Autor: Nicolás Llantén[1]
Durante el transformador siglo XIX, uno de los rasgos culturales y humanistas más prominentes del período es lo que se conoce como el “idealismo romántico”. Independiente del autor o académico al que recurramos, básicamente podemos caracterizar dicha figura en tres aspectos muy definidos: una sensibilidad clara, un fuerte sentido de la libertad y, sobre todo, una alta valoración nacional. Sin duda que cada uno de estos preceptos, en mayor o menor medida, pueden ser asumidos por la personalidad y porte de nuestro querido personaje.
José Manuel Balmaceda bebió y se formó del romanticismo de su época, sin ninguna duda. Fue uno de los tantos chilenos de la intelectualidad que gustaban de dichos caminos como vehículos de inspiración en la vida. Es por ello también, que puede entenderse su ferviente devoción política hacia el partido liberal y sus simpatizantes, en donde la voluntad transformadora era parte de su mismo ser como tal. Los Bilbao, Vicuña Mackenna, Amunátegui, entre otros, estaban fuertemente influenciados también por los mismos ideales. Pero, hay un rasgo que hace a don José Manuel distinto a los mencionados prohombres. Dicho idealismo de cambio no solo tiene un sentido puramente literario o humanístico, para Balmaceda es una concepción de vida, es un voluntarismo personal. Es, sin lugar a duda, un trazado fijado en su espíritu que llevaría a cuestas hasta sus últimos días.
Si bien ese ideal romántico podemos rastrearlo en variados escritos, he querido centrarme en dos que, sin duda reflejan de manera más clara este sentir de don José Manuel. Ambos, por cierto, corresponden ya a sus años de mandato. El primero, es un fragmento del discurso de inauguración del viaducto del Malleco, sin lugar a duda, una de las obras más emblemáticas de su gobierno. En él se puede leer lo siguiente:
Tengo fe profunda en mis conciudadanos, a los cuales he consagrado todos mis esfuerzos para engrandecerlos engrandeciendo a la República. Al inaugurar este monumento del saber y del trabajo, os doy a todos el abrazo del patriotismo. El pabellón chileno es sagrado, y a su sombra podemos todos unirnos en íntima efusión, para bendecir a la Providencia que nos bendice, y para congratularnos por las conquistas del progreso y del ingenio humano
Es muy claro ese vínculo de progreso, amor por la patria y voluntad de cambio en estas palabras. Resuenan casi como el triunfo del máximo anhelo del presidente que se volvió carne en esa pequeña muestra del moderno ferrocarril. Eran años portentosos. El siguiente fragmento, tiene que ver más con una reflexión final, cuando ya concluidos los sangrientos hechos de 1891, al parecer ese ideal y sueño de cambio parecían que finalmente serían borrados del horizonte:
Este es el destino de Chile y ojalá que las crueles experiencias del pasado y los sacrificios del presente, induzcan a la adopción de las reformas que hagan fructuosa la organización del nuevo Gobierno, seria y estable la constitución de los partidos políticos, libre e independiente la vida y el funcionamiento de los poderes públicos y sosegada y activa la elaboración común del progreso de la República.
No hay que desesperar de la causa que hemos sostenido ni del porvenir. Si nuestra bandera, encarnación del Gobierno del pueblo verdaderamente republicano, ha caído plegada y ensangrentada en los campos de batalla, será levantada de nuevo en tiempo no lejano, y con defensores numerosos y más afortunados que nosotros, flameará un día para honra de las instituciones chilenas para dicha de mi patria, a la cual he amado sobre todas las cosas de la vida.
La fortaleza de estas palabras, así como también la convicción de sus propios ideales resuenan una y otra vez en todos aquellos chilenos que tienen al presidente mártir como figura a seguir. Pero, a veces, se nos olvida que la dimensión personal de dichas palabras, nos reflejan a un hombre con sentir y una valoración por lo que creía como un espacio de realidad política concreta. Quizá esa es una de las mayores valoraciones del presidente Balmaceda, aquel hombre romántico: no solo su ideario y teoría, sino también la evidencia de que aquel sueño puede ser posible. Y quizá por eso, también, es que sigue estando vigente en todos y cada uno de aquellos que creemos en un mejor país.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Puedes descargar este texto, en un documento en formato PDF, haciendo clic aquí