Autor: Nicolás Llantén[1]

Si bien se sabe bastante poco sobre las actitudes y la forma de ser del presidente Balmaceda, al menos en lo que respecta a su representación física y el desplante con que se presentaba ha estado bastante documentado. Es muy común, ver en diferentes lugares de nuestro país, pero sobre todo en los libros de texto de Historia de los niños chilenos, la figura de este personaje. Con el ceño adusto y sereno, que se tercia la banda presidencial con gesto solemne y firme. Ahora bien, ¿esto siempre fue así?

Sabemos que el niño José Manuel, debió ser bastante inquieto y de buena salud, en parte por sus vivencias en la casa familiar, en Bucalemu. Ya mayor siempre fue bastante sobrio, principalmente en lo que respecta a la comida y la bebida. Sobre todo, a la segunda, cuestión que constantemente reclamaban sus amigos, al no seguir del todo sus ánimos juerguistas. Por ser un hombre más bien retraído en su vida privada, los placeres más pedestres se le presentaban bastante poco atrayentes.

Lo que si podríamos mencionar es que gustaba estar a la moda y parecer atrayente tanto por su aspecto como también por sus formas. Los modales y la buena conversación eran sumamente importantes en el Chile de la época, y don José Manuel era muy bien avalado por ambas circunstancias. Se dice que fue su clásico bigote grueso, así como la elegancia de su vestir lo que luego atrajo a quién sería su futura esposa, además, por supuesto, de la gran y elegante manera de expresarse con que contaba.

Don José Manuel siempre se vio a sí mismo como un hombre vigoroso, fuerte y apasionado. Esto lo llevaba a estar constantemente atrapado en múltiples cosas. Era un hombre romántico del siglo XIX, como bien dijera Rubén Darío, quién así lo describía:

(…) un personaje de rara potencia intelectual, hombre moderno, literato y orador distinguido. Su voz es vibradora y dominante; su figura llena de distinción; la cabeza erguida, adornada par una poblada melena, el cuerpo delgado e imponente, su trato irreprochable.

Sin embargo, dicha situación le estaría pesando constantemente. Ya en pleno mandato, y comprendiendo la compleja situación que debía sortear como jefe de Estado, de esta manera le contestaba a su hermano en una carta de 1889, con respecto a lo que pasaba en él al llevar sobre sus hombros la dirección del Gobierno de Chile:

La labor es inmensa, pero la salud está firme, i lo que es más raro me estoi poniendo grueso, condición física incompatible con la raza Balmaceda.

Sin duda que el paso de los años se estaría afincando en su figura. Hombre resuelto, de múltiples aptitudes, con gran sentido de la justicia, el progreso y la piedad religiosa, puso en cada uno de los retos que tomó el mayor ahínco y esfuerzo que pudo. Y al ser electo presidente, encarnó en su propia vida el ideal por el que luchó en sus años de gobierno: el hacer de Chile un país moderno, rico y respetado por sus vecinos.

Claramente muchos de sus anhelos no pudieron concretarse, principalmente por la mirada cortoplacista de muchos de sus coetáneos. Es un costo que tuvo que pagar con su propia vida. Sin embargo, el ideal y los sueños de un mejor país siguen vivos en todos aquellos que ven en el presidente mártir, el modelo de representación que debe ser un presidente de la República. Fue pues, José Manuel Balmaceda, aquel hombre sobrio, reformador, valiente, con convicciones y por, sobre todo, aquél que amó a Chile como ningún otro.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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