I
Don José Manuel Balmaceda es una de las encarnaciones más simpáticas y elevadas del pensamiento de progreso político que, en estos tres últimos años, ha dado origen a los Clubs de la Reforma.
II
Los primeros apóstoles de ese pensamiento salieron principalmente de la escogida juventud con que contaba el antiguo partido nacional o montt-varista.
Partido de resistencia y de lucha, los nacionales se habían distinguido mucho más, durante su posesión del gobierno, por la fuerza de su disciplina que por el carácter vigoroso y bien definido de sus convicciones. Hombres nuevos en gran parte, habían combatido, sin embargo, en favor del principio de conservación, y las tendencias liberales de algunos de entre ellos habían cedido el paso a la represión y al exclusivismo.
Pero el mismo poder de su disciplina les fue más dañoso que útil en los primeros tiempos de la administración actual, y al cabo de seis años de oposición intermitente, se sentían desorientados, sin bríos, devorados por esa consunción política que se llama la abstención. Había, no obstante, en el seno de aquel partido inteligencias ilustradas, propósitos sanos, aspiraciones generosas.
Por fin, muchos de esos buenos elementos se decidieron a romper el yugo de la obediencia pasiva, yendo a buscar nuevos lazos de unión, nuevos centros de actividad para sus opiniones en la reforma liberal, paladina y honradamente profesada. Libertad en las instituciones, probidad en todos los actos de la vida pública: tal fue, en resumen, el programa con que se abrió en Santiago el primer Club de la Reforma: programa bastante preciso para ahuyentar a la mala fe, bastante amplio para dar cabida a todos los matices del liberalismo de buena ley.
III
El señor Balmaceda no fue de los primeros en acudir a ese Club; pero, una vez en él, fue de los primeros en hacerse conocer, estimar y aplaudir.
En aquel teatro de saludable agitación política reveló desde su entrada bellas cualidades de orador, convicciones liberales bien meditadas y bien definidas, sincero amor a la causa del interés público, y decisión para servirla. El brillo de su talento, la rectitud de sus miradas, la nobleza de su carácter le labraron en poco tiempo una envidiable reputación política.
IV
¿De dónde venía el señor Balmaceda?
Por su familia, venia del antiguo partido montt-varista.
Por su educación, del Seminario.
Por sus primitivas ideas de católico, de la intolerancia religiosa.
Desde allí ha llegado hasta la libertad. Ha cruza do esa larga distancia rápidamente, a grandes trancos, a marchas forzadas.
Es preciso convenir en que tal espíritu (perdón por la figura!) tiene buenas piernas.
«La historia,—ha dicho V. Hugo,—se embelesa admirando a Miguel Ney, que de tonelero llegó a mariscal de Francia, y a Murat, que de mozo de cuadra llego a rey. La oscuridad de su punto de partida se les computa como un título más a la estima, y realiza el esplendor del término de su jornada.
«De todas las escalas que van de la oscuridad a la luz, la más meritoria y la más difícil de subir es esta ciertamente: haber nacido en la aristócrata y realista, y llegar a ser demócrata.
«Subir de una zahurda a un palacio es raro y hermoso, si se quiere; subir del error a la verdad es más raro y es más hermoso.»
El señor Balmaceda ha trepado por esa meritoria y áspera escala de que habla el gran poeta; ha hecho la ascensión del error a la verdad.
V
Educado en el seminario conciliar de Santiago, su inteligencia no vio en un principio más que uno de los dos aspectos de las grandes cuestiones religiosas y políticas. La fe allana los montes, según afirman las almas piadosas; pero suele también levantar montañas que ocultan al pensador la mitad del horizonte. Un carácter vehemente y sensible, colocado en tales condiciones, llega pronto al exclusivismo.
Tal debió de suceder al señor Balmaceda, que fue a ofrecer las primicias de su capacidad literaria en los altares de la intolerancia religiosa. Su pluma de escritor comenzó por defender, en un opúsculo, lo que su elocuente palabra debía combatir más tarde en la tribuna política.
Es la misma vieja historia del poderoso Sicambro; es la eterna historia de la marcha del espíritu humano hacía la luz.
—Inconsecuente! tránsfuga! apóstata!— gritan los que se quedan al que parte, los que persisten en el error al que lo abandona. Y ese grito es a veces sincero, es el grito que el sentimiento lanza contra la razón.
En efecto, la lógica del progreso intelectual es la inconsecuencia, y el hombre va sembrando de apostasías el camino de su ilustración. Que un individuo renuncie a una opinión, deserte una causa, no es en sí mismo un hecho vituperable o digno de aplauso. El aplauso como el vituperio no pueden sacar su justicia sino de los móviles que empujan a la deserción. El que deserta arrastrado por una convicción desinteresada y pura, es un desertor glorioso, que va a engrosar las filas del bien. El que lo hace cediendo exclusivamente a un móvil sórdido o pequeño, es un miserable desertor.
VI
Este triste móvil no podía existir para el señor Balmaceda. Hijo de un millonario, se ha formado él mismo, por medio del trabajo, una considerable fortuna independiente de la fortuna paterna.
Bajo este aspecto, se encontraba, al empeñarse en el juego político, en una situación espectable y desembarazada: conservador o liberal, amigo o adversario de la libertad religiosa, tenía franca la entrada en la escena pública, y los triunfos como los contrastes que recogiese en ella, dependían tan solo de su inteligencia y de su carácter. Su conveniencia y su ambición personales estaban completamente desinteresadas en la elección de su bandera política.
Eligió la bandera liberal porque la libertad le tocó sin duda el espíritu, como la fe cristiana al viajero del camino de Damasco. Como ese viajero también, ha sido un ardoroso apóstol de su convicción.
Asegúrase que en su primera juventud estuvo a punto de abrazar el estado eclesiástico. Por nuestra parte, creemos que habría sido ultramontano, si no llega a ser liberal.
Hay en su inteligencia bastante fuerza de lógica en su carácter bastante impetuosidad, en su alma bastante pasión para no permitirle quedarse a medio camino. Tomada una dirección, se pone en marcha, y puesto en marcha, llega al término de la jornada.
VII
Su historia política es breve, es la historia de un joven de treinta años, que apenas cuenta tres de vida pública. Resúmese toda entera en el desarrollo de su convicción liberal. Cuantos lean estas páginas, han podido seguirla paso a paso en los meetings y conferencias del Club de la Reforma de Santiago, En cada meeting, en cada conferencia, la libertad recibía de él un nuevo homenaje de elocuencia y de adhesión inteligente, sincera, profunda.
El señor Balmaceda ha formado su reputación política en aquel Club, al mismo tiempo que daba a aquel Club lustre y fomento con su palabra y sus esfuerzos perseverantes. Orador asiduo en las conferencias del año pasado, las de este año han alcanzado, bajo su actual presidencia de la asociación, nuevos horizontes, nueva vida.
Hijo de los Clubs de la Reforma, hace honor a sus padres, y aunque tales sociedades políticas no hubieran tenido otro resultado que poner en escena y en actividad inteligencias como la del señor Balmaceda, ya habrían hecho un servicio precioso a nuestro progreso político.
VIII
En las últimas elecciones, los votos casi unánimes del departamento de Carelmapu llamaron al señor Balmaceda a tomar asiento en el Congreso Constituyente de 1870.
Hasta ahora, ha usado con sobriedad de la palabra desde su banco de diputado. Sus discursos permiten predecir que cosechará en la tribuna parlamentaria tan hermosos laureles como los recogidos en la conferencia y en el meeting, si modifica algunas condiciones de su elocuencia.
Su palabra incurre premeditadamente en ciertas frases sonoras y rotundas, en ciertas amplificaciones grandilocuentes, en ciertas pompas declamatorias. Esa elocución suele ser de excelente efecto en el meeting; pero, en el parlamento, daña a la precisión de la idea, a la claridad de la argumentación. Arropando demasiado el pensamiento, lo quita esbeltez y soltura. La oratoria parlamentaria se siente más libre y llega más pronto a su objeto vestida de ligeras muselinas, que no de terciopelo y cachemira.
El señor Balmaceda puede disminuir sin peligro el lujo de sus vestiduras de su elocuencia, bastante hermosa por sí misma. Su dialéctica es firme, la disposición de sus discursos generalmente feliz, su punto de vista elevado.
A esas dotes junta una voz clara, insinuante, persuasiva, rica de entonaciones. Hay energía en su apostura, y la sangre que falta a su semblante pálido y rubio, está bien suplida por los nervios, esa sangre del alma. Su voz y su fisonomía se agitan con frecuencia a impulsos de la pasión, y cuando la pasión se adormece, recobran cierta dulce gravedad que le es habitual, y en que se refleja la moderación y afabilidad de su carácter.
Por lo demás, el señor Balmaceda principia su carrera pública. Si ha tenido ya tiempo de hacer se estimar y aplaudir, no ha tenido todavía tiempo de cometer faltas.
Deseamos y esperamos que cometa las menos posibles, ya que en política es imposible dejar de cometerlas.
DOMINGO ARTEAGA ALEMPARTE