Autor: Nicolás Llantén[1]
Como hemos podido apreciar, José Manuel Balmaceda era un hombre más bien sencillo, “flemático” dirían los más entendidos. Gustaba de placeres que parecen bastante pulcros, hasta insignificantes en comparación con lo que podría conseguir debido a su estatus económico y social. Y claramente, estos gustos no necesariamente tendrían que visualizar la supuesta ostentación, lujo ni mucho menos con la “megalomanía”, como generalmente se le acusó por parte de sus detractores, en pleno alzamiento de 1891.
Se puede pensar, que dicha percepción del presidente, provendría de su profundo cristianismo, el cual guío fuertemente sus pasos desde pequeño, lo cual notaba cuando lo recordamos siendo alumno del Seminario Conciliar. Pero, creemos que eso es ser un poco simplista, principalmente porque si así fuera dicha aseveración, sin duda que al momento de “convertirse” en uno de los liberales más acérrimos de la época, dicha postura habría mutado, lo cual no podría ser menos verdadero. Ya sabemos que todos sus amigos y enemigos, desde sus años de juventud destacaban principalmente dos cosas: sus dotes literario-oratorias, y su retraimiento personal.
Don José Manuel desde muy joven siempre sintió mucha cercanía por el buen vestir, y el “estar a la moda”, como se diría en nuestros días. Pero, no con el objetivo de destacar, como si realizaban otros personajes de la época, sino más bien con el sentido de sentirse parte, aceptado entre sus congéneres. Como si supiera que los asuntos de la moda, el físico, el sexo o el alimento fuesen meras banalidades. Sabemos que gustaba de usar su levita gris y el bigote ancho, como era común en la época, principalmente porque se cuenta que físicamente le asentaba muy bien, como contara doña Emilia, su futura esposa, quién lo conoció con dichas características.
En la bebida y en la comida siempre fue moderado. Al menos consigo mismo. No gustaba de comer en exceso, pero sí de tener cosas que saborear. Los banquetes, fiestas y cualquier tipo de entretenimiento eran importante para don José Manuel por el hecho de compartir, y sobre todo, por la conversación. En uno de los banquetes que le ofrecieron sus amigos liberales al ser proclamado candidato a presidente, comentan que expresaba lo siguiente:
Deseo conservar en beneficio de mis conciudadanos, la situación de común confianza que me ha creado el voto de los chilenos.
Si bien en el vestir y la comida no era muy aficionado, si lo era del vivir bien. El gusto por la costa, y los lugares abiertos, cercanos al mar, como era la ciudad de Viña del Mar en ese tiempo, era su refugio predilecto. Años después, siendo ya presidente, así lo comentaba un joven Rubén Darío:
Nuestra figura en cuestión es uno de los acaudalados capitalistas del país. Hace poco tuve el gusto de conocer Viña del Mar, preciosa población de chalets, quintas y palacios de hadas; el Versalles chileno, como lo llaman. Allí está la preciosa propiedad del señor Balmaceda, digna de un lord inglés o de un visir oriental. Hay que advertir que el dueño, muy honradamente ha ganado sus pesos con trabajo y constancia.
Como hemos podido ver, José Manuel Balmaceda, hombre que provenía de una de las familias de mayor abolengo en el país, no era ni presuntuoso ni mucho menos “tirano”, como burdamente señalarían sus opositores. Era más bien un tipo sobrio, que gustaba de cosas muy específicas, pero sin ser extremo. Disfrutaba más de una conversación que de una cena, de un buen libro que de ganar en miles en los negocios. Era sin ninguna duda, un tipo excepcional, que mereció (y merece) todo nuestro respeto y aprecio, al dejar en tan alto sitial la dignidad presidencial.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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