I
Es difícil encontrar entre los historiadores de todos los tiempos uno que tenga los rasgos, las condiciones intelectuales de don Francisco Encina: gran cerebro, extraordinario espíritu de inducción y deducción, inmensa cultura, asistida por una espléndida memoria y un poder de asimilación que no es común, brillante literato. En pocos autores hemos hallado la amenidad, la vida, el realismo, el interés que él imprime a sus páginas. De compararlo con otro historiador lo haríamos sólo con Macaulay, a quien en nuestra modesta opinión, hemos considerado siempre como el más completo de los intelectuales de su género.
…Más, este conjunto excepcional de condiciones de don Francisco Encina, de lo cual él tiene plena conciencia, le ha llevado demasiado lejos. He ahí su falla. Cree él poder penetrar con facilidad en los hombres, meterse en las almas, escudriñar dentro de ellas todos sus sentimientos, pasiones, anhelos y debilidades. Seguro de su gran intuición, interpreta con la exactitud del matemático que resuelve un problema, lo que hay dentro de los seres y también las razones que mueven las fuerzas espirituales colectivas que imprimen el rumbo de los acontecimientos políticos. Su “verdad” – “la verdad del autor”, como él la llama- es para él tan clara, tan evidente, tan absoluta como un axioma. Nos atrevemos a decir que Dios, en el juicio final, con su inefabilidad divina, no será más severo con los pecadores que don Francisco Encina con los personajes que no aprecia. Su desprecio por casi todos los historiadores que le precedieron, como Barros Arana, que le proporcionó, a todas luces, gran parte de los materiales que le sirvieron en su obra, sus términos de “tarados mentales”, “miopía intelectual”, “eunucos cerebrales”, usados permanentemente para hombres que se distinguieron en nuestra vida pública, muchos de los cuales dejaron más de una huella honrosa en nuestra historia, produce en todos, aún en los que nos honramos con su amistad y somos sus admiradores, una sensación de desagrado. Es explicable: la modestia – ¡somos tan falibles todos los seres! – es la virtud que atrae mayores simpatías; y, a la inversa, la prepotencia despierta siempre las más grandes resistencias. Y don Francisco Encina, seguro de su gran talento, de su cultura, de su magnífica intuición, con sin igual egolatría, concede, niega o afirma mucho más allá de lo que la prudencia y el buen gusto podría conceder al cerebro más poderoso.
Decía un pensador colombiano:
“Cada uno en su arte o en su profesión desfigura la vida que es dilatada y múltiple, para que ella cobre los acentos de su propia existencia interior. Desde el zapatero de la calle suburbana, hasta la mente de Goethe, perdida en el canto infinito de las esferas siderales, hay siempre una línea central determinante con este paradójico designio: ir al corazón de la verdad para obtenerla toda, pero no sacar de ella sino el jirón que armonice con nuestro propio yo”.
…Y don Francisco Encina, no obstante, su extraordinario talento, es hombre y, como hombre, siente afectos y tiene antipatías y pasiones, aunque él, con su sinceridad, crea estar situado, como historiador, por encima de toda debilidad humana.
…Y también tiene sus ídolos: Portales y Montt; y aún más: sigue militando en un partido: en el montino.
Coincidimos en absoluto en sus entusiasmos por Portales y Montt. Todo chileno, no ofuscado por pasiones, debe ver en aquel al primer estadista de la patria, forjador, con realismo genial de las instituciones que dieron a Chile su estabilidad política, y con ella su progreso y su prestigio; y en Montt, la armonía perfecta de las facultades de un estadista: talento y equidad, equilibrio, ponderación, austeridad, grandeza moral, temple irreductible al servicio del deber, de la ley. A él se debe, más que a nadie – junto con Bulnes, Varas y Tocornal – el afianzamiento de la obra de Portales, sin la cual Chile no sería lo que es: la primera democracia hispanoamericana.
Como a muchos otros grandes hombres de Chile, don Francisco Encina no ha podido ocultar su aversión a Balmaceda. En los dos tomos finales de su obra dedica ochocientas páginas a empequeñecer su figura. No ha habido un solo lector que no lo haya reparado así. No digo que le haya negado todas sus condiciones. No. No habría podido hacerlo; digo: a empequeñecer las que tuvo y a negarle otras en forma absoluta.
Como lo ha hecho el señor Encina con todos los personajes de su historia, nosotros nos atrevemos también ahora a interpretar la razón de su resistencia para un personaje a quien, en su libro anterior, sobre Portales, había calificado como:
“…el que hubiese sido su predilecto, el único que, pasado el ardor de la juventud y del ofuscamiento ideológico, comprenderá su genio, porque estaba amasado por su carne y por su sangre…”
La irradiación espiritual de Balmaceda hacia la historia, hacia las generaciones futuras -como también lo reconoce don Francisco Encina- es superior a la de todos los grandes hombres de Chile. Su brillante y ecuánime labor de diputado; su defensa de los derechos de Chile frente a los Estados Unidos como ministro de Relaciones Exteriores, en la liquidación de la guerra del Pacífico; las realizaciones de su Gobierno, superior a la de otras administraciones que ha tenido el país; la belleza y elevación de sus discursos; la entereza con que defendió un principio constitucional que él creía indispensable para el buen gobierno y progreso nacional -en las postrimerías de su administración, cuando nadie dudaba que jamás pensó en perpetuarse en el mando y cuando ya no tenía más honores que recibir; su muerte, para sellar el drama de la guerra civil y concluir con la persecución de sus amigos; y hasta la figura, el mejor marco para su personalidad extraordinaria- le conquistaron a Balmaceda la admiración, la gratitud y el cariño del país, aún en muchos de los que fueron sus enemigos, casi sin excepción de los chilenos de la generación actual, y con certeza de las generaciones que vendrán.
Aunque no superó a Portales ni a Montt en condiciones de estadista, si les superó en esa fuerza secreta, difícil de precisar, que se constituye en lo que llamaríamos el ascendiente, el nimbo, la irradiación ante la posteridad – esos rasgos del espíritu que hizo decir a Gabriela Mistral, mujer de gran sensibilidad y que ha enaltecido a Chile
“…no sé ni me interesa si Balmaceda respetó o no la Constitución, pero sí sé y me interesa demasiado que la grandeza infinita de su alma embellecerá para siempre la historia de mi patria”.
…Es necesario tener algo de temperamento sensitivo de Balmaceda para comprenderlo y admirarlo…
Es esto lo que ha querido destruir en balde don Francisco Encina.
Decimos en balde porque los convencimientos colectivos -no nos referimos solo a las multitudes, sino a todo el conjunto social, como sucede en Balmaceda- no se rinden jamás ante los razonamientos de un autor, por talentoso que sea, como don Francisco Encina.
Para inmensa mayoría de los chilenos, Balmaceda es cosa juzgada. De él puede decirse como del gran libertador americano: “sus contemporáneos se dividieron para juzgarlo, pero los hijos de sus contemporáneos se unieron al juzgarle”. Don Francisco Encina está más cerca de la generación del 91 que de la nuestra.
Y él es montino, como lo hemos dicho y como lo han percibido fácilmente todos sus lectores, le inquieta -quizás sin él mismo reparar en ello- que algún presidente puede aventajar ante la posteridad la gran figura de don Manuel Montt; de ahí que en casi todas las páginas de sus últimos dos tomos aparece Montt como el padrón de permanente comparación con Balmaceda. Un historiador sin partido no lo habría hecho. Estaba demás. Ambos son grandes pero distintos; y ambos honran la historia nacional. Cada uno es superior al otro en aspectos diferentes. He aquí “nuestra verdad”.
… Y el arraigado monttvarismo de don Francisco Encina se manifiesta también en sus calurosas simpatías con las interesantes personalidades de sus correligionarios don José Besa, don Agustín Edwards Ross y don Pedro Montt, que, como lo han visto sus lectores, son los tres personajes que aparecen más enaltecidos en el tomo 19, como -y no sin razón- don Rafael Sotomayor, también montino, en el tomo dedicado a la Guerra del Pacífico.
No siendo posible rectificar todos los conceptos, a nuestro modesto juicio, equivocados, de don Francisco Encina a través de 800 páginas sobre el Presidente Balmaceda, en los cortos límites de un artículo, lo haremos en el siguiente, en la forma más breve posible.
Expondremos modestamente “nuestra verdad” frente a la “verdad” de don Francisco Encina.
Él es escéptico, con razón, de cuanto perdurará “su verdad” ante las generaciones que vengan…
Estamos seguros de que “nuestra verdad” sobre Balmaceda prevalecerá ante la posteridad; no por nuestra, sino por ser la verdad.
II
Lo primero que advierte don Francisco Encina en la personalidad de Balmaceda es la complejidad de su espíritu, “la más compleja -dice- de las personalidades políticas de Chile”. Y al examinar su sicología cita los peores conceptos que para él tuvieron sus adversarios, conceptos, en su mayoría, emitidos en el fragor de la lucha política más apasionada que haya conocido el país.
Insiste, también, en la frialdad de su corazón, cuando, a la inversa, se trata de uno de los hombres más sensitivos, de mayor temperamento afectivo, más romántico que haya actuado en nuestra vida pública. Su afecto para sus amigos lo llevó hasta el suicidio -más no se puede dar-, para evitar que continuara la persecución a ellos.
“Quise entregarme a la junta…y defender a mis amigos y correligionarios, aunque fuera desde el fondo de una prisión”.
“…Mientras tanto continúa la persecución para todos los que fueron mis amigos y partidarios. Esto me desespera; y no pudiendo hacer nada por ellos en este desquiciamiento general, quiero darles lo único que me queda, que es el sacrificio de mí mismo. Con él los míos y mis amigos serán menos perseguidos y humillados”.
“Cuando ustedes y mis amigos me recuerden, crean que mi espíritu con todos sus más delicados afectos estará en medio de ustedes”. Hay, pues, antecedentes para afirmar, a la inversa de lo que ha aseverado don Francisco Encina, que Balmaceda fue extraordinariamente sentimental y afectivo. De ahí el cariño y la admiración sin límites de sus partidarios para él. Fue un amigo que lo dio todo por sus amigos, hasta la vida. Para los que le abandonaron, por razones de un orden meramente personal, que él creía pequeñas, sí, tuvo un profundo desdén. Pero, también, a la inversa de lo que afirma don Francisco Encina, mantuvo sellado sus labios para referirse a ellos.
“Mis labios los he mantenido sellados”
“Es cierto que pocos gobernantes han tenido que sufrir agravios más inmerecidos y más gratuitas inculpaciones. Nunca he perdido, por esto la serenidad de mi espíritu y la perfecta tranquilidad de mi conciencia. Estoy acostumbrado a afrontar las injusticias de los hombres”.
Exagera también el señor Encina la locuacidad de Balmaceda. Si, era conservador y comunicativo, pero nunca en exceso. Quienes le conocieron recuerdan el interés con que sabía escuchar aún a las personas más modestas y sencillas.
Por otra parte, nadie de los que compartieron de cerca su vida, repararon nunca en sus intensas depresiones, a que se ha referido don Francisco Encina. Por el contrario, admiraron siempre la permanente entereza de su carácter, el dominio sobre sí mismo, aún en los peores momentos de su agitada existencia. Cuando ya abandonaba La Moneda, uno de sus hermanos le manifestó que su madre no quería salir de su casa, negándose a buscar asilo. Volvió a subir a su escritorio y pudo decirle a ella con plena razón:
“Váyase a casa de la persona que le indique Elías. No vacile y cumpla los deseos de su hijo, que no le arredran las desgracias ni se rinde ante el dolor”.
A nuestro propio juicio sobre la psicología de Balmaceda, preferimos recordar frente a la de don Francisco Encina, la de don Antonio Huneeus, distinguido publicista, perteneciente también a familias muy hostiles a aquel Presidente, pero quien, sin pasión ni prejuicio, supo hábilmente describirle y penetrar en su alma:
“Figura arrogante y refinada, Balmaceda habría parecido en la antigua Grecia ahijado de los dioses, en corte sajona, príncipe de la sangre, y en todas partes lo que era, un gran señor. Puso siempre su pensamiento en cosas altas, de mozo en el servicio de Dios y cuando el mundo despertó en él las afinidades secretas con que se domina sobre la naturaleza, soñó en ganar gloria y honor en el servicio de su patria…Talento exuberante y vigoroso, ávido más que de estudio, de comprensiones amplias y rápidas, imaginación pronta y variada, palabra fácil y verbosa, a menudo grandilocuente, y en muchas ocasiones solemne, allá en el atardecer de la vida rotunda, magnífica, vibrante; …alma riquísima en honda y reprimida sensibilidad que por extraña reacción de orgullo lo inmunizaba al propio tiempo contra el ataque, la decepción y la amargura”.
Rubén Darío, el genial poeta nicaragüense, que mucho le conoció en la intimidad, ajeno a toda pasión política chilena, le describe así:
“Persona de rara potencia intelectual, además de los dotes de gobernante y de político que posee, es un literato y orador distinguido. Sobre todo, en la tribuna es donde ha triunfado más en su vida pública. Su voz es vibradora y dominante; su figura llena de distinción; la cabeza erguida, adornada por una poblada melena, el cuerpo delgado e imponente, su trato irreprochable de corte y de salón, que indica a la vez al diplomático de tacto y al caballero culto. Es hombre moderno”.
A tanta complejidad que don Francisco Encina anota en Balmaceda, nosotros sintetizaríamos así su vida: Joven talentoso, extraordinariamente sensitivo y romántico. Alejado por su padre de la vocación religiosa, a que lo empujaba el fondo místico de su alma, le apasionó después la política y soñó ganar gloria, vinculándose a la grandeza de su patria. Admiró profundamente a Montt y -aunque le sugestionó el espíritu liberal del siglo XIX, al que rindió culto como político novel e inexperto en el Club de la Reforma y en la Cámara-, mantuvo intacto el concepto de la autoridad vigorosa para guiar al país y realizar el bien, como aquel gran gobernante. Diplomático, supo defender con altivez y brillo los derechos de Chile. Como Ministro realizó las reformas liberales y se sometió a la autoridad de Santa María, esperando su hora. Presidente de la República, con su espíritu soñador e idealista, quiso unir a los liberales y mantener una política de respeto y concordia para los conservadores, a fin de que en Chile, como en las grandes democracias, sólo existieran dos partidos políticos, mientras él dedicara todas sus fuerzas y facultades para la realización del más vasto plan de obras públicas, por levantar el nivel cultural de todas las clases, en especial las más modestas, y reforzar la defensa nacional frente a los problemas limítrofes, entonces aún no resueltos. He ahí la síntesis de la vida y los anhelos de Balmaceda.
Cometió una inmensa equivocación, al buscar a los disidentes, a los sueltos, a “los luminarias”, enemistó a sus amigos y no obtuvo atraer a sus adversarios.
Extralimitó sus esfuerzos por buscar la unión, la concordia, la armonía. Pero Balmaceda no pudo dominar ni armonizar con las ambiciones, susceptibilidades y pasiones de los políticos de entonces. En tales circunstancias, ¿habrían tenido mejor éxito Portales o Montt? Nos atrevemos a creer que no. Cometió Balmaceda un gran error -pero impulsado por una noble ilusión-. Disgustó a los liberales de gobierno -a “la vieja guardia”- y a los nacionales -con los que habría tenido durante toda su administración una sólida mayoría ante el país- por el anhelo de organizar la política chilena a través de sólo dos grandes partidos. Fue, repetimos, un gran error. Todos los hombres, aún los genios, cometen errores. Portales no oyó las advertencias del Coronel don Francisco Bulnes, amigo leal y desinteresado, y puso toda su confianza en Vidaurre, el traidor. Don Manuel Montt se opuso a que Chile fuera a la Guerra del Pacífico, como lo exigían el honor, la seguridad y el interés nacional. El propio Bonaparte, pasando por encima de los consejos de Talleyrand, insistió en el bloqueo continental; deshecho todo entendimiento con Inglaterra; llevó sus tropas más allá del Don, olvidando las lecciones de Federico el Grande; invadió a España, el pueblo más rebelde y heroico y puso su fe en muchos hombres que le traicionaron y que tomaron las armas contra él. Humano es errar.
Este mismo esfuerzo desgraciado de Balmaceda por armonizar con los liberales personalistas que dividían los partidos y el Congreso, le hizo afianzar su fe en el régimen Portaliano. Y pudo decir:
“Ayer por la armonía cambié once gabinetes, lo que no tiene precedentes en la historia política de Chile. Ya sólo se trata del principio de autoridad. En pocos meses dejaré el mando. Nada puedo esperar para mí, pero entregaré mil veces la vida antes que permitir que se destruya la obra de Portales, base angular del progreso incesante de mi patria”.
Creemos, sí, también que su triunfo en los campos de batalla habría sido inútil. Ya había muerto el espíritu Portaliano. Ni Balmaceda ni nadie habría podido resucitarlo. Una generación encabezada por capacidades tan brillantes como Manuel Antonio Matta, Carlos Walker Martínez, Manuel José Irarrazabal, Isidoro Errázuriz, Eulogio Altamirano, Enrique Mac Iver, Abdón Cifuentes, Augusto Orrego Luco, Pedro Montt, Julio Zegers, Ventura Blanco, Juan Agustín Barriga, Joaquín Walker Martínez, Zorobabel Rodríguez, Melchor Concha y Toro, Abraham König, era invencible en sus anhelos parlamentaristas.
Pero los pueblos, también, para su savia espiritual, necesitan símbolos como Balmaceda, que hacen de su patria una idolatría y que sacrifican todo por sus principios.
Los hombres no tienen la obligación de vencer, pero sí de luchar por sus grandes anhelos de bien público.
Nada loable queda de los largos capítulos en que don Francisco Encina hace el estudio de la intriga política durante la administración Balmaceda; y al terminarlos el lector exclama: ¡Cómo pudo Balmaceda construir una obra administrativa tan vasta en medio de esa inmensa pasión política desencadenada contra él!
Y también don Francisco Encina fue avaro para juzgar su obra realizada, aunque la reconoce fecunda como la de ninguna otra administración. Le niega paternidad a muchas de sus obras, empequeñece otras, omite algunas, y alude frecuentemente a lo que no hizo. ¡Qué de cosas todo gobernante debe dejar de hacer por imposibilidad de tiempo y de medios. Son ellas infinitas! Omite don Francisco Encina la actitud del presidente con la misión francesa de Harmand, en la que nunca ha resplandecido con más brillo el honor nacional y nunca se vio más celo y altivez en defensa del interés de Chile.
Afirma don Francisco Encina, ya sin disimulada pasión, que Balmaceda no dejo nada de sí.
Dejó el ejemplo de una vida dedicada a la patria hasta la muerte, la administración -como él contradictoriamente lo reconoce- más fecunda en obras realizadas y la defensa de un principio constitucional, que el país volvió a buscar después de las amargas experiencias que él, con visión genial, vaticinó.
¡A Chile no se le puede decir hoy que Balmaceda nada dejó!
Mucho y mucho más podría rectificar sobre Balmaceda a mi distinguido y respetable amigo don Francisco Encina…