Autor: Nicolás Llantén[1]

Hay momentos complejos en la historia de los países que requieren de mujeres y hombres a la altura. Y esas circunstancias bien la conocen aquellos que por la realidad a la que se enfrentan en sus cargos de responsabilidad pública, tienen el deber de saber responder. En estos tiempos de pandemia y descrédito generalizado de las figuras políticas y del gobernante bien cabe tener una interesante reflexión.

El presidente Balmaceda, a comienzos de su gobierno, debió enfrentar la grave crisis sanitaria que se provocó producto del arribo del cólera a Chile, en diciembre de 1886. Es necesario comprender y ponerse en el contexto de la precariedad del momento tanto del país, como del Estado, la frágil infraestructura y conocimiento social necesario para poder responder ante tan grave problemática. Mas Balmaceda, reconociendo la necesidad imperiosa de involucrar a la institucionalidad del país ante tan terrible dilema, resuelve, respecto a la situación de los municipios y sus recursos, lo siguiente:

“La reforma de ley de la ley de municipalidades habrá de merecer el acuerdo discreto que exige una ley compleja, cuya aplicación general en toda la República, habida consideración a la desigualdad en el progreso y aún a la cultura de las diversas poblaciones, ha menester la prudencia que conduce al acierto. Realizada la reforma, debería aprobarse inmediatamente la ley que crea las rentas municipales para asegurar a los municipios una vida digna del objeto para que fueron instituidos. Y cuando esta razonable eventualidad se realice, habría llegado el momento de que los municipios enajenen los bienes que no son propiamente de uso o servicio municipal, y apliquen este valor a la amortización de su deuda. El Estado haría suya la deuda restante, y entregaríamos las municipalidades al nuevo régimen libres de zozobras y gravámenes insostenibles”.[2]

Como podemos apreciar, el presidente Balmaceda involucró todos los esfuerzos posibles a su disposición para lograr que las instituciones del Estado tuviesen una respuesta adecuada ante esta problemática. Estudió las falencias del sistema, previó una posible incapacidad de ciertos organismos e inmediatamente procedió con medidas claras y contundentes.

las crisis exigen no solo palabras y “buenas voluntades”, sino también acciones directas, concretas y necesarias. Quizá más que seguir comparando nuestra situación con respecto a otros países, o establecer calificativos bélicos de lo “poderoso e implacable” que puede resultar el problema al que nos enfrentemos, deberíamos mirar hacia dentro, en nuestra historia y aprender que para tomar las mejores decisiones de estado hay que saber escuchar y adaptarse. Balmaceda fue un ejemplo concreto de dicha capacidad. Sus acciones frente a aquel momento aún resuenan en la memoria de lo que una vez Chile pudo ser.

Para saber más:

  • Gaete, J.L. (2016) Las políticas sanitarias del gobierno de Balmaceda. Entre el higienismo y el nuevo orden institucional (1886-1891). En (2016) Balmaceda siglo XXI. Lobos, M, Gaete, J.L. Fundación Balmaceda: Santiago.
  • Illanes, M.A. (1991) En el nombre del pueblo, del Estado y de la ciencia. Historia social de la salud pública, Chile, 1880-1973 (Hacia una Historia Social del siglo XIX) Colectivo de atención primaria: Santiago.
  • Mac-Clure, O. (2012) En los orígenes de las políticas sociales en Chile, Ediciones de la Universidad Alberto Hurtado: Santiago.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

[2] Balmaceda, J.M. Mensaje emitido en sesión conjunta de la Cámara de Diputados y Senadores, 1 de junio de 1887.

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