Como un epílogo a las observaciones que hicimos a los dos tomos que don Francisco Encina dedica a Balmaceda y a la revolución de 1891, queremos reproducir algunos párrafos de los discursos más importantes de aquel Presidente a través de su vida política, como la mejor respuesta a las apreciaciones del señor Encina, que califica la oratoria de Balmaceda como ramplona, nebulosa, llena de vaguedad y hasta incoherente.
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“Hay un medio seguro para evitar la tormenta y no naufragar en las oleadas de la política: referirlo todo al supremo bien del país”.
(Cámara de Diputados 20 de octubre de 1873).
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“La acción del Estado es ineficaz fuera de sus fines propios, postra y enerva la actividad social”.
(Cámara de Diputados, 15 de octubre de 1874)
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“La propiedad es sagrada pues ella sirve de base al bienestar y la actividad del hombre. La libertad es igualmente sagrada, porque ella interesa necesariamente al desarrollo moral e intelectual del individuo; y la libertad es el conjunto de cualidades en virtud de las cuales el derecho de cada uno puede coexistir con el derecho de todos”.
(Cámara de Diputados, 23 de julio de 1877).
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Refiriéndose a la separación de la Iglesia del Estado, dijo el 15 de octubre de 1874 en la Cámara de Diputados:
“Si la separación que proyectamos se hiciera en desprecio de la religión que ha sido del Estado o de otra cualquiera; si en su nombre proscribiéramos los cultos para sostener la negación de Dios, la separación nos traería el ateísmo y realizaríamos una obra tan monstruosa como impía”.
“El poder público no es digno, ni noble ni grande por el exceso de atribuciones que le acuerden los pueblos: lo es por la suma de elementos que pone en sus manos para dar garantía de existencia a los intereses legítimos, y ninguno más legítimo que la religión, que abre al hombre un horizonte de consuelo y de esperanza, en el cual vemos y nos acercamos a los seres queridos y a Dios”.
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“El país no puede olvidar, porque a diferencia de los hombres que pasan, él permanece, para hacer justicia por sí o por sus hijos, en vida o en la historia, en el curso de los años o cuando el desenlace de la existencia abra a los buenos ciudadanos la puerta de esa doble eternidad, que se llaman Dios y la inmortalidad”.
(Cámara de Diputados, año 1875).
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Refiriéndose a la secularización de los cementerios dijo en la Cámara de Diputados el 23 de agosto de 1877:
“La fe religiosa, las relaciones del hombre para con Dios supone el derecho indudable de rendirle culto”.
“No ha existido pueblo, sociedad e individuo que no sienta en su alma esta necesidad que procede de la inmortalidad del espíritu, de la idea de la vida futura, de la afirmación de Dios. Luego, el derecho de adorar a Dios y tributarle culto, es un derecho imprescriptible, eterno, que se confunde con nuestra naturaleza y sentimientos de carácter universal”.
“Cuando los nuestros se inclinan a la tierra, los cubrimos de flores; son los perfumes con que los vivos embalsamamos a los muertos. Este es un tributo de amor y de la más delicada poesía del alma.
“Nosotros no creemos que el legislador deba autorizar a ningún poder de la tierra para que vulnere estas gratísimas expansiones del dolor. No debemos ni podemos autorizar a ningún mortal para que rompa el sudario de los muertos. Nadie tiene el derecho de penetrar en la tumba sino Dios…
“Dejemos a Dios, señores, que extienda en los cementerios su misericordia y respetemos nosotros en el individuo la dignidad humana, y en todo chileno, su fe religiosa, la libertad de conciencia”.
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En el discurso que pronunció en Valparaíso en la Convención que lo eligió candidato a la presidencia de la República dijo:
“Nuestra obra es de tolerancia, de respeto a la fe religiosa de todos, pues no nos sería lícito desconocer que Dios ha creado la naturaleza humana y ha reservado a Chile una parte de la providencia con que favorece el gobierno de las naciones”.
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Sobre la tumba de Vicuña Mackenna dijo el 25 de enero de 1886:
“Su nombre vivirá mientras quede un chileno sobre la tierra”.
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En la tumba de don Antonio Varas el 7 de junio de 1886 dijo:
“La muerte de los grandes hombres es la transfiguración de esta vida de emulaciones, de conceptos apasionados y de involuntarios errores, en la vida serena de la historia y en la pura visión de la verdad. Ella es el principio de la verdadera justicia humana”.
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En la inauguración del monumento a los héroes de Iquique, dijo en Valparaíso el 21 de mayo de 1888:
“Tanto por la organización social y las leyes, como por la libertad y la riqueza, las naciones se fortifican y engrandecen por la gloria de sus grandes hombres”
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En su primer mensaje, al inaugurar el período ordinario de sesiones del Congreso Nacional, dijo el 1º de junio de 1887:
“Muy vasta es la tarea de gobierno que me espera, y muy variada y muy seria la labor legislativa impuesta a vuestra sabiduría. Espero que las contiendas políticas, tan legítimas y necesarias en la vida de un pueblo libre, no amengüen la eficacia del trabajo parlamentario. Este debe traducirse en hechos que afirmen el honor de los partidos, el adelanto político de Chile, y el patriotismo que alienta y realiza el progreso por el esfuerzo de todos los chilenos.
“Como primer magistrado de la Nación y cumpliendo compromisos solemnes aceptados y sellados a la faz de la República, aplicaré mi voluntad toda entera a consumar esta útil e importante obra, que también es vuestra obra, confiando en la ayuda del pueblo, en vuestras luces y en el auxilio de Dios, que nunca falta a los que, como nosotros, desean el bien y quieren la justicia”.
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Al año siguiente, el 1º de junio de 1888, como divisando en el horizonte político negros nubarrones, hace al Congreso un llamado ferviente a la armonía y a trabajar unidos todos los partidos en el progreso del país:
“No es esta hora de contiendas, porque la quietud pública y la prosperidad económica nos imponen la obligación de hacer, antes que todo gobierno de reorganización administrativa y de trabajo.
“Juzgo que aprovechar las épocas de prosperidad para difundir y ensanchar la enseñanza, fomentar la industria y la riqueza particular, elevar el nivel moral y mejorar por el trabajo perfeccionado el bienestar de la población obrera, y administrar con mayor severidad y energía a medida que crece y se aumenta el tesoro nacional, es acopiar medios de vida para los instantes de crisis, no siempre previstos y a veces involuntarios, que sobrevienen a las naciones, aún a las más fuertes y mejor regidas.
“Deseo el concurso de todos vosotros para cumplir el programa de reforma y de trabajos públicos a que venimos consagrados. No obstante, la seguridad de nuestra situación exterior y la solidez de nuestro estado económico, querría que el esfuerzo fuese común y tan vigoroso, como si la prosperidad de hoy fuera un bien transitorio, que debiéramos recoger con solicitud y guardar con patriótica cautela.
“Tengo fe en vuestro anhelo por la felicidad pública y confianza en vuestra actividad y discreción política; porque sin virtud y sin la moderación y el respeto que los poderes del Estado y los partidos políticos se deben entre sí, no hay posibilidad de conservar el gobierno verdaderamente republicano.
“Si cumplimos leal y honradamente con nuestros recíprocos deberes, realizaremos un progreso digno de Chile y de los bienes con que la Providencia no ha cesado de favorecer a la República”.
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En los primeros días de octubre de 1888, Balmaceda, en un banquete que se le ofreció en Curicó, improvisó un discurso que terminó con estas palabras:
“Soy hombre de mi tiempo y me debo a los legítimos anhelos de mis conciudadanos. Sus deseos pueden condensarse en dos palabras: la instrucción del pueblo y el fomento de la industria nacional.
“Señores y amigos de Curicó: Quiero dejaros un recuerdo de mi presencia entre vosotros definiendo la noción que tengo de mis deberes en la dirección y Gobierno del Estado.
“Para mi gobernar, es servir y trabajar.
“Pues bien, en este alto puesto de confianza nacional, aspiro el legítimo honor de ser el primero en el trabajo y el primero en el servicio de mis conciudadanos”
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En enero de 1889, al inaugurar la línea de ferrocarril de Palmilla a Alcones, dijo en Palmilla:
“¿Quién nos detendrá en este anhelo de progreso y de vida?
“Al fundar la piedra que recordará un día feliz para esta comarca, tengo formada la convicción de que los trabajos no se interrumpirán hasta que lleguemos a Llico. Allí los chilenos daremos gracias a Dios por haber peleado las batallas del trabajo y haberlas ganado con su ayuda y nuestra perseverancia.
“Señores, la alegría no es duradera y el hombre pasa, pero esta roca y estas construcciones permanecerán para perpetua constancia de lo que pueden los pueblos honestos consagrados a su bienestar y engrandecimiento”
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En Iquique, el 7 de marzo de 1889, pronunció el siguiente discurso, quizás el de mayor clarividencia de un estadista chileno:
“El Estado habrá de conservar siempre la propiedad salitrera suficiente para resguardar, con su influencia, la producción y de su venta, y frustrar en toda la eventualidad la dictadura industrial de Tarapacá.
“Debemos invertir, por último, el excedente de la renta sobre los gastos, en obras reproductivas, para que en el momento que el salitre se agote, o se menoscabe su importancia por descubrimientos naturales o los progresos de la ciencia, hayamos formado la industria nacional y creado con ella y los ferrocarriles del Estado, la base de nuevas rentas y de una positiva grandeza.
“Atesoremos en ferrocarriles y construcciones públicas los 20 millones en que la renta ordinaria excede anualmente a los gastos ordinarios; en diez años habremos realizado, así, con recursos propios, obras útiles por valor de 200 millones.
“Querría que todos los más recónditos extremos de nuestro suelo estuvieran cruzados por ferrocarriles…
“Señores, en el cumplimiento de esta considerable suma de la labor pública mantendremos siempre en vigor de la ley y el derecho: a su sombra debemos vivir con rectitud y trabajar en paz. En esta ocasión y desde esta brillante ciudad quiero decir a todos mis colaboradores en la dirección del gobierno, que debemos observar y hacer observar las leyes. Son estos rieles sobre los cuales debe marchar el carro del Estado. Si somos los primeros en el honor público, debemos ser los primeros en el trabajo y en el servicio de nuestros conciudadanos. Administremos enérgicamente y con severidad, seamos inexorables para que la honradez chilena brille en todas partes, y los funcionarios públicos puedan ostentar en sus actos, en su frente, la virtud de la democracia en que vivimos. La administración pública debe ser más severa a medida que aumente la riqueza fiscal, de manera que Chile y especialmente en Tarapacá puedan todos contemplarla pura y transparente como al través de un cristal”.
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En ese mismo viaje, de regreso al sur, dijo Balmaceda en La Serena:
“Un Estado con rara riqueza fiscal y con industrias nacientes y con una riqueza particular que puede llegar a limites verdaderamente singulares, requiere el perfeccionamiento del hombre, como concepción intelectual que inicia y como capacidades de producción que enriquece. El Estado puede suministrar en gran parte los elementos en que las aptitudes individuales deben ejercer su acción directa y bienhechora, y por eso procuro que la riqueza fiscal se aplique a la construcción de liceos y escuelas y establecimientos de educación de todo género, que mejoren la capacidad intelectual de Chile; y por eso no cesaré en emprender la construcción de vías férreas, de caminos, de puentes, de muelles, y de puertos, que faciliten la producción, que estimulen el trabajo, que alienten a los débiles, y que aumenten la savia por donde circula la vitalidad económica de la nación.
“Señores, vivo consagrado al servicio de mis conciudadanos, y a medida que me veo honrado con singulares testimonios de adhesión pública, me siento más alejado del campo en que fructifican los recelos políticos, en que se encienden las pasiones personales o en que suelen exacerbarse hasta las almas bien templadas. Desde este alto puesto de honor y de confianza nacional, puedo decir a mis amigos de Coquimbo y por medio de ellos a todos los chilenos, que no tengo más interés que por lo justo, ni más amor que por lo bueno, ni más pasión que por la patria.
“Sirvámosla y velemos por su existencia, como ciudadanos enérgicos y varoniles, para quienes la abnegación es un deber y el trabajo la sola satisfacción del alma honrada.
“Señores y amigos de Coquimbo: desde la activa capital de esta provincia, cuna de mi exaltación al mando supremo y compañera inseparable de las rudas jornadas de mi vida política, quiero brindar porque esta República tan cara a nuestros corazones, sea feliz y eterna”.
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Desilusionado Balmaceda de su anhelo de unir a los liberales y queriendo desvanecer la imputación que se hacía de favorecer la candidatura presidencial de don Enrique Salvador Sanfuentes, pidió a dicho personaje la renuncia solemne de su candidatura y le solicitó organizar un gabinete que tendría por programa la prescindencia del Ejecutivo en la elección de su sucesor. El Congreso censuró a este gabinete antes de ser oído y acordó suspender la autorización del cobro de contribuciones mientras el Presidente no eligiera un Ministerio de acuerdo con el Congreso. El Presidente entonces, resistió terminantemente a la exigencia del Congreso.
El domingo 13 de julio de 1890 se organizó un gran mitín, y una comisión presidida por el distinguido hombre público don Alejandro Vial, puso en sus manos del Presidente sus conclusiones que consistían en hacerle ver la gravedad de la situación y la necesidad de una solución de armonía con el Congreso. Don Francisco Puelma Tupper, miembro de la comisión, llegó más lejos y en el curso de la entrevista dio a entender a Balmaceda que debía renunciar a su cargo.
Balmaceda se expresó así frente a la comisión:
“Conocía, señores, el objeto del mitín de ayer y en este momento conozco las conclusiones a que en él se ha arribado.
“Reconozco la gravedad de la situación en que nos encontramos.
“Necesito caracterizarla en lo que a mi concierne, y daros brevemente la razón de mi conducta.
“Elegido Presidente, llamé a todos los círculos liberales al ejercicio del poder, y me propuse observar una conducta de constante y respetuosa deferencia al Partido Conservador.
“Sólo quería quietud, mucho trabajo y el bienestar de todos mis conciudadanos.
“Después de tres años de gobierno con los círculos políticos parlamentarios, se produjo en enero último la ruptura de la alianza liberal, por actos públicos y extraños a mi voluntad.
“Me formé entonces el convencimiento de que la unidad liberal y estabilidad del gobierno es imposible con los numerosos círculos en que está dividida una gran parte del Congreso.
“Organicé un Ministerio de liberales en Enero, y a finales de Mayo se reorganizó sobre la base de la eliminación absoluta e irrevocable de la que se creía candidatura oficial.
“El Ministerio así organizado fue recibido en el Congreso con una censura previa, y fue condenado antes de ser oído.
“Poco después, la Cámara de Diputados acordó el aplazamiento del cobro de contribuciones, mientras el Presidente de la República no nombrase un ministerio de la confianza del Congreso. El Senado acordó también, en los mismos términos, diferir el estudio de los Presupuestos.
“Me encuentro, señores bajo la influencia de una amenaza y de una presión efectiva por el aplazamiento del cobro de contribuciones.
“Pensad, señores, que soy chileno y que derivo mi mandato, no del Congreso, sino del pueblo, que soy el Jefe del Gobierno en el interior, y el representante de la dignidad y del prestigio de Chile en el exterior. En este puesto soy más que un individuo, porque soy el representante de uno de los poderes fundamentales del Estado. No puedo abatir mi autoridad ni doblegar el ejercicio de mis atribuciones constitucionales y exclusivamente propias ante el Poder Legislativo, tratándose de la elección de mis Secretarios de confianza y asumiendo la responsabilidad de mis propios actos.
“¿Cuál sería la situación del Presidente de Chile si estas condiciones cedieran en el ejercicio de sus prerrogativas constitucionales?
“El señor PUELMA TUPPER: Sería el hombre más grande de Chile.
“BALMACEDA: Permítame, señor Puelma. Yo no puedo abrir discusiones. Doy sencillamente la razón de mi conducta.
“Después de mis perseverantes esfuerzos para hacer fructuosa la labor del Gobierno, por el concurso de todos los liberales, no puedo someter mis prerrogativas a las exigencias invasoras del Poder Legislativo.
“Sólo he querido el bien y sólo he gobernado para el bien. Pero se me ha creado por la mayoría del Congreso una situación política delante de la cual no puedo retroceder. Estoy obligado por los acontecimientos a marchar resueltamente hasta el fin”.
(El señor Puelma Tupper, pidió, entonces, a Balmaceda que renunciara a la Presidencia, invocándole el ejemplo de O’Higgins)
Balmaceda continuó:
“Debo, para concluir, recordar al señor Puelma, que el desacuerdo a que he hecho referencia, fue entre el Congreso y el Ministerio mientras se trataba del voto de censura, y que hoy es entre el Congreso y el Jefe de Estado. La Cámara de Diputados acordó aplazar el cobro de contribuciones, mientras el Presidente de la República no nombre ministros de la confianza del Congreso.
“Esto es un acto extraño en su forma y por el alcance de la Ley de Contribuciones en Chile, constituye un suceso que no tiene igual en ningún tiempo, ni en ninguna nación regularmente constituida.
“Podría cambiarse el Ministerio si la mayoría del Congreso no se compusiera de fracciones diversas, y si no se hubieran producido actos de presión contra los cuales tengo el deber de resistir.
“Los Ministros facilitarían el camino si no nos encontráramos en presencia de hechos que a todos nos hacen comprender que es en el Congreso donde debe buscarse la cesación de un estado de cosas formado por sus actos.
“Sois, sin duda, personas tranquilas y muy respetables; pero dispensadme, son más respetables para mí los miembros de la mayoría del Congreso. Y si ante ellos he creído que debía mantener la plenitud de mis atribuciones, no habré de inclinarme delante de vosotros. Mi deber público y el patriotismo a que siempre debo ajustar mis actos, me trazan el camino y en él habré de permanecer.
“Se ha evocado en mi presencia el recuerdo de la abdicación de O’Higgins. Era aquella época de revolución y anarquía. Nosotros nos encontramos en presencia de una situación regular, en la cual ejercito mis atribuciones constitucionales.
“Nadie tiene el derecho de exigirme el sacrificio de mis facultades como Jefe de Estado de Chile.
“Os lo declaro con toda convicción: no abatiré mis atribuciones, no haré en caso alguno el papel de víctima, porque el Jefe de Estado que a esto se prestare, victimaría a la nación que manda y representa.
“Hemos concluido”.
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La firma Dreyfus, acreedora del Perú, entabló, después de la guerra del Pacífico, reclamaciones al gobierno de Chile, a quien consideraba sucesor de los créditos contratados por el gobierno peruano. Chile rechazó siempre estas pretensiones. Dreyfus, entonces, obtuvo que el gobierno francés le amparara oficialmente, para lo cual éste envió un Ministro Plenipotenciario ad-hoc frente al gobierno de la Moneda, M. Jules Harmand.
Dicho diplomático, previa consulta a sus abogados, según se ha dicho, presentó sus credenciales con un discurso, lleno de halagos a Balmaceda y manifestándole que esperaba de sus grandes condiciones de gobernante solucionar las dificultades que entorpecían las buenas relaciones de Francia y Chile.
Balmaceda, en los días más aciagos de su gobierno el 2 de octubre de 1890, respondió al diplomático extranjero con suma altivez y elegancia:
“No han existido, señor Ministro, ni existen en este momento causas de carácter nacional o de Estado que puedan debilitar la cordialidad en que se han mantenido las relaciones de nuestros respectivos gobiernos. Los intereses particulares que han merecido amparo diplomático o la oficiosa benevolencia de vuestra Cancillería, serán debatidos con la austera justicia con que en Chile ha aprobado su deferencia a las naciones amigas, dentro de la integridad de su propio derecho.
“En el honrado cumplimiento de mis deberes públicos, no he hecho más que seguir la huella trazada por mis antecesores y conversar las tradiciones de honor y moderación que constituyen la política exterior de la República.
“Es satisfactorio para el patriotismo nacional el juicio que os habéis formado de nuestros hombres públicos y de nuestras instituciones. Cincuenta y siete años de vida constitucional y la paz interior, conservada durante un tiempo en el cual las más grandes naciones de Europa y América han sufrido trastornos y serias vicisitudes, nos hacen, sin duda, acreedores, aunque formemos una República modesta, al respecto con que las naciones civilizadas se honran en el mundo culto”.
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En diciembre de 1890, Balmaceda hizo un viaje al sur a inaugurar diversas grandes obras públicas que su laboriosa administración, en medio de la más agitada pasión política, dejó el país:
Al terminar su discurso en la inauguración del viaducto del Malleco dijo:
“Conciudadanos: Por grandes que hayan sido o que pudieran ser en el futuro las pruebas a que nos veamos sometidos por el destino o los acontecimientos, no he vacilado ni vacilaré un solo instante en el cumplimiento de mis deberes como primer servidor del Estado.
“Tengo fe en Dios, que ve hasta el fondo de las conciencias.
“Tengo fe profunda en mis conciudadanos, a los cuales he consagrado todos mis esfuerzos para engrandecerlos, engrandeciendo a la República.
“Al inaugurar este monumento del saber y del trabajo os doy a todos el abrazo del patriotismo.
“El pabellón chileno es sagrado y a su sombra podemos todos, gobernantes y gobernados, unirnos en íntima efusión, para bendecir a la Providencia que nos bendice, y para congratularnos por las conquistas del progreso y del ingenio humano.
“Este grandioso monumento marcará a las generaciones venideras la época en que los chilenos sacudieron su tradicional timidez y apatía y emprendieron la obra de un nuevo y sólido engrandecimiento.
“Quiero en esta hora feliz elevar mis votos a la Altura, porque los que vengan en pos de nosotros nos excedan en inteligencia, en actividad y en acierto, y sobre todo en energía para hacer el bien y levantar más aún a esta patria de nuestro corazón y de nuestros hijos”.
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En el banquete que se le ofreció en Victoria se expresó así:
“Los héroes de otra edad, decían que era dulce morir por la patria. Yo agregaré que es dulce servirla, porque en medio de las asperezas y quebrantos que producen las injusticias políticas de los hombres, hay un buen sentido público que estimula al cumplimiento del deber, y nunca faltan corazones rectos en los cuales se descansa de las fatigas que producen la dirección y el gobierno del Estado.
“En Santiago, la opulenta capital, los círculos y las inevitables ambiciones de los caudillos, agitan los ámbitos de la gran ciudad y crean a las gobernantes situaciones en extremo azarosas y delicadas. No es allí posible la quietud del espíritu ni el sosiego de los partidos.
“Pero siempre que cruzo los límites de la gran ciudad y me acerco a los pueblos de provincia, encuentro en ellos amigos de pasadas luchas, correligionarios de un cuarto de siglo, hombres sin ambiciones personales y con todas las nobles ambiciones del progreso y de la felicidad nacional, ciudadanos de diversos partidos políticos, pero buenos patriotas; y entonces y cerca de vosotros no puedo menos de decir que me siento en medio de los míos.
“Estoy ligado a vosotros por ideas y actos que nos son comunes.
“Desde que llegara a la moneda veníamos pidiendo la descentralización del gobierno en Chile. Yo he procurado la descentralización política y administrativa; pero la descentralización que inicié como Ministro y que he consumado como Presidente, es la descentralización de la riqueza nacional.
“Yo he derramado los tesoros de Chile en todo Chile, y he concluido con aquella política económica, según la cual el centro era el principio y el fin, le todo, y las extremidades de la República regiones tributarias de la capital y sus alrededores.
“A este plan de justicia distributiva ha obedecido la construcción de diversas líneas férreas.
“Quince mil hombres trabajan hoy en los nuevos ferrocarriles, y en breve este número se elevará a veinte mil.
“Antes que deje el mando, la locomotora recorrerá las líneas de Huasco a Vallenar, de Ovalle a San Marcos, de Calera a La Ligua y Cabildo, de Santiago a Melipilla, de Pelequén a Peumo, de Palmilla a Alcones, de Talca a Constitución, de Parral a Cauquenes, de Coihue a Mulchén, de Valdivia a Antilhue, de Trumao a Osorno y La Unión, y de Temuco a esta hermosa ciudad, improvisada por vuestra virtud y vuestro trabajo, hermoseado con vuestros cuidados y poblada por vosotros, por vuestras dignas esposa y por vuestros hijos.
“Dos años después quedarán concluidas las líneas de Los Vilos y las secciones intermedias de la línea del sur.
“Estas obras de vialidad y las construcciones de liceos, escuelas, cárceles, edificios de administración, de enseñanzas especiales, de caminos, puentes, hospitales, templos, de saneamiento y de tantas otras corresponden a un sistema de distribución de la riqueza pública, que todas las provincias de Chile sostendrán y defenderán, porque sosteniéndolo practican la justicia y defendiéndolo protegen sus más caros intereses.
“No hemos olvidado la colonización, y si hemos traído a estas regiones la población extranjera, hemos al fin procurado la colonización nacional, radicando a los agricultores chilenos en las tierras que poseían, o en las que podían adquirir y cultivar.
“No se han descuidado los ramos que constituyen los grandes rasgos de la administración pública, ni los que afectan el honor y a la seguridad nacional.
“Descanso tranquilo en el testimonio de los hechos.
“He querido el bien y he gobernado sin odios ni pasiones. Es cierto que el vendaval ha levantado las olas del océano político y arrojado hasta mi frente la espuma forjada por los choques de la tempestad. Pero he mantenido el puesto del deber, y he visto pasar la borrasca sin que conmueva los cimientos sobre los cuales descansa la honra y la energía de los mandatarios de Chile.
“Las pasiones políticas, señores, engendran sentimientos que devoran, y los partidos personales no permanecen: se destrozan y pasan.
“Los gobiernos que hacen el bien son superiores a las vicisitudes humanas.
“Las obras buenas son eternas.
“Sólo la virtud y el trabajo levantan los caracteres y engrandecen los pueblos.
“Salud”.
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Al inaugurar el que llamó “Congreso Constituyente” el 1º de abril de 1891, en plena revolución, Balmaceda pronunció su último discurso público y es él, sin duda, en el que llega a una mayor serenidad y altura. Así terminó su mensaje:
“No pretendo enumerar los trabajos de la administración que me ha cabido el honor de presidir. De ellos pueden dar testimonio todos mis conciudadanos.
“No hay un solo departamento de nuestro territorio que no haya recibido su parte de beneficios en la distribución de la actividad y de las riquezas del Estado.
“He procurado la solución tranquila y equitativa de las graves y numerosas cuestiones que afectaban a las relaciones exteriores y he mantenido con Su Santidad y los representantes de la Iglesia en Chile una política de cordialidad y del más absoluto respeto.
“Durante el ejercicio de mis funciones he consagrado todos los instantes de mi vida al progreso, al enriquecimiento de mis conciudadanos y la grandeza de la República. Debo mi reconocimiento a todos aquellos que en la dirección del gobierno han concurrido a realizar mi vasta y activa labor. La debo muy especial a todos aquellos que en las horas difíciles y de prueba me han consagrado amistad y consecuencia, cuyo recuerdo conservaré como generosa recompensa a las decepciones que he tenido que sufrir en el Gobierno Político de la Nación.
“Aún tengo que decir al ejército y a los marinos que permanecen fieles a sus jefes constitucionales, que siempre los encontré en el camino de honor, y que con su lealtad y abnegación, salvarán al gobierno actual y serán el escudo más seguro de las generaciones futuras. Siempre merecerán confianza los que mantuvieron intacta la subordinación y disciplina militar.
“Muchos buenos, al mando del valiente coronel Robles y de sus compañeros Villagrán, Méndez y Ruminot, han caído noblemente en los campos de batalla. Su sangre será fecunda porque muchas veces las instituciones de los pueblos no se mantienen y consolidan sino por el sacrificio de sus defensores.
“Como nosotros, las generaciones venideras los señalarán como víctimas generosas, y como ejemplo que el soldado debe siempre seguir en el cumplimiento de sus deberes militares.
“Próximo a dejar el Poder, volveré a la vida privada, como llegué al gobierno, sin odios y sin prevenciones, extrañas a la rectitud de mi espíritu, e indignas de un Jefe de Estado.
“Es cierto que pocos gobernantes han tenido que sufrir como yo agravios más inmerecidos y más gratuitas inculpaciones. Nunca he perdido por esto la serenidad de mi espíritu y la perfecta tranquilidad de mi conciencia. Estoy acostumbrado a afrontar las injusticias de los hombres.
“Después de los furores de la tormenta vendrá la calma y como nada duradero puede fundarse con la injusticia y la violencia, llegará la hora de la verdad histórica, y los actores del tremendo drama que se consuma sobre el territorio de la República, tendrán la parte de honor, de reprobación o de responsabilidad que merezcan por sus hechos.
“Descanso tranquilo en el favor de Dios, que preside los destinos de las Naciones y que ve distintamente el fondo de nuestras conciencias. Él se ha de servir alumbrar el patriotismo de los chilenos y trazar a vuestra sagacidad y sabiduría los senderos que conducen al afianzamiento del orden y a la solución final de las desgracias y de la contienda que hoy divide a la familia chilena”.
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He aquí, tomados a través de toda su vida pública, trozos de los principales discursos políticos de Balmaceda, discursos que don Francisco Encina califica de ampulosos, vagos y grandilocuentes.
Los lectores juzgarán.