Autor: Nicolás Llantén[1]
El camino para convertirse en el notable primer mandatario que sería, fue arduo, largo y lleno de diferentes caminos. La formación y la educación de José Manuel Balmaceda sin duda fue riquísima. Lo atestiguan tanto sus maestros, como también sus cercanos. Pero también sus trabajos y los diferentes cargos que ocupó, claramente lo atestiguan mucho mejor. Hemos visto que, durante toda su vida, las aptitudes propias y su increíble capacidad lectora, lo fueron derivando, poco a poco hacia la carrera política. La verdad es que Balmaceda tenía intenciones y el pensamiento político bastante definidos ya en sus años de juventud. Y claramente, esos ideales eran encarnados por el Partido Liberal.
Podría pensarse que su afiliación temprana al mundo de los liberales tendría que ver más bien con la figura paterna, quien fuera liberal toda su vida, y de hecho le trajo algunos problemas con los gobiernos de la época. Hasta cierto punto podría validarse, sobre todo en los primeros años. Pero, ya ingresado al campo de la política y de la vida pública, don José Manuel encarnó más que ninguno de sus correligionarios el pensamiento de la libertad. Tanto es así, que siendo a la vez columnista y participante en diversos tabloides de la época, la necesidad de una libertad de prensa, la apertura hacia una verdadera democracia y la inversión estatal en elementos transformadores a nivel económico, permearon cada uno de sus textos. Basta hacer un sencillo análisis de sus publicaciones, entre las décadas de 1860 hasta 1890. Nunca cejó en ese empeño.
De manera que, con la voluntad de cambio que lo caracterizaba y además con la carrera política en auge desde 1870, (lo cual lo llevó por diversas carteras y cargos), el camino estaba claro. Sobre todo, después de ser la mano derecha del presidente Santa María, el máximo honor de la República estaba prácticamente reservado para la figura de don José Manuel Balmaceda. Pero ¿y él que pensó?, ¿creyó que estaba lo suficientemente listo?, ¿Por qué creía que lo elegían a él? La respuesta la define claramente él, en enero de 1886:
Señores: me honráis con la más alta prueba de confianza que en un pueblo libre pueda dispensarse a un ciudadano. Bien veo que no es a mis modestos merecimientos personales a los que debo tan señalado honor, sino a las ideas y anhelos de progreso que juntos profesamos, que juntos hemos servido y que mantendremos como un compromiso de patriotismo, para con nuestros conciudadanos.
En las democracias, el primer puesto de un partido es, sin duda, el puesto de más trabajo. Los primeros funcionarios del Estado son los primeros servidores de la nación. Deberé creer que me honráis tan especialmente, porque mi deseo de servir a la República es igual a vuestro deseo de engrandecerla.
Vosotros y yo, como miembros de un partido, nos debemos a él y a la patria. Cumpliré, señores, la parte de labor que la situación señala a mi honor de partidario y a mi patriotismo de chileno.
El alcance y la percepción del futuro presidente estaba muy claro: él vio en la figura de la presidencia no un poder omnímodo, o una representación de un monarca, mucho menos de un tirano, como lo tildarían después sus enemigos en 1891. Don José Manuel siempre se vio así mismo como un servidor de la patria, y se sintió honrado por ello, no por la dignidad del cargo, sino por la importancia de guiar y alentar el progreso y la voluntad transformadora de un país. Esto lo quiso lograr, esto es lo que entendió él como visión y la importancia de su cargo. Quizá por eso, al llegar la última hora debía tomar aquella terrible decisión. Con él morían los sueños legítimos y el cargo de representación de la nación chilena. Con el morían los ideales de cambio, y de hacer de Chile un país de progreso. De tamaña pérdida, aún en nuestros días no nos recuperamos. Y tal parece, que todavía en el futuro, faltaran muchos más…
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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