Autor: Nicolás Llantén[1]

Uno de los momentos más trágicos y, sin duda, comunes en la vida de la humanidad, es el término de la misma, es decir, la muerte. En múltiples culturas, el tema se puede tomar y comprender en diferentes sentidos. Para algunos es el fin de todo, para otros un cambio de estado físico, o bien, principalmente para el mundo occidental de tradición cristiana, el comienzo de la eterna cercanía de Dios. Lo que, si tienen en consideración todas y cada una de estas perspectivas, es que siempre es un momento solemne, de profunda reflexión y, sobre todo, de gran trascendencia para quienes tienen que sobrellevarla.

Para don José Manuel, la muerte no le era algo ajeno, y no menos doloroso. Al casarse con doña Emilia y esperar sus primeros hijos, dos de ellos fallecieron antes siquiera de llegar al año. El golpe fue terrible, como para cualquier pareja joven, sin embargo, Balmaceda siempre supo asumir la complejidad del momento, plantarse firme en sus convicciones y, sobre todo, buscar regocijo y tranquilidad en el profundo vinculo que tenía con Dios. Siempre, que pudo esas enseñanzas primigenias de la cercanía divina, que desde muy pequeño se le presentaron, afloraban frente a los momentos más terribles.

Posteriormente y siendo ya presidente, Pedro, el niño que había podido sobrellevar la infancia, a pesar de su complejo estado de salud, también fallecía muy joven. Ni siquiera había pasado de los veinte años el brillante joven, lo cual sin duda golpeó fuertemente el ánimo del presidente. En una carta a su hermano Elías, le expone lo siguiente:

“Sea Dios bendecido e inclinémonos en presencia de sus secretos designios. ¡Pobrecito de mi corazón! no me dio penas, ni trajo amarguras a mi hogar, ni molestó a nadie y lo poco que vivió fue para dignificarse y dejar una huella que ha despertado las más vivas simpatías en toda la sociedad de Santiago”

Sin duda el presidente estaba dolido, destrozado ¿por qué tanta muerte?, ¿Por qué esa pérdida tan brutal? Imaginamos que sin duda se lo cuestionaba constantemente, y para encontrar respuestas siempre se refugiaba en la soledad, en la comunicación directa con Dios. Esa era la manera en la cual lograba calmar sus profundos pesares.

Sin duda, la cosa se pondría mucho peor. El desencadenamiento de la guerra civil en 1891 generó una cruenta lucha con las consecuencias que todos sabemos. Más muertos hubo en Concón y Placilla que en la mayoría de las grandes batallas en la Guerra del Pacífico. El saldo era terrible, y por lo mismo el grado de odiosidad desatado por parte de los vencedores, sin duda turbó completamente su espíritu. Claramente, el grado de destrucción y muerte que se percutó en esos meses fue inconmensurable, y por lo mismo el presidente, seguramente pensó: ¿qué tanto tenía el valor de los ideales y el progreso, sino existía su correlación clara con la vida humana?, ¿Valían tantas muertes de chilenos todo este modelo de cambio impulsado por la presidencia? Entre sus últimas palabras, encontramos la siguiente reflexión:

Estoy fatalmente entregado a la arbitrariedad o a la benevolencia de mis enemigos, ya que no imperan la Constitución y las leyes. Pero ustedes saben que soy incapaz de implorar favor, ni siquiera benevolencia de hombres a quienes desestimo por sus ambiciones y falta de civismo.

Tal es la situación del momento en que escribo.

Mi vida pública ha concluido. Debo, por lo mismo, a mis amigos y a mis conciudadanos la palabra íntima de mi experiencia de mi convencimiento político.

La situación era muy clara. El crisol del nuevo Chile que pudo formarse se había perdido por la mezquindad de algunos intereses, y en ellos se habían colocado las vidas de miles de chilenos como simples marionetas de esos velados y pérfidos intereses. El presidente lo sabía y lo dejaba claro. Por eso, al ver la muerte ante sus ojos prefirió la suya, para así seguir siendo testigo de algo que él jamás quiso explotar. El resultado lo sabemos. El presidente Balmaceda pasó a la historia como un mártir de la política, testigo de la masacre de tantos chilenos que fueron sometidos a los intereses de unos pocos. ¿Cuántos muertos, después, seguirían costando los ideales de cambio en nuestro querido Chile? Es, al parecer, una historia que no termina de contarse, porque hasta aún ahora, sigue presentándose. Esperemos que, en algún momento, por fin la calma y la vida primen por sobre cualquier interés particular.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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