Autor: Nicolás Llantén[1]

La resuelta oposición del Congreso hacia el presidente Balmaceda, que tenía ribetes que podríamos considera obscenos ya para fines de 1890, había desatado definitivamente un quiebre entre dos de los poderes del Estado de Chile de manera irreconciliable. Independiente del “bando” que pudiésemos tomar, la gran mayoría de los estudiosos del tema, refieren que el gatillante de dicha escalada de desencuentros se habría producido en un discurso expresado en 1889, con motivo del viaje presidencial a Iquique. En él se exponían las siguientes palabras:

Ha llegado el momento de hacer una declaración a la faz de la República entera. El monopolio industrial del salitre no puede ser empresa del Estado, cuya misión fundamental es solo garantizar la propiedad y la libertad. Tampoco debe ser obra de particulares, ya sean estos nacionales o extranjeros, porque no aceptaremos jamás la tiranía económica de muchos ni de pocos. El Estado habría de conservar siempre la propiedad salitrera suficiente para resguardar con su influencia la producción y su venta, y frustrar en toda eventualidad la dictadura industrial en Tarapacá.

Tomando la apreciación que nos parezca mejor o no a nuestro entender, lo cierto es que gran parte del sector de la élite social que tenía al régimen salitrero internacional como principal empleador, tomó esta frase como una violación automática a uno de los principios fundamentales de la teoría liberal: la no intervención estatal en materia económica. Esto, sumado a las intenciones de Balmaceda y su gobierno por fomentar la producción nacional y potenciar una matriz industrial no dependiente de mercados internacionales, claramente ponía en jaque cualquier intento de mantener el statu quo en Chile. Había que reaccionar, y así se hizo.

Después de una potente consolidación monetaria y estratégica de los rebeldes en el norte, con el dinero del salitre a sus espaldas, las jornadas de Zapiga entre otras fueron sucediéndose poco a poco a su favor. Con un saldo de muertes y masacres sumamente violentas, incluso para la época, fueron poco a poco marcando el paso de su avance hacia la capital de manera firme. Tal era su determinación, que en los órganos de difusión con que ellos contaban, podían encontrarse alocuciones a la ciudadanía como las siguientes:

ALERTA

Conviene prevenir a los comerciantes y a todas las personas que tienen negocios o transacciones que el Verdadero Gobierno de la República no reconoce ni puede reconocer los billetes falsificados de Balmaceda, y que llevan las firmas de los presidarios Alfredo Prieto Zenteno, Manuel García Collao y Pedro N. Gandarillas. Cuando entre a Santiago el Gobierno de la Restauración, lo que será antes de mucho, esos papeles no valdrán más de lo que los despacheros quieran dar por ellos al peso. Conque, ¡alerta!

La consigna estaba muy clara. El tiempo de hablar y buscar acuerdos estaba completamente finiquitado y solo con la victoria total de uno de los dos bandos se pondría fin a esta situación.  Sin embargo y a pesar del fuerte cariz que estaban tomando los hechos, el presidente Balmaceda en su mensaje presidencial de junio del mismo año cerraba una tensa alocución de la siguiente manera:

Es cierto que pocos gobernantes han tenido que sufrir como yo agravios más inmerecidos y más gratuitas inculpaciones. Nunca he perdido por esto la serenidad de mi espíritu y la perfecta tranquilidad de mi conciencia. Estoy acostumbrado a afrontar las injusticias de los hombres.

Después de los furores de la tormenta vendrá la calma, y como nada duradero puede fundarse por la injusticia y la violencia, llegará la hora de la verdad histórica, y los actores del tremendo drama que se consuma sobre el territorio de la República, tendrán la parte de honor, de reprobación o de responsabilidad que merezcan por sus hechos.

Descanso tranquilo en el favor de Dios, que preside los destinos de las naciones y que ve distintamente el fondo de nuestras conciencias. El se ha de servir alumbrar el patriotismo de los chilenos y trazar a vuestra sagacidad y sabiduría los senderos que conducen al afianzamiento del orden y a la solución final de las desgracias y de la contienda que hoy dividen a la familia chilena.

La convicción de que esto era una situación definitiva, injusta y sobre todo compleja nunca minaron el ánimo del presidente, a pesar de que tanto las derrotas militares, como también las acciones tomadas contra la población sospechosa de tomar las armas contra la Moneda, que fueron sin duda oprobiosas en su mayoría, dejaban en claro que cuando llegase el tiempo de las acciones definitivas, a pesar de las buenas intenciones, la propuesta del presidente Balmaceda no tendría cabida. El inicio de las horas más violentas que hasta ese momento se habían suscitado en nuestro país, tocaban a comenzar…

Para saber más:

  • Devés, E., Sagredo, R. (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
  • Gaete, J.L., Lobos, M., (2016) Balmaceda siglo XXI., Santiago: Fundación Balmaceda.
  • Rodríguez, M., E., (1899) Últimos días de la administración Balmaceda Santiago: Imprenta y librería del centro editorial La Prensa
  • Periódico: “La Restauración” N°3, 1891.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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