Autor: Nicolás Llantén[1]
Luego de asumir la rotunda situación en la que se encontraba, sin ninguna certeza en lo que respecta a un juicio justo, el presidente Balmaceda había tomado la decisión definitiva. Debía dejar este mundo. Su intención tenía dos propósitos claros: por una parte, buscar salir del ámbito público-político y dejar con eso tranquilos los ánimos de sus furibundos captores y, por otra, dar resguardo y protección a su familia y amigos, debido a las posibles represalias que pudiesen acontecer. Todo estaba claro, el último día de su gobierno legítimo dejaría el mando del país otra vez en quién pudiese tomarlo. Pero no se iría, claramente, sin hacer sus propios descargos sobre la situación.
En una emotiva y esperanzadora carta, enviada a sus amigos, la cual fue después conocida como su “Testamento político”, el presidente Balmaceda cual eximio vidente exponía de esta manera, con la lucidez política e intelectual que acostumbraba, lo siguiente:
Mi vida pública ha concluido. Debo, por lo mismo, a mis amigos y a mis conciudadanos la palabra íntima de mi experiencia de mi convencimiento político.
Mientras subsista en Chile el gobierno parlamentario en el modo y forma en que se le ha querido practicar y tal como lo sostiene la revolución triunfante, no habrá libertad electoral ni organización seria y constante en los partidos, ni paz entre los círculos del Congreso. El triunfo y el sometimiento de los caídos producirán una quietud momentánea; pero antes de mucho renacerán las viejas divisiones, las amarguras y los quebrantos morales para el Jefe del Estado.
Sólo en la organización del Gobierno popular representativo con poderes independientes y responsables y medios fáciles y expeditos para hacer efectiva la responsabilidad, habrá partidos con carácter nacional y derivados de la voluntad de los pueblos, y armonía y respeto entre los poderes fundamentales del Estado.
(…) Si nuestra bandera, encarnación del gobierno del pueblo verdaderamente republicano, ha caído plegada y ensangrentada en los campos de batalla, será levantada de nuevo en tiempo no lejano, y con defensores numerosos y más afortunados que nosotros, flameará un día para honra de las instituciones chilenas y para dicha de mi patria, a la cual he amado sobre todas las cosas de la vida.
Cuando ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de ustedes.
Al terminar de redactar estas elocuentes y profundas palabras, nuestro querido presidente asumía la decisión que había tomado. Estaba listo. Eran cerca de las ocho de la mañana de aquel primaveral 19 de septiembre, el día en que concluía su mandato. Un disparo se oyó en la que era su habitación de refugiado. De un solo tiro en la sien, José Manuel Balmaceda se despedía de Chile. El presidente Balmaceda, el presidente mártir, se había vuelto inmortal…
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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