Autor: Nicolás Llantén[1]
Como hemos visto, la importancia del saber y el conocer es parte integrante de la comprensión tanto de la realidad de contexto en que vivimos, como también de lo que percibimos nosotros mismos como individuos. Si existe algo que realmente permite asumir nuestra condición de ser humano, es precisamente esa capacidad de razonar, lo que según autores como Aristóteles, es lo que efectivamente nos diferencia de los animales. Ahora bien, esa capacidad de ejercer el intelecto debe ir ligada necesariamente con asumir lo que cada uno como persona diferente y libre requiere para formarse tanto apreciaciones de lo que acontece, como también para fundamentar mayormente la comprensión de la realidad en que se vive. Y es principalmente aquel último punto en el cual lo que entendemos como prensa, es decir, aquello que nos entrega información relevante, aparece como ejemplo claro de dicho ejercicio de libertad.
Por eso mismo, tanto a nivel político como intelectual, la capacidad de ejercer el periodismo, los periódicos y la prensa prácticamente se hacen verdaderamente potentes con el surgimiento de las ideas liberales en la Europa de los siglos XVIII-XIX. La consolidación de los procesos político-sociales promovidos por la intelectualidad liberal repercutió totalmente en la proliferación de periódicos y noticieros. Nuestro país, si bien se sustentó desde sus inicios como una república democrática, hacia mediados del siglo XIX vivía una situación bastante diferente. La supuesta insurgencia de ciertos sectores liberales, amenazaba el orden conservador, por lo que fueron suprimidos muchos de los tabloides liberales y opositores al régimen de gobierno. En esos años, un joven José Manuel Balmaceda abogaba con estas palabras con respecto a la libertad de prensa:
Para mí, la palabra escrita es ese rio de que habla el Apocalipsis, que nace del seno de Dios, de esa trinidad formada por la inteligencia, la palabra y el amor del bien, y que corre abundante para fertilizar los valles de esa vasta superficie que se llama el mundo, que penetra en las ciudades y alienta el espíritu público, que perfecciona las instituciones, los derechos y las libertades de ese gran pueblo que se llama la humanidad.
Desviar su curso, es negarse a recibir los dones de la Providencia. Poner diques a su corriente, es encadenar la libertad del pensamiento, de la idea, que elabora la verdad por medio de la discusión, del libre examen; es poner barreras al progreso moral, a la industria, al mejoramiento político, a todo conocimiento humano. Reglamentar la distribución de sus aguas, es decir, reglamentar la libertad de la prensa, es apagar la luz de la inteligencia, es encerrarla para que solo alumbre en la oscuridad de las cárceles; es más aún, porque es consagrar el despotismo que a nombre de la justicia hace de un hombre ilustrado un hombre esclavo, de un inocente un culpable, del escritor público una víctima.
La elocuencia del futuro presidente claramente profundiza los más claros y significativos sustentos del pensamiento político liberal. La prensa, es decir, aquello que nos permite saber de las noticias y acontecimientos de nuestro entorno es fundamental para ejercer esa libertad individual que cada ser humano posee por el hecho de ser persona, ya que cuando no se posee “se apaga la luz de la inteligencia”, como él bien lo indica.
Es interesante ver, como después de más de 100 años, los aspectos de la prensa y su importante difusión en la población parecen más libres que nunca, sin embargo nunca han estado más concentrados que antes. No podemos negar como de influyentes son las portadas que se pueden enunciar a través de los mass media, que finalmente terminan creando realidades y que, por cierto, forman opiniones. El problema es, ¿cumplen debidamente su función? Sabemos que en Chile, actualmente, las grandes corporaciones tanto extranjeras como nacionales manejan más del 90% de lo que se habla desde la televisión a los diarios. Sus dueños muchas veces comparten los sesgos políticos y culturales los cuales dan a la población general como los únicos válidos, violando conscientemente la capacidad de ejercer libremente su derecho de informarse desde diferentes ópticas.
Es momento, quizá, de replantearnos algo que hasta hace un tiempo se nos hacía una obviedad. ¿Somos realmente libres? ¿Nos formamos y comprendemos esa libertad a través de lo que nos informamos? Si lo hacemos probablemente comprendamos que un alegato como el de Balmaceda de hace más de 100 años se mantiene muy presente y que la respuesta a las carencias educativas, económicas y sociales tienen que ver también con la incapacidad de nutrir correctamente ese individuo, el ser humano que todos somos libremente a través del pensamiento y del saber. Quizá, así, finalmente, podríamos salir del embrollo y la paradoja en la que actualmente vivimos. ¿Habrá llegado ya el momento? Solo con el tiempo lo sabremos.
Para saber más:
- Devés, E., Sagredo, R. (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
- Gaete, J.L., Lobos, M., (2016) Balmaceda siglo XXI., Santiago: Fundación Balmaceda.
- Subercaseaux, B., (1997) Historia de las Ideas y de la cultura en Chile, Santiago: Editorial Universitaria.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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