Autor: José Miguel Prado Valdés[1]

Prólogo

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

Libro digital disponible en formato PDF, en el sitio web de Memoria Chilena

[1] El señor José Miguel Prado Valdés fue Vicepresidente del Club José Manuel Balmaceda desde el 13 de mayo del año 1963 (día en el cual se celebró la sesión N°94 de la organización, en la cual resultó electo de manera unánime) hasta su fallecimiento, el día 09 de octubre del año 1972.

INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA

El documento titulado «Reseña histórica del Partido Liberal» (1963) fue editada bajo los auspicios del Partido Liberal y del Club José Manuel Balmaceda.

Sobre ello, en el acta de la sesión de directorio Nº94 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 13 de mayo del año 1963, se indica lo siguiente:

Asuntos varios. Folleto “Reseña histórica del Partido Liberal”: Se da lectura a una carta del presidente del Partido Liberal, don Mariano Puga Vega, en la que manifiesta que ha sido informado por algunos directores que ellos propondrían sugerir que el Club José Manuel Balmaceda sufragara los gastos de impresión de la “Reseña histórica del Partido Liberal”, de que es autor don José Miguel Prado Valdés.
Agrega que semejante contribución sería de un valor inestimable para el partido que en cara en estos momentos muy serias dificultades para hacer frente a la campaña electoral de regidores recién pasada. Por otra parte dice, que al poner en circulación este folleto, se ha hecho un aporte de alguna consideración al mayor conocimiento de la personalidad y de la obra del inmortal presidente don José Manuel Balmaceda.
De otra carta del director don Ruperto Murillo Gaete exponiendo que está en conocimiento que se desea obtener de la cláusula cuarta del testamento de don Elías Balmaceda el dinero para pagar un folleto editado por el Partido; que no hay ningún precedente que invocar que permita salirnos del espíritu del legado y que si el Partido ha hecho un folleto de buena propaganda, podría financiarse con una cuota extraordinaria en favor del Partido, cuota fluctuante para que pudieran dar todos. Abriga sus temores especto a la legalidad de este procedimiento.
El señor Opaso hace presente que este folleto, que ha sido distribuido en todo el país durante la campaña electoral ultima, es de mucha utilidad porque ha servido para dar a conocer y divulgar la doctrina liberal siendo muy bien acogida en todas partes, muy principalmente porque envuelve a la vez un reconocimiento del Partido Liberal a los principios que sostuvo y defendió el Presidente Balmaceda.
El señor Prado expresa que lamenta la ausencia del señor Murillo para manifestarle que cree se le ha formado a él una confusión al invocar en su carta el testamento de don Elías Balmaceda cuya cláusula cuarta ya fue cumplida y que la ayuda que se quiere hacer al Partido con el pago de la impresión del folleto está dentro de las finalidades del Club establecida en el Art. 2° de los Estatutos que en su parte pertinente dice “que propenderá a la difusión y propaganda de los principios y doctrinas liberales”.
El Presidente y los demás directores concuerda en la opinión del señor Prado, en el sentido de que el legado de don Elías Balmaceda ya fue cumplido y que el fin social del Club está en sus Estatutos, dictados en cumplimiento de dicho legado.
Lucían en el debate los señores Vicuña y de la Cuadra, sosteniendo que, si bien la impresión de este folleto se encuadra en la finalidad del Club, el Partido debería contribuir con una parte de su financiamiento mediante cuotas extraordinarias ente los miembros de esa colectividad política, aceptando que el Club contribuya en la otra parte.
Don Patricio Barros, en conocimiento de la escasez de recursos porque atraviesa el Partido Liberal, es de opinión que este gasto lo sufrague íntegramente el Club.
Finalmente, se acuerda pagar el valor de la impresión de los folletos ascendente a la suma de E° 620, encargándose al presidente señor Opaso se acerque al Presidente del Partido Liberal para comunicarle esta resolución y pedirle que el Partido contribuya a este pago mediante una cuota que reembolsará al Club José Manuel Balmaceda.

José Miguel Prado Valdés (1907-1972)

Fuente de la imagen: www.geni.com

 

Extracto de la sesión de directorio Nº94 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 13 de mayo del año 1963:

“Elección de Presidente y Vicepresidente: Después de breve cambio de opiniones, se elige por unanimidad presidente del Club al señor Víctor Opaso Causiño y vicepresidente al señor José Miguel Prado Valdés.

Los elegidos salvan sus votos y agradecen esta nueva prueba de confianza con que los distinguen sus colegas del directorio.

Con estas designaciones, la mesa directiva, que durará dos años en funciones de acuerdo con los Estatutos, queda constituida de la siguiente forma:

Presidente don Víctor Opaso Cousiño

Vicepresidente don José Miguel Prado Valdés, y

Secretario don Francisco Orrego Vicuña.”

Extracto de la sesión de directorio Nº117 del Club José Manuel Balmaceda, celebrada el día 10 de noviembre del año 1972:

Fallecimiento de don José Miguel Prado Valdés:

El señor Presidente dio cuenta del sensible y repentino fallecimiento del director y vicepresidente de la institución don José Miguel Prado Valdés, acaecido a comienzos de octubre tras una breve enfermedad. Junto con destacar los méritos del señor Prado, se acuerda dejar constancia del pesar que su fallecimiento ha causado a nuestra institución, e insertar en acta el texto del discurso del señor Mario Correa Saavedra, quien fue el encargado de representar al directorio en sus funerales. Se acuerda, asimismo, insertar en acta el artículo publicado en El Mercurio por el director don Patricio Barros Alemparte, y enviar a su familia una nota de condolencia.

En los funerales de José Miguel Prado Valdés el martes 10 de octubre de 1972, [se efectuó el] discurso de Mario Correa Saavedra:

“Señores:

En estos días de lucha y de vivir afiatados, cuando más quisiéramos buscar refugio y tranquilidad para el quehacer y las inquietudes espirituales de cada cual, nos asecha la noticia de la muerte de un grande y fraternal amigo, y hemos debido interrumpir las labores para cumplir una triste y dolorosa misión.

Jamás pensé que recibiría yo el encargo de saludar a don José Miguel Prado en la antesala de esta morada; jamás pensé y jamás lo hubiera deseado. Pero en estos momentos en Chile todo debe reducirse a una sola cosa, a decir y a escuchar la verdad, y como a él lo viera atento y empeñoso por expresar siempre la suya, me he levantado de mi flaqueza para decirle adiós expresando la verdad de muchos y también la mía propia.

Y aunque nos separaban algunos años de diferencia, encontramos un día una misma inquietud y una vocación innata que nos unió, llegando a constituirnos entre varios en un centro de estudios históricos y políticos, para endilgar la imagen y la obra y también la gesta de 1891.

Vena y sangre que recogió de su antepasado Valdés Carrera.

Allí lo conocí, lo conocí en una institución que demanda tiempo y trabajo, sacrificio y preocupación, lo conocí en una hora en que pudo desentenderse sin más, de las inquietudes atropelladoras de un grupo de juventud que pechábamos airosos y sin oriente por incorporarnos o al menos pertenecer. Él nos escuchó, nos llamó, nos alentó; en los errores nos endilgó. Así aprendí a querer a esta institución, así aprendí también a conocer de cerca a José Miguel Prado.

Cuando allí ingresé, solo sabía que los hombres debían valerse de alguna institución para lograr un fin, pero fue en este seno donde comprendí que tales instituciones no son sino el reflejo de aquello que estos mismos hombres han querido que sean. Por eso la tarea y la labor del Club Balmaceda, a cuyo nombre hablo hoy, se identificó con sus desvelos y con su pluma anónima de escritor. Porque él era así, recatado y anónimo, silencioso. Era todo un señor de fina cultura y dulces sentimientos, a veces también impetuoso y airado, pero oculto tras esa fisonomía de bondad, de empeño constante y de actividad asombrosa, que, entre los ajetreos de su vida forense y su estimable hogar, repartió también con nosotros muchas horas en la tarea que el mismo nos interesó.

Es por eso que hoy recojo su entusiasmo por la causa, su preocupación por lo nuestro, su interés por llevar a cabo las tareas que emprendió. Por eso recojo también el llamado acongojado del directorio del Club Balmaceda que me encarga despedirle a su nombre y transmitir a su familia el pesar muy sincero por la muerte de este amigo, de este grande y fraternal amigo”

Artículo publicado en El Mercurio el 17-10-72, escrito por el director don Patricio Barros A.

José Miguel Prado Valdés

“Estamos como acostumbrados a las malas noticias. Ya nada que oímos nos parece extraño; pero en el orden afectivo, eso no es verdadero.

Recibimos con sorpresa y hondo dolor un llamado que nos comunicaba la mala nueva: José Miguel Prado había fallecido.

después de algún tiempo sin vernos, no hace un mes, estuvimos reunidos y con la fuerza superior de su espíritu, en esa última oportunidad nos transmitía su alegría de vivir y sus proyectos a largo plazo…incluso nos habló de un viaje corto, aprovechando los feriados patrióticos de septiembre.  

Me informó de sus actividades profesionales y, con entusiasta orgullo, dijo ser abogado integrante de la Corte Suprema.

Pese a que su físico denunciaba la presencia de algún mal, su entereza, su intimo e intenso coraje espiritual, hizo alejar de nuestra mente la posibilidad siquiera de su tan próxima partida.

José Miguel Prado merece todos los elogios que se le tributaron por Julio Philippi, por Mario Correa Saavedra y por el sacerdote que ofició su réquiem.

Su sólida formación moral y su tan vasta cultura, variada y sólida, afloraba, oportuna y sin prepotencia, en las conversaciones y discusiones de amigos. Sin embargo, su firmeza conceptual en las polémicas era característica.

Translució con vigor los impulsos de su límpida sangre de Carrera, y era su nombre homónimo al infortunado húsar forjador de la Patria. Enlazado con amor sublime a Carmen Balmaceda, reunió en su familia y en su ser recio, comprensivo y generoso un causal de patriotismo, de conocimiento del pasado y de defensa de la nacionalidad, que solo quienes le conocieron podrán aquilatar.

Quisiéramos referirnos en breves rasgos a su trayectoria ciudadana que, por cierto, es digna de destacarse, pese a que nunca buscó funciones públicas de relevancia.

Ante todo fue abogado. Correctísimo, de gran versación y prestigio. Le apasionaba su profesión. No hace mucho pensó abandonarla, y a muy poco, no pudiendo resistir, repuso su oficina. Su propio ser estaba allí, entre códigos y leyes. Por eso se sentía orgulloso de integrar el tribunal supremo, al que aportó su firme lógica y sereno juicio.

Políticamente, siempre fiel al ideario del insigne Balmaceda, actuó de lleno en el Partido Liberal, donde ocupó diversos cargos internos. Fue en varias oportunidades Director General y miembro de la Junta Ejecutiva y reseñó en una interesante publicación, con orden y documentadamente, la historia de esta colectividad política ligada al inicio de nuestra República y a todo su devenir y progreso e integrada hoy al Partido Nacional.

Hace años, en momentos políticos difíciles, ejerció la Gobernación de Molina, demostrando esos dotes de los seres superiores, que actúan por presencia, como Sótero del Río, que con moral y con cordura, sin claudicar de los personales principios y sin faltar a la firmeza, son garantía para todos y por eso mantienen la seguridad y la calma social.

Desempeñó durante el mandato de Jorge Alessandri, la presidencia del Consejo del diario “La Nación”. Basta decir, como solo comentario, que fue fiel interprete de quien lo designara y que dio ejemplos únicos de corrección, eficiencia e imparcialidad. Ese matutino, nunca como entonces, cumplió con lo que la inmensa mayoría aspira a que sean los órganos de opinión fiscales, que pertenecen al país todo.

Podríamos destacar múltiples otras facetas de su rica personalidad, como marido y como padre ejemplar; como agricultor de empuje; como escritor y articulista oportuno y certero, más hasta, en justiciero elogio, decir que en su vida toda demostró el prodigioso y obstinado deseo que lo guiaba, y que consiguió, de ser siempre útil, caballeroso y moral en todas las esferas en que le cupo actuar.

La muerte le sorprendió con un débil soporte físico; pero, indomable en su fe y en su espíritu”.

P. Barros.