Autor: Nicolás Llantén[1]

Don José Manuel Balmaceda, como hemos podido ir comprendiendo, era un hombre con muchas aristas y complejidades, en parte producto de su propia personalidad, pero también producto de las realidades contextuales que le tocó vivir.

Habiéndose casado en 1865, la necesidad de la llegada de los hijos era una cuestión fundamental en la época, sobre todo por la realidad social y religiosa de la época, en donde la perspectiva católica y su visión sobre la familia era predominante. Y no debemos olvidar que la presencia de dicha religión en la vida de don José Manuel (a pesar de la problemática política que esto conllevó) siempre estuvo muy presente.

Los primeros hijos fallecieron muy jóvenes, en parte por cuestiones propias de los niños, pero también por la complejidad que existía en la época al nacer. Recordemos que estos momentos la medicina moderna aún estaba “en pañales”, lo cual repercutía también, muchas veces, en complicaciones a la madre. Esto explica también el porqué de la visión tan entrañable, afectuosa y presente con ellos. El caso que claramente más recordamos, tiene que ver con Pedro.

Como ya vimos, Pedro Balmaceda, o mejor conocido como “A. de Gilbert” por sus colegas literatos, murió joven. Al parecer, siendo muy niño, tuvo un accidente con una de sus nodrizas, lo que le trajo secuelas de por vida. Don José Manuel, siempre muy al pendiente de él, como también de sus hermanos, procuró los mayores cuidados hacia su persona, y también que no le faltase nada. El grado de cuidados y la cercanía que tuvo hacia él nos lo recuerda Rubén Darío, quién en sus memorias describe lo siguiente:

“Entrando por la puerta principal al Palacio de la Moneda se subía una escalera, a la izquierda -al pie de la cual se paseaba un granadero, el arma al brazo- se iba rectamente pasando a la puerta del despacho del Presidente de la República, se torcía a la derecha y se encontraba, entre varias, tras una crujía de piezas, a unos cinco pasos, una puerta con vidrios deslutrados. Era el gabinete de Pedro”.

Es sin duda muy notable el suponer, que a pesar de las múltiples obligaciones en las que podría incurrir la autoridad del cargo presidencial, y con todas las complicaciones que le trajo al presidente por su ferviente y constante actividad modernizadora, la importancia del amor filial y del cariño hacia sus hijos siempre estaba sumamente patente. Cuando en 1889, finalmente aconteció lo inevitable, en una carta a su hermano Elías, el presidente así se expresaba por la muerte de su hijo:

“Sea Dios bendecido e inclinémonos en presencia de sus secretos designios. ¡Pobrecito de mi corazón! no me dio penas, ni trajo amarguras a mi hogar, ni molestó a nadie y lo poco que vivió fue para dignificarse y dejar una huella que ha despertado las más vivas simpatías en toda la sociedad de Santiago”.

Al morir Pedro, la ciudad se cubrió del más solemne luto y el propio presidente, que encabezó las exequias, no solo rememoró la figura de su hijo en la oratoria, sino también en la acción, recopilando y publicando muchos de los textos y trabajos de su hijo para que pasaran a la posteridad.

Ya en sus últimos momentos, y consumada la derrota del Gobierno, el presidente ya exponiéndose directamente frente a la posteridad indicaba como el padre cariñoso pero firme que era:

Procedo tranquilamente y con la satisfacción de que mi sacrificio salvará el bienestar futuro de mis hijos.

(…) La banda que me obsequió mi madre con la estrella de brillantes, dala a mi hija Elisa. La que tiene Silva a mi hijo Enrique.

(…) Dios los protegerá. El tiempo pasa veloz. Antes de mucho nos reuniremos todos en un mundo mejor que el que dejo en horas de odios y de venganzas que cubro con el olvido y mi “sacrificio”

José Manuel Balmaceda, el hombre de la oratoria y los grandes cambios siendo presidente, era, como hemos visto, un padre amoroso, con voz de autoridad y, por supuesto, estaba siempre pendiente de la responsabilidad que tenía hacia sus hijos.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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