Autor: Nicolás Llantén[1]

La actual situación de pandemia nos ha llevado a replantearnos cuestiones que son fundamentales en nuestra sociedad. Una de ellas es sin duda, lo referente al modelo de desarrollo que debemos desplegar para mantener nuestra economía. ¿Debemos continuar con el sistema neoliberal, con este libre cambio desenfrenado? Aunque parezca increíble, sobre todo por la juventud de estos debates (debemos recordar que Chile asume este modelo económico producto de la imposición violenta de grupos conservadores cercanos al pensamiento de Milton Friedman, avalados por los militares), la situación de complejidad y el estudio sobre cual sistema de desarrollo y enriquecimiento era el necesario implantar en nuestro país para llevarnos al camino del progreso, estaba sumamente vigente. Si bien desde inicios del siglo XIX, la situación parecía decantarse por una economía centrada en la explotación de materias primas y su comercialización a gran escala, Balmaceda ya había visto el peligro de asumir esta posibilidad por si misma sin tener ningún sustento real de peso a nivel de mercado en el mundo capitalista que se estaba desarrollando. Los ciclos previos del trigo y la plata, si bien habían dado buenas rentas a Chile, traían también consigo la dependencia absoluta de mercados externos. Por tanto, si queríamos como país participar al mismo nivel que las otras naciones de los beneficios del comercio, debíamos tener cuidado con aplicar los principios liberales sin reales posibilidades de futuro.

Así lo exponía en 1881, el futuro presidente de Chile, durante la proclamación del candidato liberal, Domingo Santa María, para presidente del país:

El libre cambio, como sistema absoluto entre nosotros, tiene sus rigores y produce sus lógicas consecuencias. El libre cambio es la teoría pura, la verdad abstracta, la doctrina aceptada.

Pero el libre cambio, que es irreprochable entre Estados iguales, con industrias propias, es desastroso entre Estados desiguales, cuando los unos marchan con paso viril y resuelto, y los otros apenas se desprenden del seno de la madre común.

Imaginemos que este anchuroso recinto estuviese cubierto de objetos gratos a la vida, y que se permitiese a todos, grandes y pequeños, extraer lo que cada cual pudiera llevar según sus fuerzas. Es indudable que los grandes saldrían cargados del precioso botín, y que los niños que dan los primeros pasos saldrían con las manos vacías.

En el comercio del mundo, el libre cambio es la conveniencia de los Estados relativamente iguales, y cuando no concurre esta circunstancia, es, señores, la protección a los grandes y el sacrificio de los pequeños.

Es inútil invocar ejemplos europeos y americanos. No defiendo el proteccionismo como sistema absoluto, por lo mismo que creo que el libre cambio no debe ser entre nosotros un sistema absoluto.

Lo increíble y lúcido de estas palabras es que, ¡tienen más de ciento veinte años! ¿Cómo es posible que tanto tiempo después, en Chile no se haya aprendido nada? Es difícil ser más didáctico y reflexivo con respecto a temáticas como éstas. Balmaceda tenía una lucidez tan grande que precisamente su enfoque primordial (cuando finalmente obtuvo la presidencia en 1886), estuvo centrado en hacer de Chile una nación moderna tanto a nivel educativo como económico. El verdadero progreso, no es solo obtener más recursos, o más tratados de comercio, sino que, por una parte, ser verdaderos creadores de riqueza y también ser lo suficientemente autosostenibles, sin tener que depender, necesariamente del mercado bursátil. Claramente, Balmaceda no plantea en absoluto un sistema cerrado, ni una economía de tipo “socialista”, pero si entiende que para que el verdadero comercio sea prolífico, debemos tener conciencia de que el modelo que tomemos como desarrollo debe ser promotor de riqueza, pero de una riqueza que beneficie a la sociedad y permita construir, realmente un anhelo de libertad. ¿Se habrán dado cuenta nuestras autoridades en la actualidad de dicho problema, cuando nuestro actual modelo viene haciendo aguas hace más de ocho meses? Honestamente, creo que la respuesta sería negativa. Y creo que, sin duda, al menos dicha situación debería repensarse. Dejamos el ejemplo de Balmaceda para orientar dichas propuestas.

Para saber más:

  • Devés, E., Sagredo, R., (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
  • Ortega, L., (2005) Chile en ruta al capitalismo. Cambio, euforia y depresión 1850-1880. Santiago: LOM / Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
  • Cortés, R., Stein, S., (1977) Latin America. A guide to Economic History. Berkeley/Los Angeles/Londres: University of California Press.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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