Don José Manuel Balmaceda, candidato de la Convención Liberal, fue elegido sin lucha en las elecciones presidenciales de 1886, uno de los hombres más interesantes de la historia política chilena. De claro talento, profunda cultura y fácil oratoria, unía a su figura romántica un acabado concepto de su dignidad, que lo llevó a defender con celo su prerrogativa presidencial.

Con la revolución que lo depuso, termina en Chile el régimen de república liberal, para dar paso a la república parlamentaria, en un malentendido y peor aplicado parlamentarismo.

El Presidente Balmaceda había actuado descollantemente en las administraciones de Pinto y Santa María. En 1879, como representante de Chile ante los Gobiernos de Brasil y Argentina manda oportuno aviso de la alianza secreta, ofensiva y defensiva, de Perú y Bolivia, y consigue la promesa de neutralidad del Presidente argentino Avellaneda.

Como primer mandatario aplica un programa de Gobierno de la más alta clarividencia de estadista. Quería que las entradas del salitre fueran consideradas ingresos extraordinarios, que se aplicaran exclusivamente a la construcción de obras extraordinarias, que sirvieran para promover el progreso intelectual y material de la República. Con una visión clarísima del porvenir, anunció que algún día el progreso de la ciencia reemplazaría esta riqueza que nos había deparado la naturaleza. Quiso capitalizar esa renta, que intuyó transitoria, en acervo permanente de riqueza.

Su ideario económico y social lo comunica a lo largo del país, poniéndose en contacto directo con los ciudadanos. En las breves palabras siguientes la expone en La Serena:

«Procuro que la riqueza fiscal se aplique a la construcción de liceos y escuelas y establecimientos de aplicación de todo género, que mejoren la capacidad intelectual de Chile. No cesaré en emprender la construcción de vías férreas, caminos, puentes, muelles, y puertos que faciliten la producción, que estimulen el trabajo, que alienten a los débiles y que aumenten la savia por donde circula la vitalidad de la nación. Ilustrar al pueblo y enriquecerlo, después de haber asegurado sus libertades civiles y políticas, es la obra del momento y bien podríamos decir que es la confirmación anticipada de la grandeza de Chile».

Que hermoso programa, hoy mismo, de aplicación de los proyectos que hace tan dispensables nuestra realidad, y tiene el mérito de haber intuido su remedio setenta años antes de las actuales formulaciones de propósitos en convenios internacionales inspirados en las mismas ideas de bien público, sin que entonces existiera la premura de las reivindicaciones económicas y sociales. Cuanto habríamos avanzado, de haberse cumplido el ideario del ilustre estadista.

Poniendo en ejecución sus ideas, emprendió la más vasta construcción de obras públicas. Los innumerables caminos, ferrocarriles, puentes, escuelas, cárceles, edificios públicos de todo orden que ejecutó, prestan hoy servicio eficiente en la satisfacción de las necesidades económicas y sociales de la República.

Crea el Instituto Pedagógico y contrata en Alemania a un grupo de eminentes profesores, que organizan en forma científica nuestros métodos educacionales. Introduce el sistema concéntrico en la educación secundaria.