Autor: Nicolás Llantén[1]

Entre todas aquellas características negativas que pueden ser consideradas propias de la humanidad, las que tienen que ver con la mentira, faltar a la palabra, o bien, desdeñar la confianza, sin duda la traición es uno de los elementos que más reflejan cada uno de los puntos descritos.

La traición es un fenómeno que podemos rastrear prácticamente en toda la historia, incluyendo el ámbito bíblico (como Caín y Abel, o Judas, por ejemplo). En nuestro país dicho fenómeno no es ajeno, y la más recordada de todas es, sin ninguna duda, la muerte de Manuel Rodríguez. Lo que, si tienen en común todas y cada una de estas manifestaciones, es que siempre son vistas como algo aborrecible, y por tanto siempre son recordadas como elementos que deben enseñar a no volver a hacerlo. Son acciones memorables que, precisamente por sus consecuencias y efectos, son aleccionadoramente éticas, principalmente para las nuevas generaciones.

La elección de don José Manuel no fue fácil. En la coalición liberal, que se venía consolidando desde la asunción de José Joaquín Pérez a la Moneda, producto de las grandes reformas liberales que se venían gestando, (sobre todo las llamadas “leyes laicas”), parecía que esta unión se tambaleaba. Las disputas por diferentes facciones y, sobre todo, por lo problemático de la relación Estado e Iglesia, estaban bastante presentes, por lo que el candidato Balmaceda tuvo que ser muy hábil a la hora de conformar, primero su propuesta presidencial y luego su gabinete. Ambas situaciones fueron complejas, en donde la relación entre las disposiciones que necesitaba el ejecutivo y las propuestas de la coalición de partidos no siempre fue buena. De hecho, el mismo día de la llegada de don José Manuel a la Moneda, como presidente electo, se comenta que se produjo el siguiente diálogo, según un cronista de la época:

Pero, ¿por qué lloras, madre? – preguntó al fin Balmaceda con el corazón conmovido sin poder tampoco impedir que las lágrimas inundaran su rostro. Y entonces la noble dama secándose los ojos y mirando a su hijo fijamente a la cara, le dirigió estas palabras que él nunca habría de olvidar y que fueron una verdadera profecía: «Lloro, hijo mío, porque los triunfos me dan miedo. Pienso en Cristo. Entraba en Jerusalén el Domingo de (Ramos) aclamado hasta el delirio por el pueblo judío, y el Viernes esos mismos judíos lo crucificaban.

Al parecer, las palabras de doña Encarnación fueron proféticas… como sabemos, la relación entre ambos era muy estrecha y cercana, y uno de sus principales vínculos estaba asociado a la religiosidad. La realidad demostró que la tensión fue aumentando poco a poco hasta que los que, finalmente lo habían apoyado en sus primeros días, sobre todo los colaboradores del partido e incluso algunos amigos de la infancia le fueron restando su apoyo. Al ponerse el Congreso del lado de los magnates del salitre en 1890, don José Manuel responde buscando apoyo entre sus más cercanos y tratando de salir del entuerto por medio de facultades excesivas. Con este y muchos otros elementos en el caldero, la revuelta inició, como bien sabemos con toda virulencia en 1891 y se saldó con el asesinato masivo de miles de chilenos.

En su último escrito, conocido popularmente como su “Testamento Político”, menciona lo siguiente:

Entre los más violentos perseguidores del día, figuran políticos de diversos partidos y a los cuales les colmé de honores, exalté y serví con entusiasmo. No me sorprende esta inconsecuencia ni la inconstancia de los hombres.

Y agrega:

(…) Todos los fundadores de la independencia sudamericana murieron en los calabozos, en los cadalsos, o fueron asesinados, o sucumbieron en la proscripción y el destierro. Estas han sido las guerras civiles en las antiguas y modernas democracias.

Como vemos, la lucidez con que el presidente comprendía la política y la realidad chilena, era elocuente también al verlo en sus últimos momentos. Tenía claro que la mezquindad de los intereses de algunos, la soberbia y los placeres del dinero eran más que una causa suficiente para pedir la cabeza del primer mandatario. Evidentemente, no solo sentía que le habían fallado a él como persona (que ya era deplorable), sino también al país, a la figura de la representación del Estado que era el presidente. Claramente, las consecuencias de este deleznable hecho eran mucho más que el cambio de una “cabeza” por otra; se estaban jugando el devenir de Chile. Y don José Manuel lo entendió muy claro, se sintió traicionado sí, pero era peor la ignominia de traicionar el alma nacional. Y así quedó en la historia, como otro de los tantos relatos de traiciones.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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