Autor: Nicolás Llantén[1]
El conocimiento aplicado y la experimentación, es decir, lo que entendemos como Ciencias, siempre se ha visto en la historia como el máximo ejemplo del intelecto humano y a quiénes lo han desarrollado o bien fomentado, siempre se les reserva un lugar especial de reconocimiento por todos aquellos quiénes fueron ilustrados con su sapiencia.
En el siglo XIX, nuestro país a pesar de su juventud siempre buscó empaparse de los conocimientos y progresos que se llevaban a cabo en otras partes del globo, con el objetivo de hacerlos concebir en Chile y hacer de este suelo una nación moderna. Sin embargo, en el último cuarto de siglo, esa situación se había ido estancando de cierta manera por dos graves complicaciones: la crisis económica que surgió a mediados de la década de 1870 y, como no, la compleja situación acontecida por la Guerra del Pacífico. Más finalizado el conflicto, y con la victoria en sus manos, el Estado de Chile tenía por fin la posibilidad real de concretarlo, y claro, el empujón que hacía falta para que se cristalizara vendría de la primera autoridad, el recién electo presidente Balmaceda. Exponía el futuro presidente en uno de sus discursos:
Señores: a la ciencia humana, que es desarrollo de las más nobles facultades del espíritu; al trabajo, que es el uso de las fuerzas físicas aplicadas por la inteligencia a la ciencia y al trabajo, fuente de positivo perfeccionamiento para el individuo, de gloria y virtud para el Estado.
Nada más digno de nuestros aplausos que los homenajes ofrecidos a los ciudadanos consagrados por el trabajo a la investigación y fomento del saber humano. Obreros silenciosos del porvenir, preparan en su mente o en el laboratorio la luz del progreso, y la irradian sobre sus semejantes, con la misma liberalidad con que la Providencia vela por el hombre y su dicha. Sin ellos la sociedad retrocede o cae; con ellos se levanta, crece, se perfecciona, se hace inteligente y se hace libre.
El presidente tenía muy en cuenta que el desarrollo de las ciencias y las artes correspondían necesariamente al progreso del país y su gente, que no solo debía asociarse con los indicadores económicos, sino también con una comprensión ético-moral-religiosa en la cual la noción de la libertad y de lo liberal representa el avance de los pueblos y países, pero también del individuo, su capacidad de pensar y de promover el conocimiento y, por sobre todo, que el Estado sea verdadero garante de esas premisas. El progreso no es solo mejores condiciones de vida o un más eficiente sistema económico, sino también el desarrollo integral del individuo y la comprensión del ser humano como sujeto razonante y, como tal, sujeto libre. Una relación que es maravillosa por su lucidez y visión de la humanidad, y también brutal para los que vivimos en estos tiempos donde al parecer esta comprensión de la realidad humana se ha perdido del todo por los actuales gobernantes, en todas partes del mundo. ¿Qué queremos hacer con el conocimiento, con la ciencia? ¿solo generar mayores riquezas? ¿el conocimiento solo es válido en cuanto significa riqueza económica? Que ajenos y lejanos se presentan los sueños de Balmaceda. Quizá con razón, tan solo unos años después de muerto, así le recordaban unos versos populares:
“Balmaceda se hizo reo
De ser un hombre formal,
Verdadero liberal
Y el más hábil, según creo,
Siempre fueron sus deseos
Dar al pueblo protección,
Protegiendo la instrucción
Y dando trabajo al pobre;
Perdimos a este gran hombre
Por culpa de Jorge Montt”.
Parece claro que aquellos que conciben Chile de una manera humana, siempre serán recordados y queridos por su pueblo.
Para saber más:
- Devés, E., Sagredo, R. (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
- Navarrete, M (1993) Balmaceda en la poesía popular (1886-1896) Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
- Subercaseaux, B., (1997) Historia de las Ideas y de la cultura en Chile, Santiago: Editorial Universitaria.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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