Autor: Nicolás Llantén[1]

En los momentos de encrucijada que nos toca vivir, un elemento constitutivo de la humanidad, pero sobre todo de la realidad chilena es la preeminencia que está teniendo el surgimiento de nuevas tecnologías y la rápida difusión de las mismas por todo el orbe. Día a día apreciamos como las bases mismas del desarrollo de los pueblos, se supeditan no solo a las posibilidades económicas de cada país, sino también a las bases científicas y humanísticas que generan el sustento de un crecimiento progresivo y constante. Las realidades europeas y, en los últimos años, del sudeste asiático así parecen confirmarlo.

La situación en tiempos de Balmaceda no era muy distinta. La reciente victoria de nuestro país en la Guerra del Pacífico había permitido al Estado acceder a la riqueza promisoria que significaba el salitre a fines del siglo XIX. El debate era complejo, o se debía vivir de las rentas e impuestos obtenidos a su precio de venta en el mercado internacional o bien, invertir en la construcción de una industria capaz de generar un recurso con mayor valor agregado, en donde los capitales chilenos tuviesen primacía.[2] Balmaceda siempre fue partidario de lo segundo, ya que veía en dicha riqueza la posibilidad real de construir las bases económicas y sociales que Chile necesitaba para dar un salto directo al progreso. Ahora bien, y ¿cuáles eran esas bases? El presidente así lo exponía:

“Soy hombre de mi tiempo y me debo a los legítimos anhelos de mis conciudadanos. Sus deseos pueden condensarse en dos palabras: la instrucción del pueblo y el fomento de la industria nacional.

En las sociedades modernas la instrucción pública es el faro que alumbra y marca los derroteros de la civilización del mundo. Imagino aún que es la nave a cuyo bordo van todos los elementos de la ciencia, y que al surcar el océano de la vida deja en pos de si las estelas por donde los pueblos alcanzan la dignidad individual y la libertad del pensamiento y de la conciencia humana”[3].

Suponer que el desarrollo y el progreso de nuestro país depende exclusivamente de las capacidades de renta y endeudamiento de sus habitantes y su gestión, sería no solo impresentable a ojos de Balmaceda, sino también inconcebible. Sin ir más lejos, grandes promotores del pensamiento progresista liberal como Locke, Rousseau o el propio Adam Smith[4] (del que muchos recuerdan solo su peculiar “mano”) planteaban que la propiedad privada y los recursos del ser humano debían sustentarse en la instrucción educativa, el desarrollo de las artes y de la capacidad de desenvolverse en la sociedad. A eso se referían cuando se hablaba de la libertad. No solo de su capacidad de enriquecerse. ¿Debemos seguir pensando que la riqueza que nos llevará al progreso y ser desarrollados, depende de solo de nuestras reservas minerales? Tal parece, que el debate sobre el futuro, tal como se veía en los tiempos de Balmaceda, en nuestro país tiene más de cien años.

Para saber más:

  • Devés, E., Sagredo, R., (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
  • Subercaseaux, B., (1997) Historia de las Ideas y de la cultura en Chile, Santiago: Editorial Universitaria.
  • Sagredo, R., (2014) Historia mínima de Chile, Ciudad de México: Colmex/Turner.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

[2] Véase Ortega, L. (2005) Chile en ruta al capitalismo. Cambio, euforia y depresión (1850-1880) Santiago: Lom/Centro de Investigaciones Diego Barros Arana.

[3] Discurso del Presidente de la República en el almuerzo que los vecinos de Curicó ofrecieron en su honor, La Tribuna, 19 de octubre de 1888. Las cursivas son nuestras

[4] Véase Smith, A., (2005) [1776] La riqueza de las naciones, Madrid: Alianza editorial.

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