de este anhelo.

“Hoy no cabe sino cumplir el deber.

“Lo menos que puedo estimar en esta gran partida de honor y orden público es la vida, que entregaría cien veces antes de abandonar mi autoridad y el mandato que recibí de mis conciudadanos.

“Mi cariño por Ud. se aumenta en estas horas, porque lo encuentro como siempre, caballero y generoso.”

El 11 de abril le escribe a don Juan Mackenna:

“Chile no se salva en el futuro sino sosteniéndome, aunque sea con mi sacrificio final; pero no voluntario, sino sacrificado por los que han podido más y me venzan”.

Al inaugurar el Congreso Constituyente, al comenzar ese mismo mes, terminó su mensaje:

“Próximo a dejar el poder volveré a la vida privada tal como llegué al Gobierno, sin odios y sin prevenciones, extrañas a la rectitud de mi espíritu e indignas de un Jefe de Estado.

“Es cierto que pocos gobernantes han tenido que sufrir como yo agravios más inmerecidos y más gratuitas inculpaciones. Nunca he perdido por esto la serenidad de mi espíritu y la perfecta tranquilidad de mi conciencia. Estoy acostumbrado a afrontar las injusticias de los hombres.

“Después de los furores de la tormenta vendrá la calma y como nada más duradero puede fundarse por la injusticia y la violencia, llegará la hora de la verdad histórica, y los actores del tremendo drama que se consuma sobre el territorio de la República, tendrán la parte de honor, de reprobación o de responsabilidad que merezcan por sus hechos.

“Descanso tranquilo en el favor de Dios, que preside los destinos de las naciones y que ve distintamente el fondo de las consciencias. Él se ha de servir alumbrar el patriotismo de los chilenos y trazar a vuestra sagacidad y sabiduría los senderos que conducen al afianzamiento del orden y a la solución final de las desgracias y de la contienda que hoy dividen a la familia chilena”.

Derrotado en Concón, le escribe a su madre:

“Estos hechos y pruebas no me han producido a mí la impresión que, a otros, porque ya me he familiarizado con los rigores de la tormenta. Si en ella caigo no será por temor o negligencia. Su hijo, como un romano, sabrá morir peleando de pie”.

Derrotado definitivamente en Placilla antes de abandonar la vida, dice a sus hermanos:

“Después vendrá la justicia de la historia.

“La distancia de esta región a la otra es menos de lo que imaginamos.

“Nos veremos de nuevo alguna vez, y entonces, sin los dolores y las amarguras que hoy nos envuelven y despedazan.

“Cuiden y acompañen siempre a mi madre y sean siempre amigos de los que fueron de nosotros”.

A su esposa le dice:

“Es necesario dedicarse por entero a la formación, prácticas religiosas, y modo de ser de nuestros hijos.

“Quiero que sean buenos cristianos, que no ofendan ni hablen mal de nadie, que olviden las ofensas de mis enemigos.

“La separación de esta región a la otra es menos de lo que imaginamos; nos veremos de nuevo en un mundo mejor que el que dejo en horas de odios y de venganzas, que yo cubro con mi olvido y mi sacrificio.

A su madre le dice:

“Tiene Ud. a Dios y santa fe que la conforta y la levanta.

“Dios se apiadará de nosotros.

“Cuídese para sus hijos y nietos.

“Y crea que la ama de todo corazón el hijo que le dedicó siempre, sus más tiernos, sus más vivos afectos”.

A sus amigos y al país les dice, por intermedio de don Claudio Vicuña y don Julio Bañados Espinosa, en postrera despedida:

“No hay que desesperar de la causa que hemos sostenido ni del porvenir”.

“Si nuestra bandera, encarnación del Gobierno del pueblo verdaderamente republicano, ha caído plegada y ensangrentada en los campos de batalla, será levantada de nuevo en tiempo no lejano, y con defensores numerosos y más afortunados que nosotros, flameará un día para honra de las instituciones chilenas y para dicha de mi patria, a la cual he amado sobre todas las cosas de mi vida”.

“Cuando ustedes y mis amigos me recuerden, crean que mi espíritu con todos sus más delicados afectos estará en medio de ustedes”.

Todas estas oraciones -reflejo de un alma inmensa, de un ser sugestionado de pasión por su país, de su destino histórico, de sus deberes de gobernante –y que, a la vez, le muestran como él más cabal e inspirado literato- junto a su obra constructiva, no menos inmensa, realizada en medio de las pasiones y ataques más enconados en su contra-, han levantado, muchos años ha, el monumento que Balmaceda conquistó en el corazón de los chilenos, en el alma de la nación, en la historia de la patria, que él embelleció aún más con su vida y con su muerte.

El monumento que hoy se levanta en forma material es sólo la ratificación tardía del sentir de Chile…

Ni siquiera lo necesitaba ya Balmaceda para su reivindicación histórica.

Lo necesitaba, sí, el país para reivindicarse a sí mismo.

El espíritu de Balmaceda, “con sus más dedicados afectos”, estará hoy junto a toda la nación chilena -ya no sólo ante un puñado de leales amigos -, porque es la patria toda la que estará hoy junto a la estatua a decirle que ella la ha erigido porque él “la amó sobre todas las cosas de la vida”[1].

[1] “El Mercurio”, 19 de septiembre de 1949.