Autor: Nicolás Llantén[1]

Dependiendo a lo que consideremos el sustento de la nación, la idea del pueblo, esa sociedad, esa reunión de personas que en su conjunto se organiza con el objetivo de la subsistencia, ha existido desde el alba de la civilización y su conformación estatal. La real participación política y su consideración orgánica estuvo prácticamente vetada por los regímenes políticos en occidente hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando producto de la aparición de las corrientes de pensamiento liberal, se pudo consolidar la institución de la República, la participación democrática y, por sobre todo, la importancia de la legitimidad en el sustento de los Estados.

Nuestro país a fines del siglo XIX si bien buscaba consolidar el nuevo proyecto de nación que surgía después de la victoria en la guerra, todavía estaba en disputa en diferentes esferas aquello que debía ser entendido por pueblo, la ciudadanía, el obrero, los electores… ¿Qué entendíamos por pueblo? Para el presidente Balmaceda, la respuesta, si bien podría considerarse retórica, tenía un clarificador sentido: todos aquellos integrantes de Chile que, con su esfuerzo y dedicación, contribuyen a que la patria progrese. Por ejemplo, al referirse a la situación de Copiapó y las características de su gente, el presidente así se refería:

Viril y patriota, este pueblo fue de los primeros en comprender y practicar los deberes y los derechos del ciudadano y uno de los más valientes y resueltos para emprender las rudas labores del desierto.

Existen innumerables ejemplos más que podrían buscarse para sustentar dichas prerrogativas. Balmaceda entendía que el pueblo, su gente, era la base, el pilar en el cual había de centrar todos los empeños de su mandato y gobierno. Todos los esfuerzos, todas las diatribas tenían sentido solo si los intereses que primaban eran siempre aquellos del pueblo, es decir, de todos los chilenos. Esto lo percibimos en otra de las tantas palabras que indicase el presidente, con respecto a lo que el gobierno debía de realizar, como obra, hacia su pueblo:

Ilustrar al pueblo y enriquecerlo, después de haberle asegurado sus libertades civiles y políticas, es la obra del momento, y bien podría decir que es confirmación anticipada y previsora del porvenir y de la grandeza de Chile.

Podemos referir, entonces, que para el presidente Balmaceda, el pueblo, su gente, corresponde a pensar no solo en el presente, en un mero número de habitantes, sino también en un colectivo de fuerza, que lleva en ciernes el futuro del progreso, de la grandeza de estas tierras y que confirma, entre sus diversas manifestaciones de norte a sur, el compromiso con el sentir que un nuevo camino se inicia, en donde el presidente, con sus medidas, llevaría a Chile por la senda de un mundo mejor… ¡que grandes sueños se avecinaban y pretendían realizarse!

Actualmente, a mi parecer, estamos en la misma encrucijada. En el pueblo de Chile está el futuro, en sus manos está construir un nuevo camino, sin trabas ni privilegios obtenidos con sangre y torturas. Si queremos ver el futuro, debemos mirarnos hacia nosotros, y comprender que somos la simiente concreta de un camino grande y complejo, que se presenta en el nuevo siglo. Si no tenemos guía en la actualidad, no importa. Miremos unos años atrás, miremos a Balmaceda, que tan bien comprendió la potencia de nuestro Chile. Que el porvenir es la base de un país, de un pueblo que se descubre y alimenta de sueños posibles.

Para saber más:

  • Devés, E., Sagredo, R., (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
  • García-Huidobro, C. (1994) José Manuel Balmaceda. Idealista y realizador. Santiago: Zig-Zag.
  • Subercaseaux, B., (1997) Historia de las Ideas y de la cultura en Chile, Santiago: Editorial Universitaria.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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