Autor: Nicolás Llantén[1]
Como habíamos visto previamente, el tiempo de los entendimientos y la búsqueda de soluciones al problema entre el presidente y el Congreso había concluido con el alzamiento del segundo, en un movimiento revolucionario, que se proclamó Constitucional y Nacional por medio de una junta de gobierno, cuya intención más concreta y directa era consolidar las posiciones de riqueza material en el norte, para así luego avanzar hacia el sur y derrocar al “Dictador” como ya se llamaba al presidente por parte de los alzados.
Las noticias no eran para nada alentadoras. Los alzados iban ganando poco a poco terreno en el norte, teniendo ya para mediados de agosto de 1891, sus divisiones listas para desembarcar en el centro del país, buscando cortar el centro de poder del gobierno de Balmaceda establecido entre el binomio de las ciudades de Valparaíso y Santiago. Ante tal situación, las acciones del gobierno con el objetivo de frenar por todos medios las intentonas golpistas, recrudecen la represión en los sectores populares, se producen enrolamientos y levas forzosas, además de producirse escenas como las de los fusilamientos sumarios de Lo Cañas, en donde 84 jóvenes de alta sociedad y sus acompañantes que son descubiertos intentando destruir infraestructura estratégica, son pasados por las armas sin piedad, haciendo buen uso los revolucionarios de dicha acción, lo que enardeció mucho más los ánimos.
Durante mediados de mes los rebeldes desembarcan, avanzan hacia el sur en dirección a Quintero, con el objetivo de forzar el río Aconcagua, intentando burlar las fuerzas del gobierno instaladas en la costa con el objetivo de cortar su avance. Son seguidos por el mar, con parte de la flota sublevada, con el objetivo de cubrir las espaldas de sus compañeros en caso de ataque de los Balmacedistas. A medio día se toparon de frente con las tropas de Barbosa y Alcérreca. Daba inicio la batalla. El soldado Víctor J. Arellano, relata según sus vivencias el combate como sigue:
A eso de las tres de la tarde, arreció el fuego de una manera notable, por ambas líneas. ¡El estampido de la artillería y fusilería, llegaba a ensordecer a los guerreros, y el silbido de los proyectiles semejaba a rugido del viento al anunciar tremenda tempestad! El campo de batalla estaba cubierto de cadáveres…
En una extensión de seis cuadras, o más, era fácil tropezar a cada paso con algún heroico infante o denodado artillero que yacía en tierra con el tronco despedazado, las, piernas o los brazos rotos, ¡y el pecho acribillado a balazos! …
Los avances de los rebeldes por intentar desalojar a los defensores del gobierno en las alturas que dominaban la desembocadura del Aconcagua eran detenidos una y otra vez por las descargas de soldados como Víctor Arellano. Sin embargo, el avance congresista es insostenible en parte por el adecuado aprovisionamiento, pero sobre todo el apoyo de los cañones de la escuadra, que hacían trizas las débiles líneas implementadas por el gobierno. Ya después de las 5 de la tarde, las fuerzas del gobierno se batían en retirada. El mismo soldado así lo narra:
Tentamos pues, el último supremo recurso que nos quedaba para reunirnos al punto donde las cornetas nos llamaban: hacer fuego en retirada con las pocas municiones que nos quedaban, ¡en medio de la lluvia de balas de los revolucionarios! ¡Cuántos nobles compañeros cayeron ahí, víctima del aleve aplomo de los millonarios. De nuestro grupo habían salvado dieciocho, ¡algunos de ellos heridos!
¡Parecía mentira tamaño desastre! Y sin embargo muchos lo preveíamos antes de entrar en combate.
La derrota era clara. A pesar de las diligentes medidas de aprovisionamiento de fuerzas y sobre todo el encarecido esfuerzo que el presidente entregó, con el objeto de frenar el avance de los rebeldes, dichos apremios habían sido en vano. El enfrentamiento había sido enorme, como también el número de combatientes. Así lo estima el parte emitido por el coronel E. del Canto, jefe de las refuerzas rebeldes:
…Combatieron en nuestra contra el Buín, el 3°, el 4°, el 7°, el 9°, el 10° el Traiguén, el Temuco, el Victoria, el Mulchén, Carabineros y Artillería. Número de enemigos se calcula en ocho mil como mínimum, colocados en posiciones, al parecer, inexpugnables. Mandaban la línea, los generales Barbosa y Alcérreca y coroneles Pinto Agüero, Lopetegui, Zelaya, Camus, García Videla y Arellano.
Colmo, 21 de Agosto de 1891, a las 8 P. M.-
Coronel Canto.
El presidente no se iba a dejar amedrentar. Al enterarse de la noticia decide reagrupar las pocas fuerzas que quedan, resguardar Valparaíso y tomar el próximo tren hacia la costa con el objetivo de ponerse al frente de sus tropas. Muchas cosas pueden decirse, pero estaba claro que a Balmaceda agallas no le faltaban. No importaba el resultado, la causa aún permanece. Habrá que volver a luchar otro día.
Para saber más:
- Rodríguez, M., E., (1899) Últimos días de la administración Balmaceda Santiago: Imprenta y librería del centro editorial La Prensa
- Arellano, V.J. (1892) Batallas de Concón y Placilla. Reminiscencias de un ex – terceriano. Buenos Aires, Sin editorial.
- Olivos, B.J., (1892) La matanza de lo Cañas. Santiago: Imprenta Barcelona.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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