Autor: Nicolás Llantén[1]
La idea de una Academia, es decir, un centro especializado en las investigaciones que competen a las diferentes áreas del conocimiento, es bastante antigua. Sabemos que, hace unos 2500 años, Platón fundaba en Atenas el primer recinto dedicado al saber de la filosofía, la retórica y las ciencias naturales, dando inicio a un proceso que subsistiría en Europa en los siguientes siglos, destacándose los siglos XVI y XIX, donde comienzan a proliferar por muchos lugares del mundo.
Principalmente durante el siglo XIX, producto del avance de las ideas liberales en conjunto con la expansión del capitalismo industrial a gran escala, las grandes potencias occidentales centraron su atención en la proliferación de estos centros con el objeto de aunar y promover la mayor cantidad de progreso y cultura hacia sus ciudadanos. Tener academias y centros de altos estudios significó desde entonces estar de parte del saber, de ser alicientes y “desarrolladores de la civilización a nivel mundial”, como se decía en la época.
Nuestro país como nación joven siempre buscó también reflejar esos avances en su institucionalidad y población, pero la tarea era mucho más ardua, en vista de los escasos niveles de promoción educativa que había desde principios del siglo XIX. Las escuelas y centros de alfabetización comienzan a expandirse por el territorio de Chile, pero seguía faltando dar ese salto de progreso cultural e intelectual que le permitiera a nuestro país tener su lugar dentro del camino hacia el desarrollo. Y es ahí, donde el presidente Balmaceda concentrará también esfuerzos para hacer de Chile un país no solo potente a nivel económico y político, sino también intelectual y cultural. Mencionaba al respecto, en 1889:
Creo que es oportuno, como lo decía en 1887, formar la Universidad con el cuerpo docente y miembros honorarios, y constituir con la parte académica la Academia de Chile. Así la enseñanza, las ciencias, las artes y las letras tendrán su esfera propia de acción, y se evitará una confusión de servicios y de aplicación intelectual que están separados en la práctica de naciones más adelantadas que la nuestra.
Los hechos hablaron por si solos y la promoción y proliferación de institutos, centros de investigación, escuelas y academias de todo tipo buscaron ser fomentados por el gobierno y con fondos estatales, los cuales muchas veces fueron puestos en manos de las instituciones universitarias correspondientes o bien técnicas que podrían administrarlas de mejor manera, tales como la Universidad de Chile, por ejemplo. Algunos de ellos todavía subsisten, como es el caso de la Escuela de Bellas Artes (previamente fundada como Academia de Pintura) o la Academia de Guerra, en 1889, creada con el objetivo de reformar la arcaica estructura institucional que tenía el ejército de la época.
¿Hemos buscado en el último tiempo seguir esa senda de apertura intelectual y profesionalización del conocimiento en nuestro país? A principios de esta década, la creación del Ministerio de las Ciencias, o la proliferación de becas parecían continuar dicha senda, pero el problema es que la inversión en conocimiento y la formación de capital humano por parte del Estado sigue siendo insuficiente. Esperemos que esta situación cambie pronto, no podemos cometer los errores previos por la mezquindad política y económica de algunos. Nuestro país merece un desarrollo, una profundización en el conocimiento, en la ciencia. Si queremos ser desarrollados que esta sea la dirección. Es el progreso intelectual de los pueblos lo que genera la verdadera riqueza.
Para saber más:
- Collier, S., Sater, W. (2018) Historia de Chile, 1808-2017, Madrid: Akal.
- Devés, E., Sagredo, R., (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
- Gaete, J.L., Lobos, M., (2016) Balmaceda siglo XXI., Santiago: Fundación Balmaceda.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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