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Una deuda de justicia y gratitud aún está pendiente con la memoria de José Manuel Balmaceda, a pesar de que existe una ley que autoriza la erección de un monumento en homenaje a sus virtudes ciudadanas y a los eminentes servicios que prestara a la nación.

Se ha eternizado, últimamente, en el bronce a sus contemporáneos don Diego Barros Arana y don Creciente Errazuriz; y es oportuno dar cumplimiento a aquella ley que resultara la imagen majestuosa de uno de los más grandes Presidentes que han regido los destinos de la patria.

Educado en la austeridad del trabajo y del estudio, aunque disfrutaba de los halagos de la fortuna y de las comodidades, desde temprana juventud se consagra a servir nobles ideas de reforma política y social. Imponiéndose por sus profundas y sinceras convicciones, por su intenso patriotismo y elocuencia fervorosa que conmovía y dominaba a las multitudes.

Ingresado al congreso en 1871, se acrecienta su prestigio por sus actividades parlamentarias, por la atención y estudio que demostró en los debates de los más altos intereses públicos que se desarrollaron en tan célebre asamblea de nuestra vida republicana por las materias que en él se dilucidaron como por la calidad intelectual y moral de los hombres que formaron esas Cámaras Legislativas.

En los principios de la guerra del 79, sirve con todo éxito una delicada y difícil misión diplomática en Buenos Aires , a fin de conseguir la neutralidad de esta nación en la contienda Armada de tres países del Pacífico, y que eran de la más vital importancia para nuestra causa y el desarrollo de los acontecimientos.

Al iniciarse el Gobierno de Santa María es nombrado Ministro de Relaciones Exteriores, y como tal, desbarata el Congreso Internacional Americano de Panamá, que iba a ser hostil a nuestros intereses en aquella guerra, y los planes de Estados Unidos que perseguían intervenir en los tratados de paz para oponerse a las compensaciones territoriales que exigía Chile en indemnización de los gastos y sacrificios de vida que le demandara esa guerra cruenta y esforzada para nuestras Armas. Asciende a Ministro del Interior,  cargo desde el cual patrocina importantes reformas administrativas y leyes trascendentales que vienen a modificar nuestra legislación.

Sus felices actuaciones de político, de diplomático y de gobernante lo llevan a la Magistratura Suprema proclamado en una numerosa Convención en la ciudad de Valparaíso e inicia su gobierno el 18 de septiembre de 1886.

Su administración constituye un conjunto armónico de reformas, de adelantos y de progresos fundamentales en los más diversos órdenes, que le dieron inmenso impulso a todas las actividades nacionales y echaron las bases definitivas de nuestra estructura constitucional.

El Poder Judicial es reformado, creándose juzgados en las cabeceras departamentales en reemplazo de los alcaldes que desempeñaban funciones judiciales; se crea una nueva sala en la Corte Suprema; se crea la Corte de Apelaciones de Talca; se reorganizan los servicios carcelarios y se estudia la redacción de nuevos códigos, como el de Procedimiento Civil y el de Procedimiento Criminal.

La educación pública fue uno de los afanes más decididos y constantes de Balmaceda, y lleva a cabo una transformación completa en sus servicios y orientaciones. Envía a profesores chilenos a perfeccionar sus conocimientos a escuelas e institutos de Europa y Estados Unidos y contrata a especialistas extranjeros para implantar modernos planes y métodos de estudio en el organismo docente y educacional.

Se funda el Instituto Pedagógico destinado a formación del profesorado de la enseñanza secundaria; funda el primer Liceo fiscal de niñas en Valparaíso y la primera escuela profesional en Santiago, abriendo nuevos y amplios horizontes a la inteligencia y el porvenir económico de la mujer; crea nuevas escuelas normales y centenares de escuelas primarias en toda la extensión del territorio. Mejora la enseñanza universitaria, modernizando sus estudios y seleccionando el profesorado y celebra el primer Congreso Pedagógico que se ha verificado en el país.

Las instituciones Armadas son provistas de instructores especialistas, de cuarteles confortables y nuevos elementos bélicos. Adquiere para la Armada los barcos “Pinto” y “Errazuriz” y los torpederos “Lynch” y “Condell” y fortifica las costas en especial los puertos de Valparaíso y Talcahuano.

En obras públicas su actividad fue asombrosa, dotando al país de construcciones que en ciudades , villas, aldeas y campiñas pregonan su nombre y perpetúan su memoria.

Proyecta el Ferrocarril Longitudinal a través del desierto hasta el puerto de Iquique; prolonga la línea férrea al corazón de la antigua Araucanía y construye diversos ramales del centro a la costa, como los de Santiago a San Antonio, de San Fernando a Pichilemu, de Talca a Constitución y varios otros.

Los grandiosos puentes sobre el Biobío y el Malleco son obras imperecederas de su administración.

Durante su gobierno se levantaban bellos edificios para escuelas, cárceles, gobernaciones e intendencias que se conservan, en gran parte, por su sólida construcción y son obras de adelanto y de ornamento de diferentes localidades.

La ciudad de Santiago recibe un magno impulso en su progreso y modernización. Se canaliza el lecho del Mapocho y se construyen valiosos edificios que dan nueva vida a atrasados barrios de la capital, como la Escuela de Medicina, el Internado Nacional hoy Barros Arana, la Escuela Normal de hombres, la Escuela Militar y el nuevo Manicomio en Providencia, que después se destina a cuarteles de diversas unidades militares.

Fomenta la colonización de las tierras de Arauco, que desde entonces principian su era de progreso y prosperidad; y atrae corrientes de inmigración de obreros, industriales y comerciantes que dieron origen a respetables colonias; a hombres de esfuerzo y de fortuna que han sido eficientes colaboradores del progreso de la República.

Nacionalista por excelencia y patriota verdadero, propone a la creación de un Banco del Estado,  a la nacionalización de la industria salitrera, que se encontraba casi en su totalidad en manos extranjeras y a la franca protección de las industrias fabriles, entonces muy débiles e incipientes.

Hubo en ese periodo, sin nuevas contribuciones y la abolición de algunas de las existentes, abundancia de trabajo como salarios equitativos, para las clases obreras; fácil enriquecimiento para los capitalistas y propietarios, quienes vieron valorarse sus propiedades por los adelantos urbanos agrícolas, con las numerosas obras públicas; prosperidad en comerciantes e industriales, a consecuencia del mayor consumo por el bienestar general. Liquidando satisfactoriamente los reclamos y problemas derivados de la guerra, vivimos en paz con el exterior; y en el interior se normalizan las relaciones del Estado y la Iglesia, tan quebrantadas en el gobierno anterior a Balmaceda.

Una espontánea popularidad rodeaba al Presidente, incrementada por sus giras a las Provincias, a inaugurar obras públicas y a conocer sus necesidades, por su soberana elocuencia que arrancaba delirante entusiasmo, por su carácter afable, caballeroso y democrático.

Estalló, desgraciadamente una profunda divergencia entre él y el Congreso sobre el régimen gubernativo que nos arrastró a una sangrienta guerra civil. El parlamentarismo vence al presidencialismo en los campos de batalla, pero la posterioridad ha justificado en absoluto las doctrinas de Balmaceda y el régimen presidencial, después del fracaso completo del parlamentarismo, ha vuelto con la Constitución de 1925.

La personalidad de Balmaseda cantada por los poetas, aureolada por la tradición, ponderada por Rubén Darío y Vargas Villa y otros escritores y pensadores, eternizada por su fecunda y progresista administración, es acreedora de un monumento que encarna la justicia histórica que le deparan las presentes y futuras generaciones y que sea perenne ejemplo de probidad, de virtudes cívicas y de gigante espíritu de progreso y de grandeza nacionales.

[1] Articulo publicado en el diario “El Mercurio” el día viernes 12 de julio de 1935