Autor: Nicolás Llantén[1]

La palabra suicidio es, en su significado más profundo, un acto de los más complejos asumidos por el ser humano. Independiente de la carga moral con la cual está revestido, principalmente desde el mundo cristiano, el cometer suicidio es una decisión última, brutal e irremediable.

Dependiendo de las culturas, la valoración de este acto ha sido muy diversa. Por dar dos ejemplos, sabemos qué en oriente, los samuráis, aquellos valientes guerreros japoneses al ser derrotados, debían cometer el seppuku, es decir, un suicidio ritual, el cual, se aplicaba producto de la vergüenza de la derrota. Por otra parte, en la antigua Roma, Lucrecia una joven romana, luego de ser violada por Sexto Tarquinio, comete suicidio, para no vivir en la deshonra. Como consecuencia de este brutal suceso, se cuenta en la tradición de Tito Livio, que fue tal la conmoción en la sociedad de la época, que el pueblo entero se levantó en armas y revocó el mandato de los reyes, dando paso a lo que conocemos como la República romana. Porque claro, el suicidio no es un hecho simple, algo que pase por alto la sociedad. Al ser un acto tan rotundo, deja siempre consecuencias muy severas. Sobre todo, cuando quién comete el acto, corresponde a una figura pública, o como en nuestro caso, la figura de la primera autoridad de la nación.

Hemos de suponer, que precisamente por aquella tan enorme aprensión que tenía la Iglesia Católica con el lamentable acto del suicidio, es que don José Manuel, como hombre religioso tuviera las mismas reticencias. Balmaceda no era un hombre que buscase la muerte, ni mucho menos fuese sombrío en sus pensamientos. Era un sujeto que disfrutaba de la vida, que sabía de la importancia del cambio, del avance y, sobre todo, que el tamaño de la carga que pesaba sobre sus hombros como jefe de Estado, era tan firme e importante, que no podía si quiera pasar por su mente la idea de quitarse la vida, ya que eso significaría dejar de representar la voluntad de la ciudadanía chilena.

Pero la situación fue modificándose. Las angustias y los desaires constantes en el gobierno, sobre todo a nivel de la conformación de los gabinetes ministeriales fueron poco a poco minando sus fuerzas. Si bien el país progresaba, había más vías férreas, escuelas, caminos, planes de vacunación, puertos, etc. Parecía que no era suficiente, y la mezquindad de los intereses de unos cuantos, que se encontraban en cargos de poder, buscaba frenar toda esa rueda de avance. Máxime, si con el mal ejercicio de la prensa y las constantes intrigas realizadas en el Congreso para socavar sus proyectos, hacían que la rabia, pero también la melancolía y la soledad se implantara en su alma. Ya podía confiar en muy pocos, y la realidad es que, si triunfaban los enemigos, el país lo pesaría al futuro, como él también pudo visualizar.

Es por ello, también, que ya sabiendo el resultado de Concón y Placilla, una pena enorme lo abruma y la depresión se hace mucho más notoria. Entiende, quizá, que, por sus sueños de reforma y cambio, han perecido miles de chilenos. ¿Valen la vida de tantos, los cambios y el progreso del país? Parece que constantemente pasa esta imagen por su cabeza. Quizá por ello, en una de sus últimas cartas, a su amigo Eusebio Lillo, le explica de esta manera, la causal de su decisión:

Creo que a todos persiguen porque yo he sido el jefe, y me odian o me temen. Creen que sacrificando a todos mis amigos me sacrifican a mí.

Ha llegado el momento de que me sacrifique por todos los que me sirvieron y que hoy son perseguidos, principalmente por mí. Solo así puedo yo aliviar sus desgracias.

Estaba muy patente en su comprensión. Con la lucidez que lo caracteriza, entiende que los alzados no calmarán sus vejámenes mientras “la cabeza”, el principal gestor e incitador de estos hechos -según piensan ellos, claro- no sea pasado por las armas de sus captores. Y don José Manuel lo asume, retiene el aliento y toma la terrible decisión.

Prepara el lugar, se despide de todos, muy amablemente, no sin antes dejar en claro por qué la supuesta “liberación” de los rebeldes, no es más que el grito desaforado de un grupo con unos intereses de clase y de bolsillos llenos, muy evidentes. Los trata como lo que son, y les avecina lo que vendrá. Nuevamente esa lucidez, esa claridad hasta en el último momento.

Y así desarrajó ese tiro, y quizá en el último segundo pensó que todo se consumaba. Y todo pasaba a la historia. El presidente Balmaceda, se convertía en mártir de la política de Chile. Y se volvía en un camino a seguir de los que seguimos creyendo en la posibilidad de un país mejor, hasta el día de hoy.

[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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