Autor: Nicolás Llantén[1]

En particular, como hemos visto, la figura personal de don José Manuel Balmaceda claramente reviste de muchas variables que hemos ido viendo por medio de estas reflexiones. Hay una que, por parecer evidente, no hemos del todo visualizado aún, pero sin duda que trasciende muchas de sus virtudes personales. Nos referimos a su capacidad de trabajo.

Esta capacidad de trabajar y cumplir con los cometidos que se le encargan podemos verlo de dos maneras. Por una parte, por la pulcritud y entrega con la que se enfrascaba en sus actividades, y la otra (que es correspondiente con la primera) por el nivel de dificultades en los diversos campos que se desempeñó. No hemos de perder el enfoque con dicha afirmación. Sabemos convenientemente que la posibilidad de ser avezado en múltiples campos producto de su educación, así como también de sus vínculos sociales, le permitió siempre estar al frente de diversas situaciones que, si no se resolvían adecuadamente, podrían costarle muchas cosas. Por lo mismo, la necesidad de cumplir y ser casi obsesivo en el cumplimiento de lo que consideraba sus obligaciones, estaba forjado en su carácter con la máxima claridad.

Sabemos que, al momento de fallecer su padre, tuvo que controlar los negocios familiares. Dichos bienes, los cuales ya eran lo suficientemente amplios desde su juventud, al momento de su fallecimiento, gracias a la debida administración, así como también al tesón puesto en su esfuerzo por mantenerlos, sin duda habían logrado expandirse. Y no podríamos suponer que se sirviera de su posición política para gestar dichas circunstancias económicas. Personajes desde distintos espectros de la sociedad chilena de la época, desde Rubén Darío hasta sus enemigos revolucionarios, siempre remarcaron que la fortuna y la riqueza de los Balmaceda, había sido obtenida previo a cualquier posicionamiento político.

Con la llegada de don José Manuel al sillón presidencial, su empeño por el trabajo no hubo más que confirmarse. Su amplísimo programa político, que involucraba aspectos desde la salubridad hasta el manejo económico así lo detallan. Es muy claro en dichos principios el mismo presidente, puesto que comprende que el cargo de Jefe de Estado que le ha sido encomendado necesariamente debe ajustarse a su perfil de trabajo constante. No hay otra manera. Al respecto, mencionaba lo siguiente:

Las pasiones políticas engendran sentimientos que devoran y los partidos personales no permanecen: se destrozan y pasan. Los gobiernos que hacen el bien son superiores a las vicisitudes humanas. Las obras buenas son eternas. Sólo la virtud y el trabajo levantan los caracteres y engrandecen a los pueblos.

Esa persistencia en el trabajo, que se plasmó siempre en su voluntad transformadora del país, fue sin duda uno de los sellos que mayormente marcó su administración presidencial. Su ideal de esfuerzo, trabajo e impulso siempre lo puso como ejemplo en cuanto a la valoración de su pueblo, de su país. Y también, cuando arribaron los oscuros tiempos de 1891, nunca perdió el norte y puso todo su empeño en sortear dichas vicisitudes. A pesar de no poder lograrlo, entre sus últimas palabras, encontramos lo siguiente:

He querido el bien y he gobernado sin odios ni pasiones. Es cierto que el vendaval ha levantado las olas del océano político y arrojado hasta mi frente la espuma forjada por los choques de la tempestad. Pero he mantenido el puesto del deber, y he visto pasar la borrasca sin que conmueva los cimientos sobre los cuales descansa la honra y la energía de los mandatarios de Chile.

Esta era la dignidad del presidente. Un hombre de trabajo, que en su voluntad de cambio forjó un destino personal con el reto que había tomado en 1886. Y el cual no dejaría de cumplir, hasta el final de su mandato. Un compromiso de trabajo que no olvidó nunca.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Puedes descargar este texto, en un documento en formato PDF, haciendo clic aquí