AZOCÁR[1]
Hoy se cumplen cien años de la muerte del Presidente José Manuel Balmaceda y del fin de una guerra civil donde murieron diez mil de nuestros compatriotas.
Nos reunimos a conmemorar este hecho y no lo hacemos como una evasión romántica hacia el pasado, sino como un diálogo a partir de las preguntas que hoy le hacemos a la historia, sin las cuales ella no sería una memoria viva, sino una ruina inerte.
Este diálogo, separado por cien años, está sin embargo unido por la continuidad histórica de las instituciones que representan la soberanía popular.
La fisonomía de nuestro país y del mundo ha cambiado profundamente en este siglo. En muchos sentidos, el Presidente Balmaceda se sentiría un extranjero entre nosotros, no de la geografía, sino del tiempo. Y, sin embargo, reconocería a su patria en sus instituciones y en su voluntad de construir un destino común para todos sus ciudadanos.
Los hechos que hoy conmemoramos son dolorosos. Están marcados por la muerte fratricida, que es el recuerdo más duro en la memoria de un pueblo.
La Guerra Civil de 1891 fue el episodio más violento de la historia de Chile luego de nuestra constitución como República, esta República nuestra que tempranamente logró establecer un orden institucional en cierto modo ejemplar en el continente.
Dicho orden se afirmó en una idea de Nación, concebida como un pasado y un destino común y expresada en un proyecto de futuro nacional para el desarrollo y prosperidad del pueblo chileno.
La institución de la Presidencia de la República, entendida más allá de quien la detente, encarna ese sentido de unidad nacional. Así lo entendió José Manuel Balmaceda.
Aun cuando su gobierno terminó en una guerra civil y no logró concitar esa unidad, el Presidente Balmaceda concretó esa idea en una visión de Nación que lo hizo un apasionado promotor de reformas y programas trascendentales de progreso que perduran hasta hoy.
Este concepto mantiene toda su vigencia. El Presidente de la República funda su legitimidad en la representatividad popular y, aunque es elegido por la mayoría, al asumir el mando representa al conjunto de la Nación. Su responsabilidad primordial es, por lo tanto, conciliar la diversidad natural de la sociedad con la unidad de la patria común para llevar a cabo una tarea nacional.
Por eso hoy, al evocar la figura de Balmaceda, quiero detenerme en su visión de país, manifestada en notables realizaciones destina das a engrandecer a Chile y dar beneficios a todos sus habitantes.
Su fecunda obra de gobernante estuvo centrada en grandes tareas nacionales: la educación de los jóvenes en todos sus niveles, intentando acercarla a los desafíos económicos de una progresiva industrialización; la gigantesca inversión en obras públicas -ferrocarriles, caminos, puentes, puertos- que permitieron hacer a la economía chilena más moderna; la reforma administrativa en pos de la eficiencia del Estado y de la descentralización, al mismo tiempo que la fundación de numerosas ciudades a lo largo del país, afirmando la unidad territorial.
Balmaceda comprendió con certeza los desafíos de largo plazo que debía enfrentar el país. La historia le dio la razón en su clarividente intuición acerca de lo que había que hacer para lograr un efectivo desarrollo nacional.
En 1889 afirmaba, con visionaria comprensión de estadista:
Debemos invertir el excedente de la renta sobre los gastos en obras reproductivas, para que en el momento que el salitre se agote, o se menoscabe su importancia por descubrimientos naturales o los progresos de la ciencia, hayamos formado la industria nacional y creado con ella y los ferrocarriles del Estado, la base de nuevas rentas y de una positiva grandeza.
Comprendió, asimismo, el rol necesario del Estado para promover el desarrollo económico incorporando a vastos sectores a las nuevas tareas productivas. Por ello su política de infraestructura se complementaba con su política de educación.
Cien años más tarde, una visión similar de país nos inspira, al empeñarnos en crear las condiciones y emprender las obras necesarias para impulsar el crecimiento con equidad que permita a Chile integrar a todos sus habitantes en la tarea común del progreso y la justicia.
Resulta dramático y paradojal que, habiendo el Presidente Balmaceda alcanzado tan importantes logros, no haya podido evitar un conflicto que desangró a la sociedad chilena.
Balmaceda, el joven brillante que desde el Club de la Reforma soñó junto a su generación con un Chile libre y próspero, el diplomático que trabajó con eficiencia por la paz en nuestras fronteras, el parlamentario elocuente que defendió sus postulados y las prerrogativas del Congreso, el Presidente que impulsó políticas y realizaciones nacionales de largo plazo, tuvo un final trágico. A pesar de sus extraordinarias condiciones personales y de su encendida vocación patriótica, no pudo sobreponerse al conflicto de poderes que venía gestándose en la sociedad chilena y que durante su gobierno culminó en la guerra fratricida.
Al cabo de cien años, ¿qué lección podemos extraer de esa tragedia? Yo diría que, más allá de las razones que esgrimieron unos y otros para sostener sus antagónicas interpretaciones constitucionales, de los intereses, concepciones y valores que dividieron a parlamentaristas y presidencialistas, el empecinamiento en que cayeron ambos sectores de la clase política chilena estuvo ligado apasiones, afanes de poder y dogmatismos ideológicos.
La experiencia demuestra que esta clase de fenómenos conspira contra la racionalidad, el realismo y el superior sentido de Nación que son indispensables para construir sobre bases sólidas el bienestar y el progreso de los pueblos. Las más grandes causas, los más nobles ideales, sólo pueden alcanzarse plenamente si se buscan por medios que no sean incompatibles con la indispensable unidad de la patria. La historia demuestra que, a la larga, nada justifica recurrir a la violencia, la que siempre resulta más destructora que fecunda.
La forma de parlamentarismo que se impuso por las armas no resultó mejor que el régimen depuesto, ni menos fue capaz de justificar, en su experiencia de más de tres decenios, el gran costo de odios, violencia y muerte de la guerra civil.
Así debe haberlo comprendido la propia sociedad chilena des garrada por la tragedia, puesto que, a pesar de los odios y pasiones, superando legítimos rencores, pudo pronto, a sólo tres años de la contienda, comenzar a curar sus heridas mediante la incorporación de aquellos que habían sido derrotados.
El propio Presidente, que ofrendó su vida en un acto de consecuencia, recibió los honores dignos de su alto cargo. Chile no olvidó la tragedia, sino que supo asumirla para que la unidad de la Nación fuera más grande que los rencores del pasado.
La guerra civil pasó, con su cortejo de odios, sufrimientos y muertes. Lo que queda, en cambio, como legado imperecedero del Presidente Balmaceda, es su gran obra de estadista: sus escuelas, sus ferrocarriles, las ciudades que fundó, el progreso patrio que impulsó con visionaria tenacidad.
Este diálogo con el pasado nos confirma el deber de lograr una sociedad en la cual la diversidad sea signo de riqueza, pero nunca de exclusión; una sociedad en la que nuestras diferencias no habiten el espacio de la intolerancia, sino del respeto; en la cual los derechos de cada hombre, anteriores al Estado, no puedan ser jamás conculcados por éste.
La unidad nacional es una tarea permanente que compromete nuestro cuidado de cada día. Unidad en la diversidad y en la justicia, para dar a cada ciudadano un lugar digno en la sociedad.
Recogiendo las lecciones de la historia, entiendo que la autoridad de todo gobernante debe estar al servicio de la unidad nacional, siempre necesaria para responder a los desafíos de los tiempos.
Este es el destino de Chile -escribió el Presidente Balmaceda momentos antes de morir- y ojalá las crueles experiencias del pasado y los sacrificios del presente induzcan la adopción de las reformas que hagan fructuosa la organización del gobierno, seria y estable la constitución de los partidos políticos, libre e independiente la vida y el funcionamiento de los poderes públicos y sosegada y activa la elaboración del progreso de la República.
Estas palabras conservan plena vigencia.
Aun cuando el futuro le deparaba a la República nuevos dolores y nuevos encuentros, cien años después podemos decir que la patria ha podido superar sus conflictos y honrar a sus muertos, porque el amor a sus hijos ha sido más fuerte y porque el país, en su enorme mayoría, quiere trabajar en paz para hacer de Chile una sociedad cada vez más justa, próspera y fraterna.
Muchas gracias.
[1] Discurso pronunciado por parte del presidente de la República señor Patricio Aylwin, el día 19 de septiembre del año 1991, cuyo texto se encuentra contenido en el libro “La época de Balmaceda” (1992) del Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, disponible entre las páginas N°9-12.
Dicho documento fue revisado a partir del texto contenido en el libro del señor Patricio Aylwin titulado “La transición chilena: Discursos escogidos marzo 1990-1992” (1992) disponible entre las páginas N°108-111.