Autor: Nicolás Llantén[1]
Podríamos suponer, que producto de sus fuertes vínculos familiares e historia tradicional chilena, José Manuel Balmaceda siempre estuvo más cerca de aquellos preceptos que buscaban mantener cierta estructura de poder y de dominio social en nuestro país. Desde niño, perteneciendo a una familia de notable abolengo, además de una ferviente actividad religiosa, como hemos visto, se podría suponer, claramente, que el destino de un hombre como él estaría regido por los preceptos de los conservadores. No podríamos estar más equivocados.
Balmaceda era un hombre muy culto y leído. Un sujeto que acostumbraba a leer literatura, poesía, historia y, por sobre todo, mucho de política. Desde joven, pero sobre todo desde que abandona el Seminario Conciliar, Balmaceda se ve imbuido en las lecturas de los grandes clásicos liberales de la época. Y claro, como gran lector y excelente orador, los leía en su lengua. Rousseau, Montesquieu, Lamartine, Víctor Hugo, entre otros, fueron autores que poco a poco fueron encauzando sus pensamientos políticos y, cuando ya pudo desempeñarse directamente en atribuciones públicas de mayor peso en los gobiernos, siempre tuvo esos ideales por delante.
Muchas veces entró en contradicciones, sobre todo por su ferviente pasado religioso, cuestión que algunos de sus propios correligionarios, como Vicuña Mackenna, siempre le recalcaron. Más Balmaceda siempre tuvo muy claro que en cuestiones de política y el porvenir de Chile, sus convicciones estaban claras: el liberalismo y sus reformas eran lo que finalmente permitiría hacer de Chile una nación de primer orden. Sueño que, desde hacía muchos años, compartía con otros grandes jóvenes liberales, en dónde destacaron dos de sus grandes amigos, como fueron Eusebio Lillo y Julio Bañados.
Esta voluntad de cambio y el ideal liberal se manifiesta cuando don José Manuel hubo de desempeñarse como ministro de Estado, pero, sobre todo, pudo notarse cuando alcanzó la primera magistratura de nuestro país en 1886. Son incontables en unas pocas frases la cantidad de obras, propuestas y reformas que trató de llevar adelante el presidente Balmaceda. Obras que incluso hoy se pueden admirar, como el famosísimo viaducto férreo del rio Malleco, obra que ha sido tomada desde esa época como el símbolo de la búsqueda del progreso y el desarrollo en nuestro país. Esa voluntad de cambio y su ánimo reformista sin duda que permeó su mandato, y fue también, en cierto modo, lo que finalmente le llevó la brutal oposición que finalmente logró derrocarlo en 1891.
Dicha percepción la podemos ver claramente en lo que se conoce como su testamento político, escrito profético y sumamente lúcido con respecto a lo que sería la realidad política chilena después de su gobierno. En él, se puede leer lo siguiente:
Este es el destino de Chile y ojalá que las crueles experiencias del pasado y los sacrificios del presente induzcan la adopción de las reformas que hagan fructuosa la organización del nuevo Gobierno, seria y estable la constitución de los partidos políticos, libre e independiente la vida y el funcionamiento de los poderes públicos y sosegada y activa la elaboración común del progreso de la República.
No hay que desesperar de la causa que hemos sostenido ni del porvenir.
El presidente sabía que a pesar de los infames intentos arteros de estos alzados, las reformas y el cambio necesario en Chile estaba plantado, y era necesario. Así de lúcido y de fuerte fue José Manuel Balmaceda, el hombre que en su propia vida encarnó la reforma y el cambio como ideal de gobierno.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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