Autor: Nicolás Llantén[1]
Desde la incorporación de lo que actualmente denominamos el territorio de Chile al sistema económico y político europeo, la situación de dominio y absoluta disposición a ser un agente promotor de insumos y recursos a la economía occidental, prácticamente se ha mantenido inalterable en los últimos 400 años. Si bien han existido variaciones en cuanto al recurso exportado y también al sistema económico con cual se contextualiza el intercambio, el sentido de ser una economía primaria exportadora es una constante en nuestra historia.
Sin embargo, han existido coyunturas específicas en las cuales esta situación de dependencia se ha buscado revertir, en donde la figura del presidente surge como uno de los más grandes próceres en lo que respecta a este tipo de enfoques. Hacia fines del siglo XIX la existencia de yacimientos de salitre en nuestro suelo se había convertido en la nueva panacea de la élite económica chilena que buscaba hacerse del recurso para hacerse de sus rentas. No podían ver (o quizá no querían), que la situación de un recurso como este, que se presentaba como esencial en el mundo de la época, tanto por sus propiedades agrícolas como bélicas, podía permitir a nuestro país destinar esos recursos a crear una riqueza que fuera potenciadora de un verdadero camino de desarrollo y progreso constante, como lo representaba (y aún lo representa, porque no decirlo) una economía especializada en la tecnificación y la industria. Así lo exponía el presidente en su visita hacia la región de Tarapacá:
La próxima enajenación de una parte de la propiedad salitrera del Estado abrirá nuevos horizontes al capital chileno, si se modifican las condiciones en que gira, y si se corrigen las preocupaciones que lo retraen. La aplicación del capital chileno en aquella industria producirá los beneficios de la explotación por nosotros de nuestra propia riqueza, y la regularidad de la producción sin los peligros de un posible monopolio.
Ha llegado el momento de hacer una declaración a la faz de la República entera. El monopolio industrial del salitre no puede ser empresa del Estado, cuya misión fundamental es solo garantizar la propiedad y la libertad. Tampoco debe ser obra de particulares, ya sean estos nacionales o extranjeros, porque no aceptaremos jamás la tiranía económica de muchos ni de pocos. El Estado habrá de conservar siempre la propiedad salitrera suficiente para resguardar con su influencia la producción y su venta, y frustrar en toda eventualidad la dictadura industrial en Tarapacá.
Es interesante destacar dos cuestiones no menores: por una parte, el presidente Balmaceda comprende que lo importante que se obtiene al tener una riqueza como el salitre no es solo el hecho de poder venderlo y vivir de su renta, sino también el hecho de que esa riqueza pueda reinvertirse en el desarrollo técnico y científico que permita a Chile posicionarse como una economía industrializada. Por otra, entiende también que es imposible que el Estado intervenga directamente en su administración y explotación, pero si debe tener presente que el recurso debe estar protegido por el mismo, que debe ser explotado en su mayoría por capitales chilenos y, por cierto promover la libre competencia del mismo, evitando caer en monopolios.
La situación actual con respecto al litio es muy similar en lo que podría compararse con el salitre en su tiempo. Recurso fundamental para la industria eléctrica que viene, producto de sus cualidades minerales, sin duda que con los cambios en la técnica y la industria que se está desarrollando ante la actual crisis ambiental, va a ser considerado un recurso estratégico en el corto plazo. ¿Cuál es la solución que ha establecido nuestra actual administración gubernamental? Volver a la política rentista, dejar que los extranjeros exploten los yacimientos y que el estado solo provea de un escaso royalty… pero estamos aún a tiempo de reorientar el camino, y entender que la visión de Balmaceda con respecto a los recursos y los beneficios que traen a los países deben siempre ser vistas como un medio de progreso, no como un fin en sí mismo de enriquecimiento. Ojalá que estas premisas y anhelos, ya previstos por Balmaceda con respecto al salitre puedan ser también aplicados a la nueva riqueza de Chile: el litio.
Para saber más:
- Bethell, L (1992) Historia de América Latina. América del Sur, c.1870-1930. Barcelona: Crítica.
- Devés, E., Sagredo, R., (1992) Discursos de José Manuel Balmaceda. Iconografía. Santiago: Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
- Sagredo, R., (2001) La gira del presidente Balmaceda al norte. Santiago: Lom/ Centro de investigaciones Diego Barros Arana.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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