Autor: Nicolás Llantén[1]

Es bien conocido, aunque no del todo debidamente comprendido, que José Manuel Balmaceda, desde muy pequeño tuvo una fuerte vinculación con lo religioso. Se piensa que dicho acercamiento tuvo que ver principalmente con su madre, quien se lo inculcó desde los primeros años. Luego, como vimos, siendo parte del Colegio de los Padres Franceses, decidió por un momento tomar los votos sacerdotales, estando incluso unos años en el Seminario Conciliar, el cual estaba destinado a la formación del clero en Chile.

Sin embargo, la supuesta vocación no prosperó. Al parecer, el problema del futuro presidente tuvo que ver más con las aspiraciones y propuestas políticas emanadas de la propia Iglesia, que el vínculo con Dios mismo. Tanto es así, que don José Manuel nunca dejó ni de asistir a la misa, ni de comprometerse con los sacramentos católicos. De hecho, se sabe que siempre que podía se daba tiempo para rezar o bien para buscar en la soledad una buena orientación divina.

Cuando inicia su vida pública, poco antes del fallecimiento de su padre, tiene muy claro que las aspiraciones políticas e ideales liberales, tienen poco o muy poco de cercano a su potente religiosidad. Mas, a pesar de la supuesta contradicción, destaca haciendo siempre la diferencia entre la visión ideal y meramente religiosa de su unión a Dios, y las aspiraciones político-culturales que la Iglesia, principalmente en Chile tenía como elementos que podrían evitar un mayor progreso y desarrollo en nuestro país. Claramente, esto lo podemos visualizar, por ejemplo, en el ácido debate que se planteó en la década de 1860-1870 con respecto a los privilegios políticos y económicos con los que contaba la Iglesia dentro del Estado, en dónde un joven José Manuel Balmaceda, sobre todo en su faceta de periodista liberal denunció una y otra vez, con mayor vehemencia lo impropio e inoportuno de dicho vínculo. El Estado debía ser una institución puramente laica.

Cuando sus pretensiones políticas fueron ascendiendo, y los cargos en el gobierno tuvieron mayor prestigio, el ministro Balmaceda fue el mayor impulsor de las reformas liberales que, finalmente, durante el gobierno del presidente Santa María, (siendo él su ministro del Interior), vieron la luz conocidas como las Leyes Laicas. Este evento fue la primera piedra de separación de un proceso que concluiría en el debate constitucional de 1925, y Balmaceda claramente ahí estuvo presente.

Pero, como vemos, esta faceta tenía que ver más con las propias aspiraciones liberales de don José Manuel, que con un rompimiento total con la divinidad. Siendo ya presidente, dicha realidad se mantuvo, e incluso se sabe también que contó entre sus cercanos a personajes muy cercanos a la curia, que fueron muy amigos suyos, como era el obispo Florencio Fontecilla, a pesar de su postura política contraria.

Ya en pleno desarrollo de los acontecimientos revolucionarios de 1891, y en vista de que este sería su último año de mandato constitucional, el presidente Balmaceda en su alocución a las cámaras, expresaba estas palabras con respecto, a lo que vendría y sus profundas creencias religiosas:

Descanso tranquilo en el favor de Dios, que preside los destinos de las naciones y que ve distintamente el fondo de nuestras conciencias. Él se ha de servir alumbrar el patriotismo de los chilenos y trazar a vuestra sagacidad y sabiduría los senderos que conducen al afianzamiento del orden y a la solución final de las desgracias y de la contienda que hoy dividen a la familia chilena.

De esta forma, podemos ver como el presidente, a pesar de sus potentes convicciones liberales y democráticas, siempre tuvo un espacio para Dios en su corazón, y al parecer dicha compañía la llevó siempre hasta sus últimos días.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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