Autor: Nicolás Llantén[1]

Don José Manuel Balmaceda, como ya vimos, siempre tuvo una enorme afición por las letras y las artes. Desde muy pequeño sus maestros destacaban las dotes de estudiantes que demostraba. Siempre fue un alumno ejemplar, en los diferentes lugares donde estuvo destacó siempre por su capacidad de expresión escrita. Sin embargo, podríamos pensar que dicha aptitud no necesariamente podría vincularse con un dominio por la oratoria. Sin duda, estaríamos muy equivocados. La mayoría de sus textos y escritos, independiente de sus años como periodista, escritor o bien como funcionario del gobierno, siempre estuvieron orientados a conmover al auditorio, lo cual aconteció muchas veces.

Quiénes primero pudieron disfrutar de la fortaleza retórica del futuro presidente, sin duda fueron sus correligionarios del partido liberal. En encendidos debates, con otros de los integrantes exponía y planteaba sus ideales con mucha firmeza y convicción. Uno de sus amigos más cercanos, como fue Gonzalo Bulnes, presentaba estas características con respecto a su amigo, en forma póstuma:

“Excesivo en la palabra, a veces algo difuso en la emisión del pensamiento, tenía toques de hombre de talento y de hombre de Estado. Sentía el choque de un sentimiento nacional con la emoción de un alma ardiente y de un gran patriota; y cuando se le veía accionar, pasándose los dedos entre las guedejas de su abundante cabellera rubia y deslizándose de sus labios su palabra fluida y elocuente, entonces el orador crecía y el auditorio se sentía atraído y no pocas veces dominado”.

Claramente, la figura más bien tranquila y a hasta un poco “perdida en sí misma”, que podría tener don José Manuel desde fuera, claramente se transfiguraba notoriamente al enfrentarse a la audiencia. Sin duda que esta característica fue uno de los grandes apoyos que le permitieron irse consolidando como una de las figuras más consideradas dentro del partido, pero también le fue cimentando poco a poco su carrera política en los gobiernos, lo cual finalmente lo llevaría a ejercer la primera magistratura en 1886.

Es precisamente de este período donde José Manuel Balmaceda, destacó como un gran y excelente orador. No sólo por su ya sabida capacidad, sino también porque le permitió hacer llevar sus ideales de progreso y modernización al país de una manera más fluida y directa. El presidente Balmaceda siempre expuso las mayores cualidades a lo que se refería cuando estaba frente a los ciudadanos, siempre buscaba que sus palabras resonaran no solo en los oídos, sino que también conmovieran los corazones de aquellos que notaban que para que Chile despertase de su letargo, las transformaciones económicas, técnicas y sobre todo sociales eran necesarias para llevarlas a cabo. Y era el presidente, quién a través de su oratoria las exponía y organizaba, con un ferviente simbolismo, pero también con un accionar que no dejaba duda alguna.

En su hora más trágica, producto de las circunstancias que generaron los alzados en 1891, el presidente reflejaba lo siguiente:

He querido el bien y he gobernado sin odios ni pasiones. Es cierto que el vendaval ha levantado las olas del océano político y arrojado hasta mi frente la espuma forjada por los choques de la tempestad. Pero he mantenido el puesto del deber, y he visto pasar la borrasca sin que conmueva los cimientos sobre los cuales descansa la honra y la energía de los mandatarios de Chile.

La elocuencia y la acción. la retórica y la fortaleza. Aspectos que muchas veces nos parecen contradictorios, eran aquellos que más permeaban en la figura del presidente mártir.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Puedes descargar este texto, en un documento en formato PDF, haciendo clic aquí