Autor: Nicolás Llantén[1]

Como bien sabemos, la idea de la democracia se remonta a los albores de lo que hoy conocemos como la antigua Grecia, específicamente a la Atenas clásica, quiénes durante el siglo V a.C., habían desarrollado este sistema como consecuencia de los cambios sociales y políticos que se vivían en dicha ciudad. Esa noción participativa, y la idea de las mayorías asociadas, es lo que van a rescatar los pensadores liberales, quiénes durante el siglo XVIII, para repensar las formas y los sentidos de los gobiernos, plantean como base de la participación libre y soberana de los ciudadanos, el modelo democrático.

Nuestro país tomó la posta de dichos planteamientos liberales, a su modo, claro está. Si bien Chile hacia 1850 se definía como una República democrática, es bastante sabido que su alcance real y la participación era muy minoritaria, sobre todo por los requisitos que se solicitaban para poder ser parte de las elecciones. Entre 1870 y 1890 se dieron grandes pasos en la apertura real de nuestro país hacia un modelo más democrático de participación, lo cual solo sería por dos factores: la importante campaña desarrollada por intelectuales y partidarios del partido y las ideas liberales, y la otra, por el accionar de dichos partidarios que buscaron llevar a cabo esas disposiciones. Entre los cuales, por supuesto, se encontraba el presidente Balmaceda. Cuando se refería a la democracia, el ciudadano, pero también el Presidente, la entendía mediante palabras como éstas, sobre todo en lo que toca al debate político:

Somos muchos; pero tenemos al frente a nuestros adversarios con elementos organizados en el poder. ¿Qué hacer en presencia de su formidable actitud? Lo que aconseja el buen sentido, aquello que fluye de la esencia de las democracias: unión de esfuerzos para la acción común.

Si tenemos unidad de miras, es más necesario aún que tengamos unidad de acción. La acción, unida por el sentimiento previsor de las desgracias que se ciernen sobre la República, será poderosa, irresistible, si nos anima un mismo propósito, si nos alienta una misma fe. El esfuerzo aislado no tiene vida ni eficacia: sucumbe en la impotencia, como el viajero en un desierto.

Estrechémonos entonces en las filas de los ciudadanos que no dejarán el campo sin luchar y que, vencidos o vencedores, habrán salvado, luchando, la honra de los buenos liberales, la dignidad del país.

 Las palabras de Balmaceda se circunscriben al año 1871, precisamente cuando se buscaba en el país producir dichos cambios políticos que permitieran una mayor apertura en el debate y, por sobre todo, la existencia de una democracia real que se sustentara en una más amplia participación. Balmaceda era parte de dicha visión, y lo dejaba muy en claro, la democracia es la unidad, es la comunidad de ciudadanos que organizados políticamente toman las decisiones que mejor convengan al país. La expresión de esa voluntad democrática de unidad y participación debe ser precisamente acción política, la correcta representación y asumir las voluntades de las mayorías en un proyecto de futuro que nos permita solventar un camino de progreso. El ideal Balmacedista, ese amplio programa de mejoramiento educativo, industrial y económico se sustentaba precisamente en dicha base política: la unidad democrática, o en palabras más simples, lo que sea mejor para todos.

¿Qué nos queda de dicha visión actualmente? Es difícil buscar puntos de comparación, sobre todo para no caer en el anacronismo. Sin embargo, si podemos hacer un claro contrapunto: en la actualidad, lo que se entiende por democracia no es voluntad de mayoría, o al menos un principio de unidad, sino que se asocia a la institucionalidad, a la cáscara, no a la base del sustento de la mayoría. ¿Cómo lo sabemos? Basta con ver los índices que se publican semana a semana en diferentes consultoras… Cada vez menos credibilidad, cada vez menos sentido de país. Es trágico, es terrible… Si, no hay ningún anacronismo, el ejemplo de Balmaceda es claro y señero. Debemos buscar la unidad, los consensos. Esa es la verdadera democracia, la unidad ante el futuro que todos queremos. Ojalá nuestros gobernantes pudieran apreciar un poco más el concepto, para saber entenderlo y claro, poder aplicarlo. Es justo y necesario, ¡ya!

Para saber más:

  • Devés, E., Sagredo, R., (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
  • García-Huidobro, C. (1994) José Manuel Balmaceda. Idealista y realizador. Santiago: Zig-Zag.
  • Touchard, J. (1961) Historia de las Ideas políticas, Madrid: Tecnos.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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