¿Qué es la constitución y cómo está hecha?
¿Cuáles son las preguntas y distinciones, que debo tener claras como ciudadano, para exigirle a mis constituyentistas que construyan la constitución que más posibilidades abran para el Chile que quiero?
El sueño que tenemos para Chile no basta para escribir nuestra constitución:
La constitución debe entregar las herramientas para construir el Chile que queremos.
Prólogo – Balmaceda (1953)
Como lo ha percibido claramente la opinión pública, don Francisco A. Encina dedica los dos últimos tomos de su Historia de Chile a empequeñecer la personalidad del Presidente Balmaceda, la figura, quizás, hoy más querida de los chilenos.
Frente a la difusión de aquella obra en la que, en forma pretenciosa, se trata de rebajar a tanta gran figura de la patria, en especial a sus verdaderos historiadores, hemos creído necesario publicar en estas páginas de historia un interesante artículo publicado sobre Balmaceda en «El Mercurio» de Santiago al inaugurarse su monumento, órgano de prensa que le había combatido sin igual pasión; dos artículos de rectificación al señor Encina, publicados en «El Diario Ilustrado» por don Raúl Marín; una selección, hecha también por él, de párrafos de los principales discursos de Balmaceda; su programa al aceptar la candidatura presidencial; el manifiesto que dirigió al país el 1º de Enero de 1891, en el que explica las razones que lo movieron a declarar vigentes los presupuestos de la Nación; el discurso que pronunció al inaugurar el Congreso Constituyente, el 20 de Abril de aquel año, en que da a conocer la génesis de la revolución, sus esfuerzos por evitarla y las medidas de orden constitucional necesarias para evitar en el futuro la lucha entre los poderes del Estado; y la carta dirigida, el 18 de Septiembre, a los señores Claudio Vicuña y Julio Bañados Espinosa, llamada «Testamento Político», en la que explica su conducta durante los meses de la revolución, vaticina el porvenir político de Chile y se despide del país y de sus amigos.
Es el caso de decir que Balmaceda no necesita defensores; esos documentos de su pluma son su mejor defensa ante la posteridad.
EL Directorio del Club José Manuel Balmaceda
Decreto que procede a elegir senadores, diputados y municipales en todas las provincias y departamentos de la República.
Santiago, 11 de Febrero de 1891[1].
Considerando:
Que la mayoría del Congreso, ha violado la Constitución y se ha levantado en armas contra el Gobierno Constitucional de la República, produciendo las desastrosas consecuencias de la Revolución y del trastorno del orden público, atentando contra su propia existencia y disolviéndose de hecho;
Que es deber ineludible del Jefe del Estado procurar eficazmente el restablecimiento del régimen constitucional, no sólo poniendo término a las desgracias que se han producido por la revolución, sino también removiendo las causas originarias del Conflicto, a fin de asegurar en lo futuro la estabilidad de las instituciones, la paz interior y el respeto de la Nación, en el extranjero; y finalmente
Que no es posible conseguir estos propósitos dentro de las facultades que la Constitución y las Leyes han establecido para ejercer el Gobierno en las circunstancias normales y ordinarias y que en consecuencia se hace indispensable el llamamiento del pueblo, como único juez y soberano, para elegir un Congreso Constituyente que regularice el ejercicio de estas facultades, y acuerde las reformas que estime conducente a este elevado objeto y de solución permanente a los conflictos producidos entre los poderes del Estado;
He acordado y Decreto:
Art.1.- Procédase en todas las provincias y departamentos de la República a la elección de Senadores, Diputados y Municipales.
Art. 2.- Las Cámaras de Senadores y Diputados revestirán e| carácter de Congreso Constituyente y podrán reformar la Constitución del Estado en cuanto sea necesario para afianzar el orden público y la seguridad interior, y establecer las atribuciones de los poderes del Estado de manera que no puedan engendrarse conflictos de atribuciones.
Art. 3.- Las elecciones se verificarán conforme a la Ley Electoral de 20 de Agosto de 1890. teniendo por base los actuales registros y con las modificaciones que a continuación se expresan;
- a) la emisión de sufragios tendrá lugar el último Domingo de Mayo próximo entrante, y la reunión del Congreso el 20 de Abril siguiente;
- b) el sistema de votos que se empleará en la elección de Senadores, Diputados y Municipales será prescrito en el artículo 65 de la ley de 9 de Enero de 1884:
- c) quedan suprimidos los pupitres:
- d) las juntas electorales funcionarán en todos los actos que les encomienda la Ley con el número de vocales que concurran a cada uno de ellos;
- e) el Presidente del Tribunal de Cuentas, hará las veces de Presidente del Senado en todos los casos en que la ley se refiere a él;
- f) cuando falte el primer alcalde, desempeñará sus funciones el segundo; a falta de éste, el tercero: y en su defecto los regidores por el orden de su precedencia.
Art. 4.- La elección de Presidente de la República se hará en todas sus partes en el modo, forma y condiciones establecidas por la Constitución y por la citada Ley de 20 de Agosto de 1890.
Art. 5.- Quedan suspendidos por ahora los efectos de la Ley de 12 de Diciembre de 1888, sobre incompatibilidades y de los artículos 2° y 3° de la Ley de 28 de Agosto de 1890, sobre agregaciones de provincias y departamentos para la elección de Diputados y Senadores.
Art. 6.- El Ministro del Interior queda encargado de dar cumplimiento al presente decreto y resolver las dudas que se susciten en su aplicación.
Anótese, y publíquese
Don José Manuel Balmaceda, Presidente de la República.
Don Claudio Vicuña, Ministro del Interior.
Don Domingo Godoy, Ministro de Relaciones Exteriores, Culto y Colonización.
Don Ismael Pérez Montt, Ministro de Justicia e Instrucción Pública.
Don José Miguel Valdés Carrera, Ministro de Hacienda.
Don José Francisco Gana, Ministro de Guerra.
Don Guillermo Mackenna, Ministro de Industria y Obras Públicas.
[1] Diario Oficial. Publicado el día jueves 12 de febrero del año 1891. Edición N°4.109. Dicho texto también se encuentra disponible en:
El libro Balmaceda, su gobierno y la revolución de 1891 – Tomo II (1894) de Julio Bañados Espinosa. Disponible en las páginas 313-314: https://obtienearchivo.bcn.cl/obtienearchivo?id=documentos/10221.1/22027/1/181766.pdf
El libro Vindicación de Balmaceda (1925) de Félix Pinto Ovalle. Disponible en las páginas 21-23: https://obtienearchivo.bcn.cl/obtienearchivo?id=documentos/10221.1/21714/1/205712.pdf&origen=BDigital
Balmaceda (1953) elaborado por el Club José Manuel Balmaceda
Autores:
José Manuel Balmaceda[1]
Raúl Marín Balmaceda[2]
Prólogo
Balmaceda
Balmaceda y don Francisco Encina
Balmaceda Orador
Discurso-Programa de Balmaceda en la convención que lo designó candidato a la presidencia de la República el 17 de enero de 1886
Manifiesto de Balmaceda al país el 1° de enero de 1891
Discurso pronunciado por el Presidente Balmaceda al inaugurar el Congreso Constituyente el 20 de abril de 1891
Carta del expresidente Balmaceda a los Sres. Claudio Vicuña y Julio Bañados Espinosa.
INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA
Extracto de la sesión de directorio Nº74 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 01 de junio del año 1953:
Folleto en homenaje a Balmaceda: El señor Raúl Marín propone imprimir un folleto en homenaje a don José Manuel Balmaceda. Que contenga sus principales discursos, el manifiesto del 1° de enero y del [20] de abril de 1891, la carta a los señores Claudio Vicuña y Julio Bañados, llamada Testamento Político, una selección de pasajes de sus discursos en que se expresa admirablemente la grandeza y profundidad de su espíritu y la elegancia de su lenguaje y los artículos que el propio señor Marín publicó refutando al señor Francisco Encina, autor muy leído y divulgado, que al referirse a la personalidad de Balmaceda, que, sin duda fue un gran orador, dice que su oratoria “era ramplona, vaga, incoherente y ampulosa”. Que el mejor mentor lo dan los propios textos de sus hermosos discursos plenos de elevación espiritual, por lo que propone que se haga esta impresión que sirva para paliar en algo esos conceptos. Que este folleto podría repartirse profusamente entre los profesores de historia, alumnos de la asignatura, en las escuelas, etc.
El señor Ruperto Murillo expresa que aplaude la idea del señor Marín, pues la edición del Testamento Político, de mil ejemplares, esta destinada a llegar solo a determinadas personas. Que, sin perjuicio, por cierto, de imprimirlo, cree de gran utilidad hacer el folleto que se propone para que llegue a los gremios obreros, al hogar modesto a encender mas el respeto y admiración que guarda el pueblo al gran estadista, que se incorporó definitivamente a la historia y cuya personalidad ya no es motivo de discusiones entre los chilenos.
Se acuerda solicitar propuestas para imprimir unos diez mil ejemplares
Extracto de la sesión de directorio Nº75 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 27 de julio del año 1953:
Publicación del folleto: Se da cuenta de haberse recibido un presupuesto de la Imprenta Stanley para la impresión del folleto acordado en la sesión anterior en homenaje al Presidente Balmaceda. Por 10.000 ejemplares, el precio es de $109.000; por 15.000, $154.600, y $200.200 por 20.000 ejemplares.
Se acuerda solicitar presupuestos para la impresión de 5.000 ejemplares, acordándose invertir hasta la suma de $60.000 con este objeto.
Extracto de la sesión de directorio Nº76 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 31 de agosto del año 1953:
Folleto en homenaje al Presidente Balmaceda: Por unanimidad, se acuerda, vistos los diversos presupuestos presentados, imprimir en la imprenta y Litografía Staley, cinco mil ejemplares del folleto en homenaje al Presidente Balmaceda, que contendrá sus mas importantes discursos , y conforme al proyecto presentado por don Raúl Marín, modificándose así el acuerdo anterior que destinada solo la suma de $60.000 con este objeto[3].
Extracto de la sesión de directorio Nº77 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 28 de septiembre del año 1953:
Folleto en homenaje al Presidente Balmaceda: Se da cuenta de que ya esta en impresión el folleto en homenaje al Presidente Balmaceda, y que contendrá sus más importantes discursos y escritos políticos.
Extracto de la sesión de directorio Nº78 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 30 de noviembre del año 1953:
Folletos: Se da cuenta de estar ya impresos los folletos con los principales discursos, manifiestos y escritos del Presidente Balmaceda, compilados por don Raúl Marín.
Se acuerda repartirlos ampliamente. El señor Marín se encarga de repartir 3.000 ejemplares especialmente a establecimientos educacionales.
Raúl Marín Balmaceda (1907-1957)
Fuente de la imagen: www.bcn.cl
Extracto de la sesión de directorio Nº86 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 29 de octubre del año 1957
Fallecimiento de don Raúl Marín:
El Presidente[4] en emotivos conceptos se refiere al sensible fallecimiento de don Raúl Marín B., que repercutió tan dolorosamente en todos los ámbitos del país. Fue el reconocimiento publico de sus virtudes, significa que se supo comprender la rectitud de todas sus actuaciones. Dice que era como un hijo para él; que lo conoció a fondo y por eso puede decir que el país ha perdido a un gran ciudadano.
Don Ruperto Murillo, en sentidas expresiones hace el elogio de la personalidad del señor Marín y de su pasión por servir los intereses públicos. Dice que todos comparten el dolor del Presidente y que todos sienten como suya tan irreparable pérdida.
El señor secretario da cuenta que el director don José Miguel Prado despidió los restos de don Raúl Marín, en nombre del Club. Se deja testimonio en acta del pesar profundo del directorio ante el fallecimiento de su Vicepresidente[5].
[1] El señor José Manuel Balmaceda Fernández fue diputado del Partido Liberal en los periodos 1870-1873, 1873-1876, 1876-1879, 1879-1882, 1882-1885 (no asumiendo el cargo en este último periodo, pues ejercía como Ministro de Estado durante el gobierno de Presidente Domingo Santa María), posteriormente fue senador en el periodo 1885-1891, cargo del cual cesó anticipadamente para asumir como Presidente de la República entre el 18 de septiembre del año 1886 y el 29 de agosto del año 1891, día en el cual abdica como Mandatario.
[2] El señor Raúl Marín Balmaceda fue Vicepresidente del Club José Manuel Balmaceda desde el 27 de mayo del año 1957 (día en el cual se celebró la sesión N°85 de la organización, en la cual resultó electo de manera unánime) hasta su fallecimiento, el día 20 de agosto del año 1957. A su vez, el señor Marín fue diputado del Partido Liberal en los periodos 1937-1941, 1941-1945 y 1945-1949; y posteriormente senador en los periodos 1949-1957 y 1957-1965, no pudiendo concluir este último, dado su prematuro deceso.
[3] De acuerdo con el balance general del año 1953 contenido en el acta de la sesión N°79 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 26 de julio del año 1953, se indica que el costo general por conceptos de la impresión del folleto “Balmaceda” (1953) ascendió a un total de $76.145.
[4] Correspondiendo dicho cargo al señor José Manuel Balmaceda Toro, hijo del expresidente José Manuel Balmaceda Fernández.
[5] El señor Marín había resultado electo vicepresidente en la sesión de directorio Nº85 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 27 de mayo del año 1957. En el acta de dicha sesión se indica lo siguiente:
“Elección de mesa directiva: El señor Vicuña expresa que, con motivo del fallecimiento de don Pedro Opaso Letelier, corresponde elegir presidente y vicepresidente y propone para el primer cargo al señor José Manuel Balmaceda Toro y para el segundo a don Raúl Marín Balmaceda, indicación que es recibida con aplausos por los asistentes.
Como la actual mesa directiva termina su periodo reglamentario de dos años, por la unanimidad de los asistentes se reelige al señor Patricio Barros Alemparte para el cargo de secretario, quedando, en consecuencia, la mesa directiva, constituida de la siguiente manera:
Presidente, señor José Manuel Balmaceda Toro.
Vicepresidente, señor Raúl Marín Balmaceda y,
Secretario señor Patricio Barros Alemparte.
El señor Balmaceda don José Manuel expresa sus agradecimientos por la nueva muestra de confianza que le dispensan los señores directores al elegirlo presidente del Club.
El señor Marín agradece también el honor que le dispensan sus colegas directores, y en emocionadas frases testimonia su reconocimiento hacia la personalidad del presidente de la institución don José Manuel Balmaceda, declarando que, gracias a su exquisita y reconocida amabilidad había conquistado enormes simpatías y muchas voluntades, aun en personas que no le eran propicias.
El señor Balmaceda don José Manuel, agradece emocionado los cariñosos conceptos y elogios vertidos por el señor Marín”.
Ambrosio Valdés Carrera un Balmacedista ejemplar
Recientemente, el recopilador histórico Hugo Quilodrán Jiménez, descubrió que una antigua casona Quillotana, perteneció a un Balmacedista acérrimo de Quillota, Don Ambrosio Valdés Carrera. Este hallazgo es fruto de haber estudiado desde el 2011, la participación de los Quillotanos en la Revolución del 91, realizar cuatro Jornadas de Historia de la Guerra Civil y confeccionar diversas investigaciones paralelas. Ese bagaje de información, le permite conocer detalles poco divulgados de la historia rural de Quillota de fines del siglo XIX.
Además, señala: “Sabíamos que Don Ambrosio era el dueño de dos fundos en esa época, pero solo se conocía el nombre de uno de ellos. Hablamos de los tiempos en que no existía un puente y para acceder a Lo Valencia, como también se conoce el sector, se utilizaban los vados. Este problema se agravaba durante las crecidas de invierno, en caso de nacimientos o defunciones. Al extremo de que los habitantes de ese lado del río recurrían a registrar a Puchuncaví esos sucesos. Incluso la subdelegación de Boco, perteneció en algún momento a la Comuna de Quintero. Para el año 1899, sus límites eran al norte, el cordón de cerros que la separaba de la Chacra de lo Rojas y la hacienda de Purutún, al oriente y al sur el río Aconcagua, al poniente la subdelegación de Quintero, demarcada por las haciendas de Chilicauquen, Quintero y Colmo. Las principales familias del sector, además de los Valencia, son los: Fernández, Corvalán, Valdebenito y Arancibia”.
En su calidad de Gobernador del Departamento de Quillota y partidario de Balmaceda, Don Ambrosio se preocupó de que la huella que lleva a Quillota, por la Quebrada del Ají, a través del “paso de las mulas” desde Valle Alegre, estuviera cubierto con tropas, en caso de una incursión de parte de los revolucionarios al desembarcar en Quintero. Lo hizo con sus propios recursos, instalando en su fundo El Grillo un telégrafo y pagando el servicio de unos pocos soldados para que hicieran vigilancia. Al finalizar la guerra, ambas propiedades y la Gobernación fueron saqueadas.
Durante la revolución, Don Ambrosio dio la pelea, pero con su pluma, fundando el periódico “El Correo de Quillota”, donde destacó como periodista. Fue perseguido y encarcelado por los vencedores en más de una oportunidad sin que pudieran doblegar su espíritu. Este es un ejemplo más de las trágicas repercusiones de la Revolución, donde tomar parte de uno de los dos bandos, afectaba el futuro de tu familia y tus bienes.
En su vida laboral se desempeñó como juez y empresario agrícola, pero además fue un prominente historiador, con varios libros y artículos a su haber. Como don Ambrosio era nieto de José Miguel Carrera a quien admiraba profundamente, fue un férreo defensor del legado del prócer. Que el fundo se llamará San José en un principio, no es al azar. Sin duda, fue un homenaje a su abuelo, “el Príncipe de los caminos”. Algunos contemporáneos lo criticaban por su falta de imparcialidad al describir la figura del primer Comandante en Jefe del Ejército Chileno, pero también hay que entender su natural devoción.
También fue Gobernador del Departamento de Coquimbo y se comenta que falleció en Valparaíso.
Jorge Huneeus y Gana afirmaba que Don Ambrosio era un estudioso de la heráldica y la genealogía. Lo que coincide con las características especiales de esta casa, que destaca por su escudo a la usanza española. Sobre este, queda pendiente verificar si es un escudo familiar.
Con estos datos, podemos asegurar que es el fundo que buscábamos y jactarnos de que en Quillota poseemos una propiedad de un descendiente de José Miguel Carrera, en segundo grado de consanguinidad, una construcción con más de 130 años de presencia en una localidad que destaca por su paisaje rural, aumentando con ello su potencial turístico.
El Fundo Mirador se ha utilizado desde hace más de veinte años, para realizar actividades privadas y municipales del tipo turísticas y deportivas (caminatas y enduro). Donde el visitante se encuentra con una hermosa casona patronal de dos pisos, vestigio de los tiempos de las haciendas, hijuelas y fundos del Chile Central. Cercana a esta construcción existen también los restos de una pequeña casa de adobe, probablemente de inquilinos.
Su actual dueño poseía información de quienes fueron los seis “patrones” entre el año 1900 y 1970 gracias a las escrituras. También, que en un principio se llamó: Fundo San José, pero no sabía por qué.
Cuando Hugo Quilodrán, revisó los antecedentes del primer propietario, se percató que su apellido paterno estaba mal escrito y el materno no se señalaba: “Eduardo Valdez P.” y entiende que ahí comienza el problema para quienes han hecho investigación sobre este terreno. Al corregir ese error y hacer un cruce de información, se encuentra el nombre de José Eduardo Valdés Polloni, hijo de Ambrosio Valdés Carrera y Carmen Polloni Fuenzalida.
Hugo Quilodrán Jiménez – Historiador
Balmaceda: Hombre y personaje | Cap. 24 Testimonio imborrable
Autor: Nicolás Llantén[1]
Uno de los anhelos más comunes en los seres humanos, corresponde al hecho de, en algún momento, sopesar el hecho de lo que sea realizado en la vida y apreciar, de ser posible si ello ha sido conveniente o no para uno mismo y los cercanos. Dentro de ese mismo aspecto, para el cristianismo, ese objetivo de evaluación final corresponde a Dios, en donde sería estipulado dicho juicio dependiendo de las acciones y momentos desarrollados por aquél al que se le juzga.
En el caso de nuestro querido presidente, la situación era bastante compleja. Como ya vimos, la misma situación problemática que lo había llevado a la presidencia en 1886, fue lo que poco a poco sentó las bases de una inestabilidad constante dentro de los partidos de gobierno. La fuerza y el aplomo con que contaba el presidente para llevar a cabo sus planes de reforma, constantemente tenía aspectos que eran rechazados o frenados lo más posible por los rivales políticos. Primero se intentó calmar los ánimos mediante la búsqueda de acuerdos, incorporaciones en cargos de gobierno, o bien incluso concesiones dentro del propio programa. Pero ya cuando en 1890 la oposición en el Congreso y las demandas al gobierno fueron haciéndose cada vez más constantes, estaba claro que la intencionalidad de los enemigos era desestabilizar el gobierno o bien, incluso, derrocarlo si era necesario.
El punto de no retorno estaba claro. Y al discutirse la ley de presupuestos de 1891, fundamental para mantener el ritmo de crecimiento, avance y reformas llevadas a cabo por el Ejecutivo, los rivales en el Congreso simplemente la rechazaron. Fue la última jugada, el presidente ya no aceptaría más desencuentros. Fue la excusa y la chispa que encendió el funesto alzamiento contra el presidente Balmaceda, el cual concluyó con la gran masacre que todos sabemos.
Con la guerra concluida y los alzados avanzando firmemente hacia la capital, el presidente Balmaceda intuía que los vencedores buscarían por todos los medios hacer el mayor escarnio posible de su figura pública. Si bien desde los inicios del conflicto, las medidas tomadas por la presidencia buscaban frenar la difamación y el odio hacia la persona del presidente, los ataques no cejaron. Se buscaba azuzar a las turbas en contra de La Moneda, haciendo ver a la administración Balmaceda como la causante de todos los males. Epítetos como el de “dictador” Balmaceda se oían a vivas voces por Santiago y entre las turbas saqueadoras se repetían también graves ataques contra aquellos que habían apoyado al gobierno. Sabiendo estas intenciones, el presidente no les daría en el gusto, y buscando refugio entre los amigos, preparaba su defensa en cuanto fuera necesario poder salir a la luz pública.
Y fue en esos días, cuando notó que, a pesar de entregarse como la principal figura de los vencidos, su persona y la de su familia no serían si quiera respetadas para un juicio justo. Debía, entonces, quitarles la posibilidad de legitimarse a costa suya. Su vida aún le pertenecía, y no se las entregaría. Pero, antes de aquella trascendental decisión, Balmaceda remite su justificación, la legitimidad de sus acciones y, por sobre todo, apunta a que sus intenciones fueron beneficiosas para el pueblo de Chile, a pesar de los arranques de odio propiciados por los congresistas. Así se lo exponía a uno de sus más cercanos, su ministro y amigo, Julio Bañados:
Estoy convencido que la persecución universal es en odio o en temor a mí. Producido el desquiciamiento general, y sin poder servir a mis amigos y correligionarios, juzgo que mi sacrificio es el único que atenuará la persecución y los males, y lo único que dejará también aptos a los amigos para volver en época próxima a la vida del trabajo y de la actividad política.
Escriba, de la administración que juntos hemos hecho, la historia verdadera. Dejo dicho a Emilia que le suministre todos los recursos necesarios para una publicación abundante y completa. Le he encargado también que usted escoja 2.000 volúmenes para sí, de mi Biblioteca.
Con los Mensajes, las Memorias Ministeriales, el Diario Oficial y El Ferrocarril, puede hacer la obra.
No la demore ni la precipite. Hágala bien.
Con mi sacrificio, los amigos encontrarán en poco tiempo el camino de reparar los quebrantos sufridos. Siempre se necesita en las grandes crisis o dramas un protagonista o una gran víctima. Esta es la ley de las horas de borrasca.
Está muy claro que su objetivo lo consiguió. Sabemos ahora, muchos años después de aquellos tortuosos momentos, como el dinero de los magnates y de los poderosos que no querían perder sus intereses corporativos, buscaron por todos los medios frenar el proceso de cambios y por sobre todo, achacar que cada uno de los malos tratos y problemas que había en el país, eran culpa del presidente Balmaceda. La labor de don Julio Bañados, pero de otros también, como los propios hijos del presidente, además de sus acciones que fueron finalmente conocidas por la población, tornó en unos años desde la odiosidad más absurda, hacia el lamento y el recogimiento más profundo. Pocos años después el pueblo chileno entendió al presidente que había perdido, sobre todo cuando la lucidez de su testamento político salió a la luz. Cada una de esas palabras fue profética y marcó la vida política del país hasta 1925.
Había que dejar testimonio, si, para que se supiera el gran hombre que había sido el presidente Balmaceda, y para entender también porque su suicidio lo convirtió, finalmente, en un mártir.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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Balmaceda: Hombre y personaje | Cap. 23 La muerte
Autor: Nicolás Llantén[1]
Uno de los momentos más trágicos y, sin duda, comunes en la vida de la humanidad, es el término de la misma, es decir, la muerte. En múltiples culturas, el tema se puede tomar y comprender en diferentes sentidos. Para algunos es el fin de todo, para otros un cambio de estado físico, o bien, principalmente para el mundo occidental de tradición cristiana, el comienzo de la eterna cercanía de Dios. Lo que, si tienen en consideración todas y cada una de estas perspectivas, es que siempre es un momento solemne, de profunda reflexión y, sobre todo, de gran trascendencia para quienes tienen que sobrellevarla.
Para don José Manuel, la muerte no le era algo ajeno, y no menos doloroso. Al casarse con doña Emilia y esperar sus primeros hijos, dos de ellos fallecieron antes siquiera de llegar al año. El golpe fue terrible, como para cualquier pareja joven, sin embargo, Balmaceda siempre supo asumir la complejidad del momento, plantarse firme en sus convicciones y, sobre todo, buscar regocijo y tranquilidad en el profundo vinculo que tenía con Dios. Siempre, que pudo esas enseñanzas primigenias de la cercanía divina, que desde muy pequeño se le presentaron, afloraban frente a los momentos más terribles.
Posteriormente y siendo ya presidente, Pedro, el niño que había podido sobrellevar la infancia, a pesar de su complejo estado de salud, también fallecía muy joven. Ni siquiera había pasado de los veinte años el brillante joven, lo cual sin duda golpeó fuertemente el ánimo del presidente. En una carta a su hermano Elías, le expone lo siguiente:
“Sea Dios bendecido e inclinémonos en presencia de sus secretos designios. ¡Pobrecito de mi corazón! no me dio penas, ni trajo amarguras a mi hogar, ni molestó a nadie y lo poco que vivió fue para dignificarse y dejar una huella que ha despertado las más vivas simpatías en toda la sociedad de Santiago”
Sin duda el presidente estaba dolido, destrozado ¿por qué tanta muerte?, ¿Por qué esa pérdida tan brutal? Imaginamos que sin duda se lo cuestionaba constantemente, y para encontrar respuestas siempre se refugiaba en la soledad, en la comunicación directa con Dios. Esa era la manera en la cual lograba calmar sus profundos pesares.
Sin duda, la cosa se pondría mucho peor. El desencadenamiento de la guerra civil en 1891 generó una cruenta lucha con las consecuencias que todos sabemos. Más muertos hubo en Concón y Placilla que en la mayoría de las grandes batallas en la Guerra del Pacífico. El saldo era terrible, y por lo mismo el grado de odiosidad desatado por parte de los vencedores, sin duda turbó completamente su espíritu. Claramente, el grado de destrucción y muerte que se percutó en esos meses fue inconmensurable, y por lo mismo el presidente, seguramente pensó: ¿qué tanto tenía el valor de los ideales y el progreso, sino existía su correlación clara con la vida humana?, ¿Valían tantas muertes de chilenos todo este modelo de cambio impulsado por la presidencia? Entre sus últimas palabras, encontramos la siguiente reflexión:
Estoy fatalmente entregado a la arbitrariedad o a la benevolencia de mis enemigos, ya que no imperan la Constitución y las leyes. Pero ustedes saben que soy incapaz de implorar favor, ni siquiera benevolencia de hombres a quienes desestimo por sus ambiciones y falta de civismo.
Tal es la situación del momento en que escribo.
Mi vida pública ha concluido. Debo, por lo mismo, a mis amigos y a mis conciudadanos la palabra íntima de mi experiencia de mi convencimiento político.
La situación era muy clara. El crisol del nuevo Chile que pudo formarse se había perdido por la mezquindad de algunos intereses, y en ellos se habían colocado las vidas de miles de chilenos como simples marionetas de esos velados y pérfidos intereses. El presidente lo sabía y lo dejaba claro. Por eso, al ver la muerte ante sus ojos prefirió la suya, para así seguir siendo testigo de algo que él jamás quiso explotar. El resultado lo sabemos. El presidente Balmaceda pasó a la historia como un mártir de la política, testigo de la masacre de tantos chilenos que fueron sometidos a los intereses de unos pocos. ¿Cuántos muertos, después, seguirían costando los ideales de cambio en nuestro querido Chile? Es, al parecer, una historia que no termina de contarse, porque hasta aún ahora, sigue presentándose. Esperemos que, en algún momento, por fin la calma y la vida primen por sobre cualquier interés particular.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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Balmaceda: Hombre y personaje | Cap. 22 ¿Un suicidio inevitable?
Autor: Nicolás Llantén[1]
La palabra suicidio es, en su significado más profundo, un acto de los más complejos asumidos por el ser humano. Independiente de la carga moral con la cual está revestido, principalmente desde el mundo cristiano, el cometer suicidio es una decisión última, brutal e irremediable.
Dependiendo de las culturas, la valoración de este acto ha sido muy diversa. Por dar dos ejemplos, sabemos qué en oriente, los samuráis, aquellos valientes guerreros japoneses al ser derrotados, debían cometer el seppuku, es decir, un suicidio ritual, el cual, se aplicaba producto de la vergüenza de la derrota. Por otra parte, en la antigua Roma, Lucrecia una joven romana, luego de ser violada por Sexto Tarquinio, comete suicidio, para no vivir en la deshonra. Como consecuencia de este brutal suceso, se cuenta en la tradición de Tito Livio, que fue tal la conmoción en la sociedad de la época, que el pueblo entero se levantó en armas y revocó el mandato de los reyes, dando paso a lo que conocemos como la República romana. Porque claro, el suicidio no es un hecho simple, algo que pase por alto la sociedad. Al ser un acto tan rotundo, deja siempre consecuencias muy severas. Sobre todo, cuando quién comete el acto, corresponde a una figura pública, o como en nuestro caso, la figura de la primera autoridad de la nación.
Hemos de suponer, que precisamente por aquella tan enorme aprensión que tenía la Iglesia Católica con el lamentable acto del suicidio, es que don José Manuel, como hombre religioso tuviera las mismas reticencias. Balmaceda no era un hombre que buscase la muerte, ni mucho menos fuese sombrío en sus pensamientos. Era un sujeto que disfrutaba de la vida, que sabía de la importancia del cambio, del avance y, sobre todo, que el tamaño de la carga que pesaba sobre sus hombros como jefe de Estado, era tan firme e importante, que no podía si quiera pasar por su mente la idea de quitarse la vida, ya que eso significaría dejar de representar la voluntad de la ciudadanía chilena.
Pero la situación fue modificándose. Las angustias y los desaires constantes en el gobierno, sobre todo a nivel de la conformación de los gabinetes ministeriales fueron poco a poco minando sus fuerzas. Si bien el país progresaba, había más vías férreas, escuelas, caminos, planes de vacunación, puertos, etc. Parecía que no era suficiente, y la mezquindad de los intereses de unos cuantos, que se encontraban en cargos de poder, buscaba frenar toda esa rueda de avance. Máxime, si con el mal ejercicio de la prensa y las constantes intrigas realizadas en el Congreso para socavar sus proyectos, hacían que la rabia, pero también la melancolía y la soledad se implantara en su alma. Ya podía confiar en muy pocos, y la realidad es que, si triunfaban los enemigos, el país lo pesaría al futuro, como él también pudo visualizar.
Es por ello, también, que ya sabiendo el resultado de Concón y Placilla, una pena enorme lo abruma y la depresión se hace mucho más notoria. Entiende, quizá, que, por sus sueños de reforma y cambio, han perecido miles de chilenos. ¿Valen la vida de tantos, los cambios y el progreso del país? Parece que constantemente pasa esta imagen por su cabeza. Quizá por ello, en una de sus últimas cartas, a su amigo Eusebio Lillo, le explica de esta manera, la causal de su decisión:
Creo que a todos persiguen porque yo he sido el jefe, y me odian o me temen. Creen que sacrificando a todos mis amigos me sacrifican a mí.
Ha llegado el momento de que me sacrifique por todos los que me sirvieron y que hoy son perseguidos, principalmente por mí. Solo así puedo yo aliviar sus desgracias.
Estaba muy patente en su comprensión. Con la lucidez que lo caracteriza, entiende que los alzados no calmarán sus vejámenes mientras “la cabeza”, el principal gestor e incitador de estos hechos -según piensan ellos, claro- no sea pasado por las armas de sus captores. Y don José Manuel lo asume, retiene el aliento y toma la terrible decisión.
Prepara el lugar, se despide de todos, muy amablemente, no sin antes dejar en claro por qué la supuesta “liberación” de los rebeldes, no es más que el grito desaforado de un grupo con unos intereses de clase y de bolsillos llenos, muy evidentes. Los trata como lo que son, y les avecina lo que vendrá. Nuevamente esa lucidez, esa claridad hasta en el último momento.
Y así desarrajó ese tiro, y quizá en el último segundo pensó que todo se consumaba. Y todo pasaba a la historia. El presidente Balmaceda, se convertía en mártir de la política de Chile. Y se volvía en un camino a seguir de los que seguimos creyendo en la posibilidad de un país mejor, hasta el día de hoy.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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Balmaceda: Hombre y personaje | Cap. 21 La traición
Autor: Nicolás Llantén[1]
Entre todas aquellas características negativas que pueden ser consideradas propias de la humanidad, las que tienen que ver con la mentira, faltar a la palabra, o bien, desdeñar la confianza, sin duda la traición es uno de los elementos que más reflejan cada uno de los puntos descritos.
La traición es un fenómeno que podemos rastrear prácticamente en toda la historia, incluyendo el ámbito bíblico (como Caín y Abel, o Judas, por ejemplo). En nuestro país dicho fenómeno no es ajeno, y la más recordada de todas es, sin ninguna duda, la muerte de Manuel Rodríguez. Lo que, si tienen en común todas y cada una de estas manifestaciones, es que siempre son vistas como algo aborrecible, y por tanto siempre son recordadas como elementos que deben enseñar a no volver a hacerlo. Son acciones memorables que, precisamente por sus consecuencias y efectos, son aleccionadoramente éticas, principalmente para las nuevas generaciones.
La elección de don José Manuel no fue fácil. En la coalición liberal, que se venía consolidando desde la asunción de José Joaquín Pérez a la Moneda, producto de las grandes reformas liberales que se venían gestando, (sobre todo las llamadas “leyes laicas”), parecía que esta unión se tambaleaba. Las disputas por diferentes facciones y, sobre todo, por lo problemático de la relación Estado e Iglesia, estaban bastante presentes, por lo que el candidato Balmaceda tuvo que ser muy hábil a la hora de conformar, primero su propuesta presidencial y luego su gabinete. Ambas situaciones fueron complejas, en donde la relación entre las disposiciones que necesitaba el ejecutivo y las propuestas de la coalición de partidos no siempre fue buena. De hecho, el mismo día de la llegada de don José Manuel a la Moneda, como presidente electo, se comenta que se produjo el siguiente diálogo, según un cronista de la época:
Pero, ¿por qué lloras, madre? – preguntó al fin Balmaceda con el corazón conmovido sin poder tampoco impedir que las lágrimas inundaran su rostro. Y entonces la noble dama secándose los ojos y mirando a su hijo fijamente a la cara, le dirigió estas palabras que él nunca habría de olvidar y que fueron una verdadera profecía: «Lloro, hijo mío, porque los triunfos me dan miedo. Pienso en Cristo. Entraba en Jerusalén el Domingo de (Ramos) aclamado hasta el delirio por el pueblo judío, y el Viernes esos mismos judíos lo crucificaban.
Al parecer, las palabras de doña Encarnación fueron proféticas… como sabemos, la relación entre ambos era muy estrecha y cercana, y uno de sus principales vínculos estaba asociado a la religiosidad. La realidad demostró que la tensión fue aumentando poco a poco hasta que los que, finalmente lo habían apoyado en sus primeros días, sobre todo los colaboradores del partido e incluso algunos amigos de la infancia le fueron restando su apoyo. Al ponerse el Congreso del lado de los magnates del salitre en 1890, don José Manuel responde buscando apoyo entre sus más cercanos y tratando de salir del entuerto por medio de facultades excesivas. Con este y muchos otros elementos en el caldero, la revuelta inició, como bien sabemos con toda virulencia en 1891 y se saldó con el asesinato masivo de miles de chilenos.
En su último escrito, conocido popularmente como su “Testamento Político”, menciona lo siguiente:
Entre los más violentos perseguidores del día, figuran políticos de diversos partidos y a los cuales les colmé de honores, exalté y serví con entusiasmo. No me sorprende esta inconsecuencia ni la inconstancia de los hombres.
Y agrega:
(…) Todos los fundadores de la independencia sudamericana murieron en los calabozos, en los cadalsos, o fueron asesinados, o sucumbieron en la proscripción y el destierro. Estas han sido las guerras civiles en las antiguas y modernas democracias.
Como vemos, la lucidez con que el presidente comprendía la política y la realidad chilena, era elocuente también al verlo en sus últimos momentos. Tenía claro que la mezquindad de los intereses de algunos, la soberbia y los placeres del dinero eran más que una causa suficiente para pedir la cabeza del primer mandatario. Evidentemente, no solo sentía que le habían fallado a él como persona (que ya era deplorable), sino también al país, a la figura de la representación del Estado que era el presidente. Claramente, las consecuencias de este deleznable hecho eran mucho más que el cambio de una “cabeza” por otra; se estaban jugando el devenir de Chile. Y don José Manuel lo entendió muy claro, se sintió traicionado sí, pero era peor la ignominia de traicionar el alma nacional. Y así quedó en la historia, como otro de los tantos relatos de traiciones.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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Balmaceda: Hombre y personaje | Cap. 20 ¿Un hombre autoritario?
Autor: Nicolás Llantén[1]
Cuando pensamos en el sentido y la interpretación de lo que nos expresan términos como el autoritarismo, o la autoridad, pensamos rápidamente en algo nefasto. A nuestra memoria se nos presentan las imágenes más horribles, tanto del fascismo y sus crímenes, como también las violentas acciones de militares tomándose el poder. Con mucha tristeza, Chile no ha sido ajeno a imposiciones de este tipo, en diferentes períodos de nuestra historia se han suscitado eventos muy violentos, algunos de tal magnitud que aún hacen mella en la actualidad.
Como bien sabemos, acusaciones de este tipo en contra del presidente Balmaceda, abundan. Desde el momento que comenzó a destacar en la vida pública, prácticamente las críticas comenzaron. Ahora bien, al momento de ejercer las principales carteras en los gobiernos de Pinto y, sobre todo, de Santa María estas se hicieron cada vez más constantes. Lo que sí, reflejaban siempre lo mismo: el inusual carácter fuerte de Balmaceda.
Don José Manuel no era un hombre de hablar fuerte, o de ademanes grandilocuentes. Más bien aparentaba siempre estar a la expectativa, al rezago. Solo cuando era despertada su molestia por algo en particular, o bien no se le respondía de la manera que esperaba, su furia era muy visible, así como también la pasión con la cual se desbordaba. Este carácter tan voluble e impredecible, muchas veces le llevó malas experiencias, sobre todo cuando, ya siendo presidente, hubo de enfrentarse a la oposición de sus propios partidarios en muchos de los cambios y proyectos que tenía en su plan de gobierno. Rubén Darío, en una de sus cartas al hijo del presidente, el querido Pedro, expone lo siguiente:
Cuando se acerca tu padre, experimento algo así como un misterio de la naturaleza. Tiene un aspecto imponente y trágico. Pocos hombres me producen esa impresión.
Se aprecia claramente, que la prestancia y respeto que generaba la figura del presidente, no solo era experimentada por la solemnidad del propio cargo, sino también por su humanidad misma. Mostraba a sus semejantes, o a quién requiriese de él, siempre una voluntad de cercanía, pero también un halo de mucha fortaleza y carácter. Quizás es por eso, sobre todo por el apasionamiento y la fuerte convicción con la que contaba en todos sus proyectos y labores, que su impronta y porte era vista siempre con algo de temor por quiénes lo rodeaban, tal como nos lo exponía Darío.
Por lo mismo, ante una oposición constante de sus proyectos e ideas reformistas, Balmaceda poco a poco fue endureciendo su actuar, con el objeto de no solo mantener el orden institucional, sino también con el aspecto primordial que pesaba sobre sus hombros, esto es, la voluntad soberana de una sociedad civil que lo había elegido para dicho cargo. Por lo cual, si bien no lo podemos justificar, si podemos comprender su accionar, sobre todo cuando en enero de 1891, sus enemigos lisa y llanamente llamaron a la insurrección total. Dicha acción, por supuesto no se podía tolerar.
En una de sus últimas alocuciones al país, en su mensaje al Congreso de ese mismo año, se puede leer lo siguiente:
Próximo a dejar el Poder, volveré a la vida privada como llegué al Gobierno, sin odios y sin prevenciones, extrañas a la rectitud de mi espíritu e indignas de un Jefe de Estado.
Es cierto que pocos gobernantes han tenido que sufrir como yo agravios más inmerecidos y más gratuitas inculpaciones. Nunca he perdido por esto la serenidad de mi espíritu y la perfecta tranquilidad de mi conciencia. Estoy acostumbrado a afrontar las injusticias de los hombres.
Al parecer, esta era la real intención de un hombre que luchó constantemente por reformar y transformar nuestro querido Chile. Su carácter y sus ideales fueron los reales móviles del ataque hacia su persona. No era más autoritario que cualquiera de sus rivales administrando sus haciendas. Balmaceda hubo de cargar con los pesares de quiénes nunca entendieron lo que Chile necesitaba. Y, al parecer, a casi 130 años de estos hechos, los mismos fantasmas en contra del desarrollo y el progreso, vuelven a frenar el avance de Chile. Es tiempo ya, de empezar a alejar aquellos mezquinos intereses, tal como nos lo enseñara el presidente mártir en sus actos de gobierno.
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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Balmaceda: Hombre y personaje | Cap. 19 ¿Periodista?
Autor: Nicolás Llantén[1]
A lo largo de estos escritos, hemos ido descubriendo y develando facetas sobre el presidente José Manuel Balmaceda que muchas veces, o se pasan por alto, o simplemente no interesan mayoritariamente a quiénes consideran que dichos elementos desvían, en cierto modo, la importancia trascendental de su impronta en la historia de nuestro país.
Uno de dichos elementos, que más hemos podido recalcar, es sin duda su enorme capacidad literaria y, a su vez, la facilidad y habilidades retóricas con las que contaba, que estaban bastante más desarrolladas que muchos de sus congéneres en la época. El nivel de erudición con que contaba le permitió desempeñarse prontamente en aspectos relacionados al ámbito de lo público, principalmente de la política. Pero, hay un elemento que constantemente se obvia en nuestro personaje, y este es el hecho de que, para él, la política no solo era desempeñarse adecuadamente en un cargo de elección popular o de gobierno, sino también el intercambio de ideas. La política era discusión y planteamientos, y ambas cosas podrían realizarse de manera sumamente clara a través de las páginas de los tabloides.
Don José Manuel no era un “periodista”, como podríamos suponer en la actualidad. Era más bien un columnista, un hombre que sabía del valor del debate de ideas, y sobre todo, que dichas ideas pudiesen expresarse libremente. Una democracia verdaderamente liberal, debía tener su correspondiente órgano difusor, y en eso la prensa jugaba un prominente papel. Y Balmaceda, lo sabía, por ello fue gran promotor de diversos periódicos y redactor en otros tantos. Ya para 1866, sabemos que junto a los hermanos Arteaga, estuvo en la fundación del periódico “La Libertad”, que se desarrolló como un periódico de tinte más político, en donde don José Manuel podría dar libre espacio a sus diversos escritos, al menos hasta que “La Libertad” estuvo publicándose solo hasta 1871.
En los años siguientes, si bien no volvió a fundar más periódicos, si contribuyó en multiplicidad, de tabloides, tanto de Santiago como de otras provincias, como por ejemplo el periódico: “Los tiempos”, que ponía al corriente los sucesos acontecidos en la Guerra del Pacífico. Nunca dejó de participar en estos debates vía prensa, enfrentándose a diversos elementos contrarios a su causa, principalmente conservadores o bien sectores muy afiliados a la Iglesia Católica, que no veían con buenos ojos el auge transformador de los gobiernos liberales. Ya desde el sillón presidencial, la actividad columnista del presidente se mantuvo y se buscó ampliar más fuerte que nunca. Desde periódicos como el “Diario Oficial”, el presidente indicaba a la ciudadanía de Chile los diversos avances en los proyectos que su gobierno estaba llevando a cabo. Pero claro, no todos los sectores políticos estaban contentos, y estos tenían sus propios periódicos, como “La Época”, por ejemplo, “El Heraldo”. Sus ataques nunca cesaron, y de hecho, fueron los principales instigadores del alzamiento en contra del gobierno. Por eso el presidente tomó la decisión de suprimir dichos periódicos. Al respecto, mencionaba el presidente en una de sus últimas alocuciones:
La licencia de la prensa ha llegado en nuestro tiempo a extremidades a que no se llegó jamás en ningún país de la tierra. No sólo el Gobierno y los hombres públicos, pero hasta la sociedad y las familias han sido arrastradas por el vendaval de las pasiones políticas. Ya en 1886 se había propuesto, por la misma oposición de aquella fecha, la reforma dirigida a corregir tan perniciosos abusos. Desde entonces la licencia se ha precipitado en la pendiente del escándalo, y ha llegado a ser una de las causas del trastorno que aflige a los chilenos pacíficos y honrados.
Juzgo que debe consagrarse el principio en virtud del cual todos tengan la libertad de publicar sus opiniones por la prensa sin censura previa. Pero al mismo tiempo no debe haber más delitos de prensa que los calificados de tales por el Código Penal, ni más justicia que la ordinaria para castigarlos en la forma establecida por las leyes comunes.
Así se consagrará la verdadera libertad de la prensa y la responsabilidad de aquellos que abusan de esta libertad para ofender sin razón o sin verdad el derecho y la dignidad ajena, o la moral pública.
Como podemos ver, la medida de la decisión del presidente Balmaceda, no es contradictoria, como podría pensarse, producto de sus fervientes defensas hacia la prensa y su participación en la misma. Más bien se centra en la crítica de las ideas, en la exposición de temáticas que realmente contribuyan al debate, no solo con la mera descalificación per se. Contra eso, claramente el presidente hubo de pronunciarse. ¿Hizo mal? Quizá, pero los hechos de la época no debemos juzgarlos con los ojos de hoy. Posiblemente, la medida fue extrema, pero ¿había otro camino ante tamaña traición política? Mejor dejemos a la historia que evalúe sus fuegos…
[1] Licenciado en Historia y Educación por la Universidad de Valparaíso (UV), Chile. Magíster en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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